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Ficción Literaria – En Un Fin De Semana… Capítulo 5 – Confrontación

Para seguir el orden de esta historia…

Lea Intro
Lea Capítulo 1: El Comienzo
Lea Capítulo 2: Al Fin Tierra Firme
Lea Capítulo 3: Oscuridad Y Silencio
Lea Capítulo 4: Asimilando El Deshauce

 

El agua caía sobre mí.  Miles de pequeñas navajas me golpeaban la cabeza y se regaban por el resto de mi cuerpo hasta encontrar el desagüe en el suelo. Estaba absolutamente helada pero teniendo las revoluciones a mil y la adrenalina encendida no asimilaba la diferencia.  Tenía que sacarme el olor de encima.  Ese olor que se me había adherido combinando mi sudor con sangre coagulada, más el olor a muerte que había por todas partes me hacía sentir más sucio de lo que quizás estaba realmente.  La gente suele hablar sobre que harían si les sucediera algo como lo que nos ha tocado vivir aquí, pero nunca se ponen a pensar que realmente conlleva sobrevivir un terror tan espantoso.  En este lado del mundo no se ha experimentado tan siquiera una guerra en casi una decena de décadas.  Y aquí estamos nosotros, sobreviviendo algo sacado de las películas de horror.

Cerré la perilla de la ducha y el silencio súbito me permitió escuchar los murmullos de la sala.  Tomé la toalla que colgaba del tubo de la cortina y me la puse sobre la cabeza mientras mi mirada se perdía en las siluetas formadas por la llama de la vela encima del tanque de agua del inodoro.  Mi mente corría y no paraba de hacer preguntas. ¿Quiénes quedarán vivos? ¿Cómo los encontramos? ¿Qué sucederá ahora?

Me empecé a secar el pelo y a convencerme de que tenía que sacarme esas preguntas de la cabeza por el momento.  Era un milagro que el grupo no había sucumbido al pánico.  No debía ser yo quien mostrara el primer signo de debilidad.  Solté la toalla y comencé a vestirme con la ropa que había bañado en aerosol con olor a brisa mañanera con la idea de matarle un poco la peste.  Al salir del baño podía verlos a todos arremolinados junto al sofá donde el padre de Gabo, quien se llamaba Gabriel, igual a si hijo, yacía con una toalla que Sofía sostenía a presión en su cabeza para evitarle que siguiera sangrando del golpe que Ignacio le propició.  Ninguno se dió cuenta de que había salido del baño ya que este se encontraba al final del pasillo estrecho donde habían tres puertas.  A la izquierda el cuarto de los padres de Gabo, a la derecha el cuarto de Gabo y su hermana y en el centro el baño.  Antes del final del pasillo a mano izquierda en dirección a la sala esta un cuarto para guardar cachivaches y a la derecha el espacio de la cocina/bar.  Era una cocina compacta con una nevera tradicional de congelador arriba, refrigerador abajo, al lado de una estufa de cuatro hornillas de gas con gabinetes arriba y abajo.  En el lado opuesto Una mesa alta tipo bar con espacio para guardar algunas cosas.  Pasé el final del pasillo por el comedor justo en frente del bar, seguido rápido por el sofá de la sala.  Cuando me acerqué al grupo el hombre estaba dando signos de salir de su estado inconsciente.

– ¿Viejo? Mírame, soy yo, Gabo. ¿Me escuchas? – le decía con un volumen bastante alto.

– Estaba inconsciente, no sordo. ¿Me puedes decir qué diablos haces aquí? – le contestó el hombre tratando de asimilar las caras que le rodeaban.

– No sabíamos a donde más ir.  El mensaje militar que escuchamos en el avión parecía una broma cuando nos acercábamos y no teníamos combustible ni para volver a Vieques. ¿Qué puñeta está pasando aquí? ¿Y dónde está mami?

El hombre comenzó a aguantarse la cabeza como si le doliera sacar respuestas para cada una de esas preguntas que su hijo le lanzaba.  Se le empezaron a aguar los ojos mientras se le formaban dos caminos mojados trazados por sus mejillas encontrando el colchón del sofá como destino final.

