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Ficción Literaria – Espejismos Inciertos

Una tarde cualquiera en las afueras de un pueblo del centro de la isla, un café se prepara para cambiar el menú de almuerzo a cena.  El lugar está un poco vacío con solo un hombre sentado tomándose un café al final de la mesa tipo barra y una pareja en una de las mesas de la esquina del lugar.  Las ventanas tipo vitrina daban a la calle principal del pequeño pueblo el cual a estas horas amenizaba un poco más de lo normal a los clientes debido a los carros que pasaban en ruta a sus hogares luego de un día laboral. 

Frente a las ventanas unos arbustos sin podar esconden la mitad de las mesas mientras que los escombros de unas letras pintadas intentaban anunciar el nombre del establecimiento.

Las mesas tan viejas como el gerente del lugar mostraban las arrugas de su uso y mal uso con tatuajes de amor de parejas parceleras.  Unos abanicos colgaban de cada esquina del lugar pero el calor adentro lo que hacía era empujar el aire caliente inflamando de altas temperaturas a la clientela.  El suelo tenía unas losetas de terracota que eran idóneas para limpiar y evitar resbalones innecesarios que conllevaran a la caída de algún futuro demandante.

Detrás de la caja registradora se encontraba Don Jaime, el gerente del establecimiento y casi dueño por los pasados veinte años.  Casi dueño porque el padre de su esposa fue quien fundó el lugar y ya trepado en sus ochentas no acaba de estirar la pata y en su testamento especifica que no es hasta su fallecimiento que el lugar pasará a manos de su yerno.

Jaime es un hombre entrado en sus cincuenta años con algunas canas proyectándose por debajo de su sombrero blanco de cocinero.  Sus brazos gruesos y peludos estirados sobre su cabeza daban signos del cansancio de un día pesado en el trabajo.  La caja registradora tenía todas las entradas compradas para su presentación en el museo de antigüedades del pueblo.  En la cocina, Laura, la mujer de Jaime preparaba la comida junto con su sobrino Tatito.

Una media sonrisa se posaba en el rostro de Jaime mientras miraba el reloj que estaba encima de la puerta de entrada.

– Cinco y veintinueve Laura.  Por ahí tiene que venir calle arriba.

Su esposa asintió mientras seguía en sus menesteres tras bastidores.  En el ínterin la aguja del reloj cambió añadiéndole un minuto a la hora.

– Míralo ahí.  Como siempre puntual, ¿Ah Don Martín? ¿Un café como siempre no es así? Seguro. Seguro.  Se lo llevo a la mesa como siempre.

El hombre buscó una taza y luego de cargarla con café, fue a la segunda mesa de izquierda a derecha y la puso allí para su cliente.

– Que lo disfrute.

En el ínterin otro cliente había entrado al lugar.  Este era un desconocido para Jaime.  Seguramente de pasada ó de negocios se dijo mientras se disponía a saludar a su nuevo cliente.  Se había sentado en la barra cerca de la caja registradora, donde a el le gustaba estacionarse.

– Buenas tardes. ¿Algo de tomar?

– Sí, una soda y el menú si es tan amable.

– Como no.

– Aquí tiene caballero.  La segunda página nada más esta disponible.  La otra primera es desayuno y almuerzo. Le traigo ahora la soda.

Jaime fue a la máquina de fuente, llenó el vaso de hielo.  Como buen gerente, se aseguraba de ponerle suficiente hielo para que la cantidad de soda que termine en el vaso sea mínima.  Llenó el vaso hasta el tope y luego se dirigió al cliente.

– Aquí tiene.  Me deja saber cuando este listo para ordenar.

– ¿Algo que me recomiende usted?

Pero Jaime no lo escuchó.  Estaba atento a Don Martín y una conversación que aparentaba estar teniendo en su mesa con su café.

– Ah disculpe.  No le escuché es que aquí vienen unos personajes a veces que entretienen.

– ¿Ah si? ¿Cómo quién por ejemplo?

– ¿Ve usted a ese señor ahí?

El cliente se vira para mirar a la mesa que le señala Don Jaime. 

– ¿En esa mesa del medio?

– Sí.  Va por el nombre de Martín.  Viene aquí todos los viernes a las cinco y media en punto.  Se pide un café, lo mueve pero no se lo toma.  Lo gracioso del asunto es que el viene y tiene conversaciones como si estuviera hablando con otras personas.  Pero siempre viene solo.  Les habla como si se sentaran al otro lado de la mesa.  Un loco de esos del pueblo.

– ¿Le habla a fantasmas entonces?

– Vaya usted a saber señor.  Si serán fantasmas o invisibles o imaginarios eso lo sabrá él.

– ¿Y nunca le ha preguntado nada al respecto?

