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Ficción Literaria – El Kijote De La Mancha de Plátano : Capítulo 3 – De Un Rumbo Hacia Lo Incierto

Si de algo podemos estar seguro durante nuestros días entre los vivos, es que el camino hacia el futuro siempre será incierto para nosotros.  Aun cuando planeamos hasta el más mínimo detalle del presente para saber en donde vamos a terminar más adelante, las curvaturas de nuestra existencia pueden tomar un giro no calculado.  Es en momentos como este donde uno se cuestiona la razón para pasar el trabajo de fajarse cada mañana sin saber si será esta la última.  La única explicación que yo podría ofrecer que se aproxima a un porque es el deseo.  El deseo de conquistar una meta, el deseo de querer despertar el día siguiente, el deseo de necesitar un mañana.  No justifica el desear la incertidumbre que nos acompaña cada día, pero puede ser lo suficientemente fantasioso como para mantenernos enfocados en nuestro contorno.  Para otros, simplemente buscar un camino a la felicidad temporera; signifique lo que signifique esto.  – Del Diario de viaje de Gumersindo

Fue un largo viaje desde aquel cuartito en Barranquitas hasta la capital de la isla pero ahora Gumersindo tenía compañía.  El viaje se hacía menos largo teniendo con quien hablar o en su caso teniendo a quien escuchar.  Ese jovencito no sabía respirar y tomar pausas entre oraciones.  Gumersindo sonreía al recordarle a un loro que tuvo su vecina Doña Rosalinda durante un tiempo. Recordó como en las mañanas maldecía al plumero ese que se levantaba temprano imitando la voz del capataz con su “¡A trabajar!

 -Oiga don Gumer, ¿Y realmente usted dejó todo atrás para ir detrás de una mujer? ¿No le baila un trompo a usted allá arriba? – preguntó el descarado muchacho.

-¿Tu has podido verte reflejado en los ojos de una mujer? ¿Has podido entender lo que se siente no tener que pretender ser alguien que no eres? Pregúntame de nuevo cuando hayas experimentado algo similar.

– Bueno yo tuve una novia. Se llamaba Martinica.  Pero me dejó porque decía que no le prestaba atención suficiente.

– ¿Y era eso cierto?

– ¿Qué se yo?  Cuando empezaba a quejarse la dejaba sola y me iba pal pueblo con los amigos.

Gumersindo empezó a reir por la ocurrencia de su nuevo acompañante.  Hacía varios días que no reía con ánimos.  Su viaje había sido más concentración y ansiedad que alegría.  Sentía como si estuviera corriendo tras un reloj que por cada movimiento de la aguja lo deja atrasado veinte pasos.  Realmente no había pensado que fuera a ser tan difícil encontrarla.

– Mire don Gumer, ya después de esa colina, no es mucho más para llegar a la casa de mi primo.  Creo que un cuarto de hora más y llegamos.

– Tremendo.  Mi vieja yegüa ya necesita un descanso.

– Sigo sin entender por que nombrar a una yegüa tan vieja y tan lenta Velocidad.

– Joven, por si no te habías mirado al espejo y te habías percatado, la vejez viene.  La esperes o no.  Velocidad en sus buenos años era una de los caballos más rápidos del pueblo de Lares.  Ya simplemente esta resignada a sus viejas coyunturas, pero su espíritu, sigue siendo el de antes.  Mi Velocidad sigue siendo joven.  ¿No es así? – le dijo a su caballo mientras le pasaba la mano por el lado derecho del cuello del animal.  Este le respondió con un leve relinche en gesto de aprobación no del comentario sino del cariño recibido.

Una vez frente a la casa los compañeros de viaje descabalgan y amarran a las bestias frente a esta.  De esta casa de madera, pintada de un verde menta con bordes blanco y techos de zinc bastante nuevos, totalmente plateados, sale un hombre a recibirlos.  Su nombre era Rafael Carrión.  Primo del acompañante, Eusebio.

 – Hola primillo. ¿Como te trata la vida?

– Me maltrata de cuando en vez pero no soy hombre de quejas. El que no se jode, no vive bien. ¿Y qué tu haces por aquí tan temprano? ¿No tenias que hacer unas entregas para Don Alonso antes de volver? ¿Y tú amigo quién es?

– Pues es que tuve unos problemas. Unos vándalos me robaron y si no hubiese sido por este señor, ni estaría aquí para contártelo.

– ¿Te asaltaron eh? ¿Otra vez? Tu eres dulce pa’ los robos o eres un mentiroso como tu viejo, en paz descanse. ¿Y cuál es su nombre señor?

– Saludos. Mi nombre es Don Gumersindo Van Geight.

– Pues Don Gumersindo, un placer, mi nombre es Rafael Carrión y le agradezco el que trajera al tráfala de mi primo en una sola pieza.  ¿Tiene usted donde pasar la noche?