– Nadie lo creía. Sonaba a mentiras. ¿Alerta roja? ¿Emergencia Nacional? ¿Gente atacándose unos a los otros? Cuando pasaban los Humvees del ejército anunciando como protegerse la gente seguía sus cosas.  Estaban todos totalmente inoculados a los altoparlantes y llenos de cinismo.  Fue por eso que todo aparentó ocurrir tan rápido.  Dios, si tan solo nos hubiésemos montado en el bote cuando el primer aviso no…

Los sollozos interrumpieron su oración y con un respiro profundo pareció encontrar las fuerzas para terminar y mirar a su hijo a los ojos cuando lo hiciera.

– …no habría tenido que perder a tu madre a manos de esos salvajes. ¿Y tú hermana? No se nada de ella desde que las comunicaciones se perdieron.  No sé si está viva o está muerta o peor…si es uno de ellos.  Mi única esperanza eras tú.  Que te mantuvieras fuera de este lío.  Y ahora, estas aquí.  Tan jodío como yo.  Lo siento hijo, pero no debiste haber venido.  Te has condenado como el resto de nosotros.

Gabo cayó al suelo desplomado con una mirada perdida e incrédula.  Todos sabíamos que lo más seguro hemos perdido a nuestros seres queridos pero no habíamos tenido a nadie darnos seguridad como recién el recibía por lo tanto quizás éramos víctimas de una falsa esperanza de que por algún milagro se hayan podido refugiar.  Pero Gabo ya no corría nuestra suerte.  Su madre había muerto.  Sofía le abrazaba y secaba las lágrimas mientras compartía unas cuantas con él.  Yo trataba de sacar más información del pobre hombre que revivía los pasados días con dificultad.

– Don Gabriel, ¿Cómo terminó aquí solo? ¿Hay algún refugio? ¿El gobierno está haciendo algo?

– ¿El gobierno? – contestó el hombre con desánimo – esos hijos de la gran puta fueron los primeros que salieron corriendo en sus helicópteros privados. Se fueron a Vieques a correr las cosas desde allí mientras los pitiyanquis cabrones estos juegan con nosotros a ratas en laboratorio.  Uno que otro alcalde se quedó pero la realidad es que no había quien hiciera frente.  Los guardias municipales se fueron a defender sus familias, de los estatales, muchos murieron cuando hicieron frente a la manada que venía del Oeste en Quebradillas.  Los mierdos del capitolio algunos escaparon a tiempo, otros se fueron con sus familias y los demás, creyéndose que el ejército les dejaría salir de la cuarentena por ser políticos, salieron en sus botes privados y murieron calcinados al sus naves ser destruidas tras negarse a regresar al puerto.  Ha sido todo tan horrible que duele recordar.

El hombre pausó por unos segundos para ver los rostros que escuchaban incrédulos la historia que les contaba.  Con otro suspiro tomó fuerzas para terminar, pero con mucha más debilidad en su tono de voz.

– Era fin de semana largo.  Yo me adelanté para preparar el apartamento.  Mi esposa vendría por la noche del miércoles y la nena con su novio vendrían luego el jueves o viernes.  No la dejaron llegar los malditos.  Estacionando el carro mi Marta fue alcanzada por esos cabrones.  Yo tuve que ver a casi cincuenta pies de distancia como la pobre estaba en agonía mientras le desgarraban la piel.  Sus gritos, sus gritos todavía los puedo oír.  Me llamaba, pedía auxilio pero eran muchos, yo, yo no me podía mover.  Mis piernas estaban inmóviles.  Mis cuerdas vocales se congelaron,  y mis manos todavía cargaban las bolsas de basura.  Parecía como si mi cuerpo estuviera actuando por mi y auto protegiéndome.  No me llegaron a ver parado allí.  Fue entonces cuando entré de nuevo y me metí al apartamento a tratar de llamar por teléfono, pero los servicios no servían.  Me encerré en el cuarto, y clausuré las ventanas.  Un día después escuché un ruido en el pasillo.  Era el vecino de al lado.  Sonaba como si estuviera mal herido y arrastrándose hasta que logró meterse en su apartamento.  No me atrevía a salir.  Pensé que era uno de ellos.  Al cabo de unas horas no pude contener más las ganas de averiguar quién era.  La puerta de su apartamento estaba entre abierta así que sin tocar me adentré para mirar.  Estaba muerto y tirado en el pasillo de entrada de su apartamento.  Le faltaba un canto de su torso como si le hubiesen dado una docena de mordidas.  Juraría que le ví algún diente encajado en su piel.  El pobre tenía su pistola en la mano en dirección a la puerta como tratando de protegerse.  Se la quité de las manos y la aguanté con las dos mías.  Era la primera vez que sostenía un arma de fuego en un sin fin de años.  Antes de que el olor a descomposición se apoderara del lugar lo arrastré hasta afuera y trate de limpiar un poco pero fue inútil.  Después decidí encerrarme en el otro apartamento del final del pasillo ya que la puerta también estaba abierta y no había nadie.  Estar en este espacio, solo, me recordaba las imágenes de mi mujer en manos de esas cosas y realmente no podía bregar con eso.