– Una vez hice el intento de preguntarle con quien hablaba.  Pero es bastante limitado con lo que le habla a la gente.  Solo pide un café cuando llega, da las gracias cuando se va y eso es todo.

– Increíble.  Bueno, creo que estoy listo para pedir.  Tráigame el número tres, que salga medio cocido y papas majadas.

– ma-ja-das.  Como no.  Laura, un tres y majadas. – le pedía a su mujer mientras sonaba la campanita de la ventana que insinuaba un nuevo pedido.

Acto seguido Jaime siguió con sus menesteres atendiendo a los otros dos clientes que había en el lugar.  La pareja de la esquina a quienes les recogió los platos y tomó la orden de postres.  Y al hombre al otro extremo de la barra a quien también le recogió los trastes y dejó la cuenta.  Cargando los platos hasta la cocina los dejó en el fregadero industrial donde su sobrino estaría limpiándolos en pocos minutos.  Una vez se lavó las manos, regresó a su lugar favorito frente a la caja registradora y cerca del cliente desconocido con quien pretendía entablar conversación.

– ¿Usted no es de por aquí verdad? Es la primera vez que lo veo.

– Sí yo estoy de pasada.  Soy original de San Juan.

– Ah si no se porque me lo imaginé.  ¿Aquí visitando familia ó asuntos de negocios? Por qué por aquí no hay mucho que hacer como tal. – le decía mientras reía.

– Se podría decir que una combinación de los dos.

-Don Martín, por favor baje la voz.  Si sus acompañantes lo están molestando entonces invítelos a salir fuera del lugar.  No quiero griterías. – raspó un poco la garganta para luego dirigirse a su compañero de conversación. –  Disculpe es que a veces se sale de sitio.

– ¿Dijo su acompañante?

– Y bueno sí, tengo que seguirle la corriente.  Si le acepto el juego cuando entra se lo acepto mientras este aquí.

– Me parece un poco extraño que una persona que esta viendo o pretende hablar con amigos invisibles este en la libre comunidad como si nada. 

– Esto es un pueblo pequeño señor.  Después que el no se meta con nadie, aquí la gente sabe mirar para el otro lado. ¿Verdad Laura? – le decía a su esposa quien en ese momento le pasaba por detrás  para buscar algo debajo de la barra.  Ella miró al extraño y asintió con una cara con una expresión perdida.

– Mi mujer es dulce, pero no habla mucho con desconocidos.

– Es natural.  No todo el mundo es tan abierto.

– Totalmente.

El cliente se volvió a virar de nuevo parar mirar la mesa.  Don Jaime se dio cuenta de su curiosidad.

– ¿Le dio curiosidad el hombre ese verdad?

– Es que me puse a pensar, ¿De qué estarían hablando? ¿Me sigue? O sea, ¿De qué podrían estar discutiendo como bien usted notó horita?

– Según lo que yo he podido escuchar de sus conversaciones, siempre es el mismo.  Se llama Diego y lo recuerdo porque ese era el nombre de mi hijo.

– ¿Era?

– Irak. – contestó Jaime con un rostro triste que se tornaba auto explicativo.

– Oh.  Mis disculpas.  No quise…

– Esta bien.  No lo sabía.  Discúlpeme un momento, regreso ya pronto con su comida.

Don Jaime se movilizó hacia la cocina donde su esposa ya tenía casi listo el pedazo de carne un tanto rosado y las papas estaban ya esperando en el plato.  Una vez con el plato en mano regresó a la barra donde esperaba el cliente.

– Buen provecho.

El hombre empezó a comer y mientras saboreaba las papas hizo un sonido como para continuar la conversación con Jaime.

– Óigame Don Jaime, ¿Y tiene usted alguna teoría sobre el por qué siempre viene a las cinco y media?

– Honestamente no lo sé.  Quizás aparte de loco es obsesivo-compulsivo.  Quizás esa hora representa algo.  Algún evento que le sucedió.  Realmente no lo sé.  Lo que si se es que debe ser una persona muy solitaria para necesitar hablar con personas que no están ahí.

– Bueno pero no necesariamente.  Algún trauma lo puede haber llevado a ese punto.

– Tremendo trauma tiene que tener.  Nada que un buen sopapo en la cabeza no le enderece, pero no es mi problema.  Si fuera un familiar mío eso sería lo que yo haría.

– Caramba Don Jaime eso es un poco insensitivo.  Hay personas que no pueden con su vida.  La tristeza los consume y necesitan recrear o inventar cosas para llenar esos huecos.  Muchas veces se ven obligados a hacer cosas que no quieren solo por no sentirse solos ó abandonados.