– En realidad no.  Pensaba ir al pueblo y…

– Nada de eso.  Se puede quedar aquí con nosotros si así lo gusta.

– Agradecido Compañero.  Si le voy a pedir un poco de agua para mi caballo, si no le es molestia.

– Para nada.  Eusebio, tu sabes donde estan los valdes.  Sirve para algo y dale de tomar a los animales.

– Si, si.  Siempre yo ha las tareas.  Nada cambia.

Mientras tanto, Gumersindo y Rafael entraron a la casa.  Era una casa humilde pero muy bien cuidada.  Humilde bajo los estándares de esta época no era sinónimo de pobre, sino de escasos lujos.  Nada se caía en cantos ni estaba sucio, era simplemente una casa de una familia trabajadora.  El mantel de la mesa del comedor estaba blanco y sin una sola arruga.  Mucha atención fue puesta a los detalles.  Encima habían flores recien cortadas esa mañana y puestas en el jarrón.  En adición algunas frutas frescas en otra mesa en la esquina.  La señora de la casa pasó a saludar de camino a la cocina para continuar con sus menesteres.  Don Rafael le invitó a sentarse y descansar un poco.  Los dos hombres hablaron por un buen rato.  Se hacían preguntas y cada cual contestaba las curiosidades del otro.  Gumersindo disfrutaba el poder compartir en una conversación con alguien un poco más adulto que su joven amigo Eusebio.  Don Rafael le ofreció la oportunidad de darse un baño antes de la cena y Gumersindo aceptó sin pensarlo.  Le hacía falta echarse un poco de agua fresca encima.  Fue primero al que sería su cuarto, dirigido por el primo de Eusebio.  Una vez listo, pasó al baño para darse una buena ducha.  El golpe era de agua helada y lograba interrumpir temporeramente sus pensamientos de Aeropajita y lo hacia pensar más en el temblor de su cuerpo ante tal frío líquido.

 Una vez terminado con su baño, caminó hasta el comedor donde le esperaban sus nuevos amigos.  Su estómago estaba listo para recibir cualquier cosa y el sonido de sus tripas al caminar hacían coro de eso.  Una vez allí sentado, la esposa de Don Rafael sirvió la comida y continuaron charlando entre bocados sobre temas corrientes y sobre las idioteces que se le ocurrían a Eusebio.  Una vez terminada la cena, salieron al balcón de la humilde casa a fumarse unos cigarros.

– Espero no se ofenda Don Gumersindo, pero para ser de Lares es usted una persona muy educada.  Por lo general las personas fuera del área metro que me he encontrado, no tienen ni educación primaria.  Y usted habla y se comporta como si fuera un Duque español.

– Bueno, yo nunca he creído en emblemas puestos por ser de algún lugar en especifico pero, gracias. Aunque mis padres no me criaron por mucho tiempo, si me dejaron con personas que se preocuparon por mi educación. Además la Biblioteca de mi padre es exquisita. Tantos libros, tantas historias, es por eso que decidí hacer algo diferente en mi vida y arriesgarme a encontrar mi destino.

– Habla sobre la muchacha supongo. Sinceramente se me hace difícil creer que haya abandonado todo por buscar una mujer a la cual casi no conoce. Su casa, su hacienda, su vida. Yo no podría. Para mi el trabajo es importantísimo, a la que uno le quita el ojo de encima a los empleados estos hacen lo que desean.

– No necesariamente. Si el ambiente es bueno, si hay confianza, si se les trata bien, creame, trabajaran mas duro por usted que por ellos mismos. Sobre dejar todo atrás, tal vez tenía todo eso, pero mi vida se la llevó aquella joven cuando se marchó por el camino pedregoso rumbo a lo incierto. Es ella la que tiene mi razón de ser y es por eso que la busco.

– Jejeje increíble amigo, simplemente increíble.

– Así es la vida. Perdone que me meta pero me pareció escuchar a Eusebio durante la cena decir algo de que quería montar su propio negocio. ¿Qué tenia en mente?

– Si le soy sincero no se como explicarlo. Tengo diferentes ideas pero no se con cual abalanzarme. No se cual daría mejor beneficio. Se que trabajaría duro para cualquiera y se que seria exitoso pero quiero que me guste. Necesito hacer algo con mi vida que pueda seguir en mi familia, crear una dinastía. Ay no me haga caso que son simples fantasías mías. Yo seré un obrero siempre.

– Con esa actitud, posiblemente que si lo sea el resto de sus días. No hay peor lucha, que la que no se lucha, valga la redundancia. No hay alma más vacía que la que desea algo y el cuerpo se lo niega. ¿Quiénes somos nosotros para decirle a esta que no puede hacer algo? No tenemos ese derecho. No hay hombre libre que no viva de la mano de su alma encendida y solo aquel que la deje manifestarse podrá decir alguna vez que vivió. Dígame Rafael, ¿Qué le gusta a usted hacer?