– Eso deja claro el cuerpo en las escaleras. – dijo Ignacio en tono de resolución.

La mayoría de nosotros nos volteamos a mirarle con cara de incrédulos por su comentario hasta que Lilly soltó un “Gracias por la aportación Capitán Obvio“.  El, en son de irreverencia, se alejó del sofá y regresó a la ventana a tratar de mirar por la rendija.  De momento los ojos del viejo se abrieron mientras su mirada se enfocaba en la pared de al frente.  Al voltearme para ver en que se enfocaba el hombre no vi nada de interés excepto un pequeño cuadro que seguramente les había costado bastante en una de esas subastas de crucero que tanto les gustaban y la marca color naranja que formaban los rayos del atardecer entrando por la pequeña rendija de la ventana.  El pavor se hacía cada vez más obvio en su rostro y entonces entendí su temor.  Estaba atardeciendo.  El sol se iba a esconder y la noche se preparaba para hacer su entrada triunfal.

– El ruido de esta tarde.  Eso fueron ustedes.  Había muchos de ellos gritando y hacía casi más de un día que no escuchaba sus gemidos por esta área.  ¿Los han visto entrar al complejo? – nos preguntó con algo de timidez en la voz.

-Sí.  Por poco se llevan enredados a Gabo y nos mantuvieron rodeados durante un rato.  Pero de momento empezaron a correr de vuelta a los árboles, allá detrás del estacionamiento posterior. – le confirmé.

Su rostro cambió de histeria a uno solemne.  De manera seria y directa comenzó a darme instrucciones.

-No estarán seguros aquí.  Tienen que salir cuanto antes.  No hay tiempo para nada.  – Nos decía el hombre ahora con muchas más revoluciones en su voz. – ¿No me han oído? Que arranquen pal carajo.  Si los vieron entrar aquí van a estar toda la noche tratando de entrar hasta lograrlo y tarde o temprano encontrarán la manera de hacerlo.  Créanme, lo he visto.  Mi carro esta abajo en el estacionamiento y le queda gasolina.  Poco más de medio tanque.  Jr tu sabes cuál es.  Las llaves están en la barrita.

– Nenas, los bultos, ¿los hicieron con las cosas que les pedí? – Fue lo primero que se me ocurrió preguntarles.  Lilly fue la única que contestó.

– Si Otten.  No tienen muchas cosas pero hay un par de botellitas que encontré vacías.  Las llené de agua de la pluma.  Aparte de eso unas papitas, toallitas, alcohol, tape y un par de cositas más.  Hay dos bultos.

– Bueno pues vamos a movernos. – les decía mientras me ponía un bulto en la espalda y le lanzaba el otro a Ignacio.  Gabo todavía estaba en el piso en posición fetal.  No lo culpaba para nada pero en este momento lo necesitaba con la mente en la actualidad.  Me acerqué a el y de la manera más cruda posible con ánimos de volverlo furioso para sacarlo de su desazón le hablé.

-Gabo, siento mucho lo de tu mamá.  Todos lo sentimos, pero lamentablemente no es momento para sentir pena por ti ni por nadie.  Si no actuamos ahora vamos a encontrarnos con ella antes de tiempo y yo no tengo planes de eso todavía.  Así que levántate y ayúdame a cargar a tu viejo.  Después llora lo que quieras llorar si te sale de los cojones.

Mi amigo comenzó a levantar su mirada hacia mí, repleta de coraje, la cual era más que esperada, pero no le dio tiempo a extenderse debido a lo que su papá diría próximamente.

– Yo no voy pa’ ningún lado.  Y ahora váyanse, que no pienso repetírselos de nuevo.