– Eso suena a comemierderia americana para que el plan médico cubra las visitas a los doctores de esos de psicología.  Perdida de tiempo y dinero si me pregunta usted a mí.

– Bueno es su opinión.

– ¿Y la comida? ¿Le gusta?

– Es muy buena, sí.  El hambre estaba presente y eso me cayó como anillo al dedo.

– Mi hijo solía decir eso mucho.  Hasta para las cosas que no hacían sentido.  Una vez regresando de entrenamiento llegó con un amigo a la casa.  Nos sentamos a comer y le dije que si los mandaban a algún sitio era importante contar con los amigos para que se cubrieran las espaldas y que esa sería su tarea cubrirse las espaldas.  Y el muy manganzón me contestó “como anillo al dedo papi”.  Todos nos reímos como estúpidos, excepto mi Laurita.  Ella no se rie mucho.  Se rie menos ahora.

– ¿Y cómo se llamaba el amigo de su hijo?

– Eh válgame.  Empezaba con L… hay que joderse no puedo con la gritería esa. Permítame un momento.

Don Jaime se salió de la barra y fue a la mesa donde estaba sentado Don Martín y a toda boca y con un mal carácter a regañadientes le empezó a llamar la atención.  Le señalaba con el dedo y la pareja que terminaba su postre varias mesas hacia el extremo opuesto miraba asombrada lo que ocurría.

– A mí no me importa lo que quiera hacer su amigo Don Martín, ya yo le dije que usted es bienvenido aquí solamente si se comporta.  Esto no es una hospedería de infantes.  Por favor siga jugando con su café y pídale a su amigo que se comporte y si se van a poner en esas váyanse para afuera que este sitio no es para eso.

Don Jaime se volteó hacia la pareja comiendo y levantó las cejas y los hombros en un gesto que pretendía expresar un “que le vamos a hacer”.  Luego de esa actuación se dirigió al cliente cerca de la caja registradora.  El hombre ya estaba terminando su carne y las papas.  La soda iba más abajo de la mitad y Don Jaime tomó el vaso sin preguntarle al hombre y se lo rellenó de soda.  Luego continuaron hablando.

– Disculpe usted, pero es que si lo dejo se adueña del lugar.  A veces ese señor puede ser un altanero.

– Le complica mucho la existencia, ¿Eh?

– Si.  En realidad a veces pienso que si esta así de loco que tiene que estar discutiendo con gente que no esta ahí, lo mejor es que lo internen.

– Veo.  Quizás es la mejor manera de cuidar de el.

– Terminó ahí con la comida? ¿Quiére que le traiga algún postre?

– No.  Tengo que seguirlo para San Juan.  Traígame la cuenta.

– Como no. 

Acto seguido Don Jaime empezó a presionar botones en la antigua registradora la cual hacía un sonido juguetón de metal chocando con metales.  El número final proyectado en la parte superior mostraba el monto total.  Jaime lo escribió en la libreta de recibos y le entregó la copia al cliente.  Este sacó dinero de su billetera y los puso en la mesa.

– Ahí esta la propina también.  Bueno yo me retiro.

– Gracias por venir.  Espero verlo de nuevo.

Con una sonrisa de medio lado el visitante asintió.  Había estado cerca de media hora en el establecimiento.  Una vez salió por la puerta Don Jaime miró a la mesa donde estaba Don Martín.

– Sí.  Esta bien Don Martín.  Nos vemos mañana.  No se apure.  Va por la casa.  No se olvide de llevarse a su amigo.  – le dijo en un intento de chiste.

Mientras observaba desde su barra como salían los clientes de su negocio y de momento se encontraba solo en la parte de al frente del negocio.  Su mirada bajó al suelo mientras con un paño atentaba limpiar.  La soledad era obvia en su cara y un desespero contenido en un embase machista y de sentimientos escondidos hacia una leve aparición al pensar que nadie le obsevaba.

Afuera el cliente se acercaba a su carro y justo al frente se detiene una ambulancia.  De esta bajan dos personas que se dirigen al hombre.

– Dr. Iturregui.

– Hola Carlos.

– ¿Entonces? Llevamos rato esperando.

Con un movimiento de la cabeza asintió sin tener que decir nada.  Los dos hombres entendieron el mensaje y sacaron un bulto de la ambulancia y unos papeles.  Luego de eso se dirigieron hacia el restaurante.

Con un suspiro profundo, el Dr. Iturregui se limitó a decir “Lo siento Diego“.  Luego de eso se montó en su auto.  Tiró el asiento un poco hacía atrás para esperar a ver que todo saliera bien como habían planeado en la clínica.  Su paranoia siempre le hacía mirar por el espejo retrovisor para asegurarse que no había nadie en su auto.  Como de costumbre solo veía su reflejo.