– Bueno siempre he sido bueno con los chavos. Contando, organizando, manteniendo archivos. Siempre tengo mis finanzas organizadas.

– Ahí la solución amigo. Puede trabajar en un banco y quizás mas adelante cuando sepa como se maneja el asunto hasta podrías abrir su propio banco.

– ¿Mí propio banco yo? Caramba eso suena bueno. Eso es algo que mi familia podría seguir corriendo el resto de sus días. Carajo porque no se me ocurrió antes. Lo voy a considerar, gracias por la sugerencia.

– No hay de que. No hay de que.  ¿Sabe qué? Siento ganas de irme a pasear por San Juan.  Ha pasado mucho tiempo desde mi última visita a la capital.  Y veo que no estamos muy lejos.

– Seguro, seguro.  Disfrútese lo que queda de la tarde.

Gumersindo tomo su sombrero y caminó rumbo a San Juan, que no estaba tan lejos de la casa de Rafael.  Desamarró a su yegua y se monto en ella.  Tardaría poco más de media hora en llegar.  Una vez allí, amarró a Velocidad en un área alumbrada y donde habían otros caballos amarrados.  Miró a su entorno y dió un respiro profundo como el que daría un preso luego de dar un primer paso de libertad nuevamente en ala libre comunidad.  Empezó a caminar y paseó por los grises adoquines que adornaban las calles de esta hermosa ciudad.  Esa ciudad de la cual tanto escuchaba en el pueblo, en los bares, pero que no visitaba desde hacía muchos años.  Sin embargo no podía olvidar que su primera visita a esta magnífica ciudad fue hacia casi veintitres años en el pasado, agarrado de la mano de sus padres.  Diferentes días aquellos solía decirse.  Según pasaba y notaba como la noche tocaba la puerta de la tarde, las lámparas empezaban a iluminarse y creaban sombras en las paredes marcando la llegada de la noche que traía consigo la oscuridad. Mientras caminaba se daba cuenta de lo inclinado de las calles que hacían detener a cualquier fumador unos instantes para recuperar su aliento. Todo esto combinado con los colores naranja de un atardecer casi perfecto le hicieron sentirse tranquilo y un tanto relajado, pero aun sin olvidar su propósito principal. Encontrar a Aeropajita y crear su propio destino.

Mientras caminaba por la Calle San Francisco, paso frente a la Capilla Franciscana y escucho un sonido tan agradable para sus oídos que decidió detenerse. Un piano sonaba con tal alevosía que intrínsicamente convertía en zombis a los espectadores de aquel deleite sonoro cuya combinación de teclas cual archipiélago de islas, creaban una propia nación musical. Tomo asiento Gumersindo al fondo de la capilla la cual estaba repleta de monjas, guardias y civiles. Todos reunidos para escuchar tan hermosos tonos. ¿De quien serian esas privilegiadas manos? se preguntaba Gumersindo, ya que era difícil ver desde atrás.  La música terminó de momento y un aplauso inundó la capilla creando ecos tan lejanos como la costa de la bahía.

– Queremos agradecer a Arturito por compartir con nosotros este domingo nuevamente su talento y a todos ustedes por venir.  Gracias.

Entonces se paró en la silla del piano un niño que apenas podría tener unos siete años como mucho. ¡Que prodigio! ¡Que fenómeno! se repetía Gumersindo mientras se sorprendía de la cantidad de cosas que descubría en esta ciudad.  Seguramente ese niño algún día seria un gran pianista y compositor se repetía en su mente.

Luego del corto concierto, Gumersindo salio de la capilla antes que el tumulto de gente lo hiciera. En la salida tropezó con la conversación de una pareja que observaba el concierto desde afuera.

– Increíble. Si eso corre en la familia espero que cuando tengamos un hijo, este sea igual que su primo. Sería fenomenal.

– Hay por Dios, ¿Para qué? ¿Para qué se muera de hambre? No, déjate de eso que estudie y ya. Que se convierta en una persona respetada y un buen hombre de familia. De eso nos tenemos que encargar. ¿Para que tener más músicos en la familia? Déjate de eso y vámonos que estamos tarde para el rosario.

Gumersindo no pudo entender bien la conversación, mas vió la tristeza del hombre en sus ojos. Una tristeza la cual desconocía y esperaba desconocer el resto de sus días.  Una tristeza representativa a la de un cuerpo vacío sin alma, sujeto a una realidad cotidiana y agonizante.  Víctima de sus decisiones y de la falta de.