– ¿Qué es esa mierda de que no vas? El bicho es que yo voy a perder a mis dos viejos en un mismo fuckin fin de semana. ¿Entiendes? Hazme el favor y levántate de ese jodío sofá. – Habló un iracundo Gabo a su padre que le miraba con ojos llenos de tristeza y soledad.

-Gabo, mírame.  Estoy herido, casi no puedo caminar, no he comido en días y estoy muy débil.  Yo no voy a ser un ancla para acabar de joderlos.  Si te pidiera que entendieras que prefiero morir para estar con tu madre dudo que lo entendieras, así que simplemente no voy a ser un estorbo. 

– Papi, por favor  no me hagas esto ahora. Yo no puedo bregar…

– Gabriel aunque yo quisiera ir, no sirve de nada.

– ¿Qué mierda tú estás hablando ahora?

– Mis pastillas de la presión.  Las he perdido y llevo casi una semana sin tomarlas.

– ¿Y? Te buscamos más.

– ¿En dónde carajos? ¿Vamos a ir a dar un paseo por Abbot*? Aparte que ya estoy muy débil.  No tengo ganas de nada.  Solo quiero descansar.

– Papi, plis, no me…

– ¿Qué es lo que te he enseñado siempre? – le dijo Don Gabriel.

– ¿Eh?

– ¿Qué es lo que siempre te he dicho es el primer paso en un plan de acción?

– Corta las pérdidas antes que pierdas todo. – contestó su hijo cabizbajo y con desaire.

– Bien.  Toma.  Ten tú el arma.  Sabes bien que nunca me han gustado de todas formas.  Tiene todo el cilindro lleno o como se diga. – le dijo mientras le entregaba el revólver Colt Python .357 a su hijo con seis balas en la rodaja. – Es hora de irse chicos.

La pared ya no proyectaba franja naranja.  La tarde había caído sobre nosotros y no faltaría mucho para que la noche nos cubriera en su absoluta negrura.  Me acerqué a la puerta y haciéndoles señas a los demás empecé a contar cabezas.  Ahora al menos tendríamos un arma, no que sirviera de mucho una sola pistola para seis personas, pero era mejor que antes.  Yo con una de las mochilas en mi espalda y uno de los pedazos de madera como defensa, cada una de las chicas con uno igual, Ignacio con la otra mochila encima y la pequeña linterna y Gabo con la pistola. 

-Vámonos. – les dije.

Mientras los demás caminábamos, Gabo se despedía de su viejo con un abrazo del cual no quería desprenderse.  Mientras los demás empezaban a bajar los escalones, yo observaba a mi amigo despedirse de su viejo.  Quizás por última vez.  “Al menos el tuvo esa oportunidad” me repetía para no sentir absoluta pena y mantener las fuerzas que necesitaríamos a continuación.

Gabo soltó a su padre y sin mirar atrás siguió caminando, pasándome por el lado sin mirarme ni hacer gesto alguno.  Antes de cerrar la puerta miré al sofá para ver a Don Gabriel por última vez.  Este señor que conozco desde que estaba en secundaria me miró con su débil rostro y angustia presente por nuestra suerte y trató de extender su brazo en signo de despedida pero no tenía las fuerzas para levantarlo completo.  Asentí intentando lanzarle algún pedazo de una sonrisa rota, pero estoy seguro que mi tristeza se reflejaba en mi rostro.  Y aun proyectando solo tristeza por fuera, por dentro solo quería echarme a llorar.  Era tan fácil cuando uno era pequeño.  Podías echarte a llorar en cualquier momento y nadie te juzgaba.  Ahora de adulto no se esperan esas mierdas de uno.  Menos en un momento como este.  Alguien tiene que ser frío y calculador.  Aun en contra de su propia voluntad.

Tiré de la puerta y me aseguré que tuviera el pestillo puesto.  Terminé de caminar el pasillo interior del quinto piso y me aseguré que la puerta de este cerrará hasta hacer el sonido de sellado de aire.  Los demás ya iban bajando por el cuarto piso.  La realidad de este oscuro pasaje me hacía pensar que quizás nos tocaría encontrarnos nuevamente con estos monstruos que una vez fueron gente como nosotros.

Seguimos bajando los escalones hasta encontrarnos nuevamente ante la gran puerta de la entrada del edificio.

– Gabo, ¿Hay alguna forma de mirar hacia allá afuera sin tener que abrir la puerta? – le pregunté a mi amigo.