Mientras el sol ya se casi se escondía en su totalidad por el oeste, y el tráfico se disipaba con la llegada de la oscuridad, El Doctor esperaba en silencio cuando escuchó un ruido en el asiento de atrás.  Su primer instinto fue mirar por el espejo y al no ver nada se tranquilizó y acusó a su alta presión y el exceso de trabajo por el ataque de nervios.

– ¿Falta mucho para que se lleven al loco ese?

De la sorpresa Iturregui se golpeó la cabeza con el techo del auto.  Volteó la cabeza para encontrar a un hombre sentado en la parte de atrás.

– ¿Quién es usted? ¿Qué hace en mi auto?

-Tranquilo.  Yo solo vengo a ver el espectáculo.  No todos los días se llevan a un loco al manicomio.

– ¿Cómo sabe usted eso? ¿Cuál es su nombre?

– Eso no es importante.  ¿Lo importante es que te preguntes si esto lo estas haciendo por odio a ese hombre al culparlo de lo que le pasó a Diego ó porque realmente crees que esta loco hablándole a gente que no esta ahí?

Iturregui bajó la cabeza y su rostro mostraba una tristeza ajena a su diario vivir.  Una tristeza que había sucumbido a lo más profundo de su ser.

– El no quería ir para allá.  El hizo eso para mostrarle a su padre que…que el era un hombre no importaba el resto de sus decisiones.  Su hombría no estaba en juego. Puro orgullo de mierda.

– Cada uno de nosotros es responsable de sus decisiones.  Por más imperfecto que sea, el quería a su hijo.

– Bueno ya basta.  Basta.  Eso es irrelevante.  El esta enfermo.  Hablándole a fantasmas y personas que no están ahí.  Necesita ayuda médica.

El hombre se bajó del auto y se paró en la ventana del conductor para mirar frente a frente a Iturregui.  

-Sigue diciéndote eso Lemuel.  Si lo repites suficientes veces quizás se vuelva realidad.

El hombre empezó a caminar en dirección opuesta del carro mientras reía.  Lemuel Iturregui sentía que tenía que preguntarle antes que se marchara.  Su pecho quería explotar.  No sabía si sentía coraje y ganas de gritar ó eran simplemente lágrimas acumuladas en su pecho por tantos años sin permitirles salida.  En un aventón simplemente se resignó a gritarle.

– ¿Don Martín?

El hombre se volteó sin dejar de caminar y entre un mal de risas solo se limitó a contestarle.

– Cuidado.  La última persona que me vio terminó en una camisa de fuerza. Por cierto Diego dice hola. Hablamos mañana a las cinco y media.

Mientras Don Martín desaparecía en la espesura de la oscuridad, dos hombres forcejeaban contra Don Jaime quien en su camisa forzada con las manos amarradas hacía atrás le gritaba a los vientos el no estar loco.  Su esposa en la esquina del establecimiento observaba como se llevaban a su marido con las lágrimas cruzándole el semblante.  Lemuel Iturregui observaba como todo ocurría en cámara lenta desde su auto.  La noche había traído algo surreal a su vida.  Del lado del asiento sacó su pequeña grabadora y presionó el botón de grabar mientras empezaba a hablarse.

Seis y diez de la tarde.  Estacionamiento del restaurante de Jaime.  El paciente forcejeó su captura con los enfermeros.  Aun en negación y mostrando rasgos de agresión.  Quizás por los lazos personales de la situación mi psiquis se ha visto afectada al estar oyendo y viendo cosas que no están ahí productos del stress. – (Pausa y una risa burlona seguida) –Quizás tanto tiempo cuidando enfermos mentales hizo que me contagiara.  Quizás el cansancio de entregarme a mi carrera por miedo a enfrentar la soledad.  Quizás la locura es la habilidad de ver donde otros no pueden ver. Quizás juzgar a un loco es más sencillo que tratar de entender su disasociación de lo real y los motivos detrás de sus episodios los cuales por lo general son recibidos a consecuencia de una sobredosis de emoción.  Sea positiva o negativa.  Bien se que la pérdida de un hijo, por más poco tradicional que este fuera, debe doler.  Pero me toca a mí ser juez.  Me toca a mí castigarle al robarle la libertad.  Al final del día todos somos jueces, lo sepamos ó no.  Nuestras veredictos del diario vivir construyen nuestras propias prisiones.  Desafortunadamente en ocasiones mandamos a inocentes a sufrir y dejamos a los pedazos de mierda en libertad de seguir haciendo lo que mejor saben hacer.  Joder con los demásQuizás mañana empiece mi juicio.  Quizás empezó hoy a las cinco y media.”

  1. November 2, 2008 at 12:21 am

    No me esperaba el final, excelente cuento, me gusto muchisimo

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