Una vez fuera de la capilla, decidió seguir caminando por las áreas de negocios en San Juan y preguntar por Don Felipe.  Muchos le ignoraban dándole a saber que no sabían de quien hablaba y otros asentían de reconocer el nombre pero no de haberlo visto en un tiempo.  Así pasó cerca de una hora caminando, disfrutando el panorama y preguntando a cada comerciante que se encontraba.  Luego de haber dado senda caminata, llegó a la conclusión de que quizás Don Felipe y su familia lo siguieron para Fajardo, uno de los lugares que el joven escritor en Barranquitas le había mencionado.  Con la mente clara se había decidido que hacía allá se dirigiría.

Luego de recoger a su fiel yegüa, galopó de vuelta a la residencia Carrión para descansar y prepararse para su viaje a Fajardo al día siguiente. Llegó caída la tarde  y fue recibido por Don Rafael que estaba en su mecedora con la mirada perdida en la oscuridad del cielo.  Por un momento se vió reflejado en el hombre que imitaba su proceso sabático intercambiando su ron por el puro.  Don Rafael asintió cuando vió a Gumersindo subir el par de escalones al portal.  Gumersindo le dió signos de estar cansado y Don Rafael le hizo señas de seguirlo hacía el cuarto en confianza.  Y así subió directo a la alcoba donde se tiró en la cama sin arroparse ni nada y cerró los ojos.  Este proceso se había vuelto ya costumbre desde que abandonó la comodidad de su casa.

A la mañana siguiente, temprano casi antes de que cantara el gallo en las cercanías del lugar, Gumersindo ya montaba sus cosas en su caballo y Don Rafael se le acercó.

– Óigame Don Gumersindo, quería darle las gracias por sus consejos y por ayudar a Eusebio, pero quería atreverme a pedirle otro favor.

– Hombre, usted me ha hospedado sin conocerme.  Cualquier favor se queda corto para con su amabilidad.

– Usted ayudó a mi primo cuando tuvo problemas.  Así que el hospedarlo nos puso a mano.  En fin que el favor que le quería pedir era que, yo estaba pensando que tal vez se podía llevar a Eusebio con usted en su viaje. La compañía no le estaría de más, y quizás le podría dar algunos consejos y ayudarlo ya que si sigue como va el pobre infeliz no será nadie en su vida y a mi el no me hace caso. Además el sabe bastante de caminos cortos que le podrían servir. Uste’ uselo de peón si quiere pero sería bueno para el.

– Bueno siempre y cuando el sepa lo que hablamos, conmigo no hay problema. Es un buen muchacho, solo tiene que aprender a cuidar sus palabras mejor. ¿Qué dices chico? ¿Te das el viaje?

– ¿Es qué tengo otra opción? Eso fue tan sencillo como un vete con el viejo o vete pal carajo. Yo no soy tan bruto, ¿Sabes primo? Pero igual me apunto. El don este me salvo la vida y me hizo reír bastante también. jejeje Esa pela fue fuerte.

– Gracias Don Gumersindo.  Bueno, que tengan buen viaje.

– Nos vemos Don Rafael.  Suerte con todo.

– Igual a usted…igual a usted.

– Pues vámonos.

– Ya vamos muchacho.  Tranquilo que ya nos vamos.  Rumbo a la búsqueda de mi destino y del común sentido para tí.

– Pero a mí no se me ha perdido nada.

– Ya veremos…ya veremos.

Habiéndose despedido de su nuevo amigo, El Kijote y su pequeño pero ancho amigo sarparon rumbo al sol que comenzaba a levantarse en el horizonte.  La nueva dirección era Fajardo.  La otra esquina de la isla.  El hocico del marrano como le decían los peones de la Central.  Su dedicación cada vez aparentaba fortalecerle y encaminarle en la dirección correcta.  Cada parada hecha había dado frutos.  Alguién ha de saber donde esta Don Felipe y seguramente en Fajardo lo encuentre. 

Muchas cosas circulaban por su cabeza.  ¿Estaría fantasiando con el hecho de que ella pudiera sentir lo mismo que el siente por ella? ¿Estaría exagerando una conversación entre dos persona solitarias? La duda, si se le permite acampar en la mente, puede derribar al hombre más fuerte.  Sin embargo, es en medio de una duda cuando una decisión firme se convierte en el primer paso para solidificar una acción que aunque incierta en ocasiones, puede tornarse en una de esos momentos que un hombre recuerda para toda la vida.  Una memoria de valentía, coraje y decisión.  Y es ese deseo de una memoria verdadera y personal lo que incentiva a Gumersindo.  Su medalla en el librero.  Su Dulcinea puertorriqueña.  Su estanque de tranquilidad.  Y en Fajardo, se encuentra la próxima pista de su búsqueda.

Próximo Capítulo: Magia en las calles de Loíza Aldea

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