-Viste, sin llave para el pasillo de los apartamentos de este piso no.  Podemos usar la pistola para volar la cerradura pero aparte de quedarnos sordos creo que sería medio contraproducente. – me contestó de mala gana y con algo de sarcasmo en la voz.  Todavía andaba molesto conmigo.  Era obvio.  Pero no era momento para tirar los trapos al piso.

– Ven acá.  Igna tu también.  Párense aquí ambos que me voy a trepar en sus hombros.

Mientras mis dos amigos se colocaban en posición, Ignacio le había pasado la linterna a su novia Lilly quien nos iluminaba un poco en esta tenebrosa oscuridad de la recepción.  Encima de la gran puerta de entrada estaban los tragaluces que aunque al ser tan gruesos no permitían una visión perfecta, quedaba la suficiente luz allá afuera para al menos descifrar siluetas humanas, o de lo que ahora fueran.

Con los pies en los hombros de mis amigos y estos sujetando mis piernas, observaba con calma hacia el otro lado del edificio.  Apenas distinguía algo pero no había nada moviéndose y eso era lo que buscaba.  Me bajé de sus hombros y le pedí a Lilly que apagara la linterna para ahorrar las baterías.

-No vi nada.  Creo que podemos arriesgarnos a mirar con la puerta abierta. – les dije en oscuridad sin poder ver si asentían o no.

Empecé a quitarle los pestillos y de un empujón tiré de ella hacia mí.  La puerta hizo un poco de ruido como suelen hacer las puertas pesadas.  Chocando con el piso creaba ese sonido crujiente que suele dar dentera.  Con la puerta levemente abierta, asomé mi cabeza.  No había nadie.  No soplaba el viento, no sonaba ni el canto de un pájaro.  A lo lejos podía escuchar las olas del mar chocando con la arena.  Justo frente a mí la verja de cyclone fence a unos ocho o diez pies de distancia que nos había protegido horas antes.  Detrás de esta, un camino de grama de unos veinte pies de ancho que daba hacia unos arbustos bastante frondosos.  En el medio de los arbustos había unas cuantas palmeras de más de veinte pies de alto, repletas de cocos.  Al otro lado de esos arbustos había un estacionamiento.  Sin embargo, al otro lado del edificio, en la dirección de donde vinieron los monstruos la primera vez, también había un estacionamiento.  Recuerdo haber visto el perfil de algunos carros cuando veníamos de la playa.

– Gabo, ¿Dónde se estaciona tu viejo? – le pregunté.

-La verdad es que depende.  Ese estacionamiento de ahí al frente es el de este edificio.  En la parte de atrás está el de visitantes y el de segundo residente.  Si mi viejo vino primero la lógica me dice que se estacionó aquí al lado, pero si mi vieja venía esa noche quizás traía comida y fácilmente él le pudo haber dejado el estacionamiento más cercano.  Estas llaves son de la Cayenne** de mi viejo.  Si la veo la puedo identificar.

– A mí se me ocurre una idea, pero tenemos que actuar rápido.  Si puedes reconocer el carro de tu viejo, sin tener que irnos muy lejos, que tal si te trepas en la palma ahí arriba y puedes mirar el estacionamiento completo y si no la ves ahí, entonces quiere decir que esta en el otro lado y así no perdemos tanto tiempo.

– Otten, esto no es el palo encebao en Súper Sábado***.  Yo no me trepo en una palma hace años.  Además, no quiero arriesgarme a ver la guagua de mi mama.  En este momento no creo que podría bregar con eso.

– Esta bien, entonces yo me trepo.  ¿Hay alguna otra Carrera en el complejo aparte de tu viejo?

– Sí, pero no del mismo color.  La de papi es azul marino. 

– Esta bien, entonces uno de ustedes dos venga con la pistola y me hace guardia aparte de darme el primer calzo.  Los demás quédense dentro de la reja.

-Vamos. – Fue lo único que dijo Ignacio, tomando la pistola de las manos de Gabriel.

Salimos por el portón tratando de hacer el menor ruido posible.  Miramos en todas direcciones para asegurarnos que no había nadie cerca.  Doblamos a la derecha en ruta a las palmeras, mientras nuestros amigos nos miraban del otro lado de la cerca.  Gabo estaba cerca del portón vigilando nuestro camino de vuelta.  Las chicas estaban todas juntas pegadas a la cerca mirando lo que hacíamos.  El nerviosismo era obvio en sus caras.  Estoy seguro que en la mía también.

 Al adentrarnos en el arbusto nos aseguramos de que no escucháramos nada.  Nos agachamos para mirar por debajo de las ramas y alrededor del perímetro.  Acto seguido Ignacio juntó las manos para darme calzo y empezar mi subida por la palmera.  Me resbalé unas cuantas veces y me pelé la palma de las manos tratando de agarrarme y mantenerme en el mismo sitio.  Luego de subir a mitad de camino ya tenía mejor vista y alcanzaba a ver el estacionamiento.  Luego de mirar por unos segundos localicé la guagua.  Estaba fácilmente a unos doscientos pies del apartamento al final del estacionamiento norte.  Pero el camino no estaba limpio.  Habían restos de lo que una vez fueron cuerpos humanos por todas partes.  Algunos carros destrozados y marcas de sangre por todas partes.  No iba a ser nada agradable el camino hacia el carro. 

Bajé de la palmera y en el proceso de deslizarme caí encima de Ignacio, terminando ambos en el suelo.  Solté un “Puñeta” lo más bajo posible pero el silencio apoteósico había sido interrumpido por ligeros murmullos.  Ya no había ni la pista del sol en el cielo y la luna empezaba a alumbrar con su tenue luz.  Nunca pensé que pudiera sentir una misma sensación tan espantosa dos veces en un mismo día, pero ahí estaba.  Tirado de espalda contra la palmera, con mis manos ligeramente lastimadas cuando escuché las palabras de Gabo.  Todavía las puedo escuchar como si las repitiera en cámara lenta.

– ¡Ay Vienen!

– Corran, corran, la guagua esta aquí.  Viene mi gente, a doble paso. – Fue lo único que se me ocurrió decir.

Gabriel abrió el portón y esperó a que las tres chicas salieran primero en dirección a nosotros.  Los monstruos venían desde el mismo sitio de la otra vez.  Ya sabíamos su ritmo y su velocidad aproximada.  Teníamos la delantera suficiente para alcanzar el carro y largarnos pal carajo.  Ignacio y Yo empezamos a abrir un caminito entre los arbustos para que los demás nos siguieran.

– Como a uno de ustedes les dé con caerse, me les voy a cagar en la madre. – gritó Ignacio mientras los demás se acercaban. 

Una vez en los arbustos esperamos que los demás cruzaran para seguir detrás de ellos ya que nosotros teníamos el arma.  A lo lejos podía escuchar los alaridos de la muchedumbre acercarse.  Una vez cruzamos el arbusto, la escena era peor que lo percibido desde arriba en la palma.  Había moscas por todos lados y restos de huesos y cuerpo descompuesto en la acera, en el asfalto, encima de los carros.  Las ganas de vomitar no me faltaron, no quisiera imaginarme las del resto del grupo. 

– Otten, dame las llaves. – me gritó Gabo desde la parte de al frente del grupo.  Así mismo las tiré y las agarró con su mano derecha.  Mientras corría tratando de no mirar a los lados y solo enfocándose en la guagua de su viejo.

Atrás yo corría tres pasos alante de Ignacio con la vista mareada entre mirar hacia adelante, hacia atrás y el piso para no tropezarme.  Las muchachas andaban desesperadas por salir de este estacionamiento de la muerte.  Tengo que admitir que aparte de un “Dios Mío” y “Que Horror” su comportamiento era mejor del que esperaba.

Ya estábamos a casi cincuenta pies del auto cuando los zombies de piel cruzaron el arbusto a nuestras espaldas a todo motor y lanzando sus gritos de dolor y coraje.  Gabo presionaba el botón para quitarle el seguro a las puertas.  Las luces amarillas del auto parpadearon dos veces como resultado de que el auto estaba abierto.  A nuestro alrededor podía distinguir un claro olor a gasolina bastante cercano.  Uno de esos autos seguramente estaba soltando combustible de su tanque.

– Mano aquí huele a gasolina bien duro. – comentó Ignacio mientras apuntaba el arma sin disparar a los monstruos aun corriendo.

Gabo se volteó a mirar y en ese momento mi corazón subió a mi garganta.

– ¡Al frenteeeee!

 Gabriel se dio la vuelta y del susto cayó al suelo de espalda.  Todos nos detuvimos.  Había otra manada cruzando del otro lado del estacionamiento de manera rápida viniendo de al lado de la guagua.  Estábamos jodidos fue lo primero que pensé.  Entonces recordé el olor a gasolina y empecé a dar leves brincos en el asfalto de manera errática.  Pequeños movimientos donde permitía que la planta de mi zapato hiciera contacto absoluto con el suelo.  En busca de algo.  Un sonido.  Un…

– ¿Se puede saber que coños tu haces brincando?” – me dijo Marissa con coraje sin entender mi verdadero motivo.

Ajá. Lo encontré.  Bajé mi cabeza para asegurarme que era lo que buscaba.  El olor a gasolina nunca había olido tan delicioso.  Me quité la camisa lo más rápido que pude mientras podía ver a los monstruos acercarse a nosotros de ambos lados.  Le indiqué a Ignacio que hiciera lo mismo.  Tomé la camisa y y la puse en el suelo y empecé a restregarla contra el líquido asegurándome que quedara empapada totalmente de gasolina.  Ignacio imitó cada uno de mis movimientos.  Su novia, Lilly iluminaba nuestros movimientos con la pequeña linterna que habíamos puesto en el bulto que cargaba Ignacio.  Luego de tener la camisa lista, tomé el pedazo de madera que andaba usando como arma y la enrollé haciéndole un pequeño nudo.  Cuando mi amigo estaba listo como yo, les pedí a los demás que nos dejaran estar espalda con espalda y se hicieran a un lado.

Tomé la pistola en una mano y el pedazo de madera en el otro y entonces tratando de apuntar a una de las cabezas de esos desgraciados disparé, asegurándome que la bala hiciera contacto con la camisa.  Inmediatamente esta se prendió en fuego y tan pronto como pude le pasé el arma a Ignacio para que hiciera lo mismo.  Los demás en el grupo se tapaban los oídos ya que el sonido de esa arma era ensordecedor.  Otro disparo sonó en el estacionamiento ahora repleto de gritos.  Dos antorchas improvisadas nos protegían ahora, justo a tiempo.  Los dos grupos de zombies se arremolinaban a nuestro alrededor gritando y balbuceando palabras su mayoría inteligibles.  “¡Reaghhh!”, “¡Ven acáaa”, “¡Piellll!”, “¡Aaarrrghh!”

– Todos al medio. ¡Rápido! Ignacio tu y yo vamos a girar mientras nos movemos en grupo hacia el carro.  Ya estamos cerca.  En forma de círculo todos.  Manos y pies dentro del fuckin carrito.  – les dije mientras la adrenalina se apoderaba de mi. 

Las llamas funcionaban.  El tan siquiera estar cerca del calor que emanaba la antorcha les molestaba.  Algunos trataban de estirar la mano y al ser quemados, sus gritos aumentaban mientras se perdían entre el tumulto, huyéndole al fuego.  Las llamas nos permitían ver sus rostros por momentos y el miedo definitivamente era parte de la ecuación.  Era increíble lo que observaba.  Lo que una vez fueron ancianos, mujeres, hombres altos, niños, todos, con su piel absolutamente derretida.  El nerviosismo y la ansiedad corría por su cuerpo y solo pensaban en una cosa.  Alcanzarnos.  Erra aterrador estar frente a este escenario de muertos vivientes, si es que eso eran.  Para mi lucían bastante vivos, pero no era el momento para ponerme a jugar con semántica.

Cuando al fin llegamos al auto nos posicionamos del lado del conductor en forma de medialuna.  Yo frente a la goma delantera izquierda mientras que Ignacio frente a la goma trasera izquierda.  Movíamos las antorchas de lado a lado al unísono sin parar, pero manteniendo cierta distancia de ellos.  No quería que por tenerla muy estirada la antorcha nos arrebataran nuestro único recurso de defensa y nos dejaran en una situación peor a la que estábamos.

– Entra ya al maldito carro Gabo y prende las luces. – le grité con coraje mientras el pánico les atoraba las piernas al suelo  a los otros sin dejarles actuar con rapidez.

Entró y el carro encendió a la primera.  Las luces alumbraron el estacionamiento mostrándonos lo bien acompañado que andábamos.  La luz del carro los asustó un poco, pero no lo suficiente.  Simplemente los esparció un poco.  No sé qué pensaban, si es que algo podían pensar pero permitió el empuje que necesitábamos para que las chicas se montaran.   Ignacio me dio su antorcha y entró al carro.  Acto seguido abrió el sunroof del carro y me gritó que le pasara las antorchas.  Le di primero una la cual empezó a mover por mi derecha para espantar a los que las luces largas del carro no alcanzaban.  Entonces me di la vuelta y entré al auto con la puerta aun abierta y moviendo la condenada antorcha de lado a lado.  Hice un último movimiento justo antes de pasarle la antorcha a Ignacio estando parado en el borde interior de la puerta.  Con ese último empuje me tiré hacia atrás, en la falda de Marissa y Sofía y me tiré la puerta conmigo.  Ya Gabo le había puesto el pestillo antes de yo entrar.  Y los golpes comenzaron a sonar en las puertas mientras la mecían de lado a lado.

– Bueno vámonos.  Acelera de una vez. – Le decía Sofía a su novio con angustia reflejada en su tono de voz.

– ¿Pero no vez el montón de esos cabrones al frente? ¿Qué pretendes que haga?

– Pero ¿Y esta mierda que es? ¿Un jodío yugo*? Acelera el carro y llévate a los malditos enredaos. – Le grito Ignacio.

En ese momento Ignacio tiró ambas antorchas hacia al frente.  Estas ayudaron a esparcir a los condenados zombies dándole el espacio suficiente a Gabo para acelerar y tener el momentum necesario para  pasarle por encima a unos cuantos de ellos.

Los malditos volaban a diestra y siniestra mientras el carro tambaleaba de los golpes.  Tuvimos que encender el parabrisas para limpiar los pedazos de cuerpos que salpicaban al chocar con el bumper y el bonete del auto.  Pero lo habíamos logrado.  Ya estábamos en movimiento y estábamos saliendo del estacionamiento del complejo.  Los zombies empezaban a quedarse atrás.  Después de un largo trecho, me podía permitir respirar nuevamente.  Los lados de la guagua estaban bastante golpeados y el espejo lateral del asiento del pasajero quedó como recuerdo de nuestro encuentro en el estacionamiento del complejo de apartamentos playeros.  El silencio nos inundaba a todos ahora.  El carro estaba en movimiento y Gabo estaba a punto de salir a la carretera principal del pueblo de Río Grande, la #3. 

-¿Hacia dónde vamos? – fue lo único que Gabo se atrevía a preguntar.

– Síguelo como para San Juan. – le respondí a mi amigo.

– ¿Pero no habrán más de ellos allá? No es mejor ir a un sitio menos… – preguntó Ignacio.

– Sí.  Tienes razón, pero también debe haber algunas respuestas mientras más nos acerquemos a San Juan. 

– Yo no sé tú, pero yo no tengo interés ahora mismo de jugar a Perry Mason**.  Es momento de sobrevivir. – respondió Gabo. 

– Loco, yo no tengo planes de que vayamos a San Juan.  Tomaremos un desvío antes de llegar al bullicio.  No necesitamos otra confrontación…lo que necesitamos es un lugar seguro donde pensar con calma.  Y yo tengo el lugar perfecto en mente.  El Oso Blanco***.

 

Notas Al calce:

*Abbot. Compañía farmacéutica.

**Cayenne.  Referencia a la SUV de la compañía Porche.

***Súper Sábado.  Programa televisivo de final de la década de los ochenta en Puerto Rico donde ridículos concursos ofrecían ridículos premios.

 *Yugo. Pequeño auto compacto que se vendió en Puerto Rico a final de los ochenta.  Su referencia se usa mucho para referir a vehículos inservibles y miniatura.

**Perry Mason. Programa televisivo norteamericano de los años sesenta de un abogado investigador.  Su referencia se usa mucho en la cultura puertorriqueña.

***El Oso Blanco.  Una de las prisiones más antiguas de la isla de Puerto Rico.  Localizada cerca del autopista en dirección a San Juan.  Recientemente abandonada y todos sus presos movidos a otras facilidades.  Se pensaba usar como museo, pero es del calibre de una fortaleza.

 

Próximo: Capítulo 6: Invasión De Espacio

  1. Lhiannan Shee
    June 27, 2008 at 12:15 pm

    Más, más, quiero más!!!

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