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Ficción Literaria – El Kijote De La Mancha De Plátano: Capítulo 2 – De Amigos En El Camino Y Un Aguacero

El comienzo  de la incertidumbre nunca es algo fácil de asimilar.  Mucho menos si la vida ha estado llena de monotonía y repetición.  Levantarse, desayunar, trabajar, volver a la casa, cenar, dormir.  El cuerpo se acopla a ese patrón y cualquier desamarre al protocolo tiende a causar desmesuradas reacciones.  No somos dueños de lo extraño, sino partícipes de las revelaciones, según van ocurriendo.

Para Gumersindo, ya han sido varias semanas desde que dejó todo atrás.  Una nota en la puerta con instrucciones, un bultito con sus misceláneas de importancia y su dulce yegua galopando montaña adentro.  La meta era tan tangible como cuerda.  ¿Qué le iba a decir una vez la encontrara? Apenas la conocía, apenas sabía si era lo que buscaba.  Don Felipe le había dicho que estaba a su disposición, pero pedirle a su hija a cambio de la noche que pasaron esquivando el aguacero podría ser percibido como exagerado.  Su único consuelo era el que, dentro de su pequeño mundo imaginario, estaba imitando hasta cierto grado las aventuras de su ídolo.  Eso le daba fuerzas para alimentar su locura.  Su Dulcinea…tenía que encontrarla.

Entre los comentarios de la gente  que se encontraba en el camino y a quienes les preguntaba, alguien lo direccionó rumbo a el pueblo de Barranquitas, donde supuestamente días antes Felipe Bastos dijo que iría.  Contra viento y cansancio cabalgó el Kijote a Velocidad rumbo a ese pueblo del cual había oído hablar pero nunca visitado. Gumersindo siempre fue un tipo hogareño, que aunque muy culto en sus lecturas, estaba ajeno a muchas de las cosas que ocurrían en la isla.  Sus salidas eran contadas y usualmente relacionadas al trabajo.

Mientras el sol ponchaba el reloj de salida por el día, Gumersindo hacía su entrada en la calle principal del pueblo de Barranquitas.  El cansancio se le podía leer en los ojos y antes de comenzar una búsqueda inquisitiva, decidió parar en un hospedaje que había visto a la entrada de la calle y así pasar la noche.  Una humilde señora entrada ya en sus altos sesenta le atendió algo insípida pero sin dejar de ser atenta.

-Me gustaría un cuarto por la noche si es posible. – le dijo Gumersindo.

-Claro señor. – asintió la señora mientras le tomaba el dinero a Gumersindo y le daba la llave del cuarto. 

No era un sitio muy grande y para nada se podía considerar un hotel.  Parecía más una casa extendida con varios cuartos sencillos que daban todos a la calle.  Una puerta y una ventana por cuarto, un matre tendido encima de un elevado de paneles un par de pies del piso.  Una coqueta sencilla y una vasija con un jarrón de agua para acearse.  El techo era de dos aguas en zinc y la madera del lugar olía más a una fábrica de polilla. 

Después de cambiarse, remojar la ropa que se quitó y dejarla colgando de la ventana, salió del cuarto y cruzó la calle a un pequeño chinchorro y comenzar su investigación mientras se tomaba un traguito.  Lamentablemente el hombre detrás de la barra era el único en el establecimiento a esa hora y su respuesta no era lo que Gumersindo andaba buscando.

– Lo siento señor, no he visto a nadie con esa descripción en este barra.

La decepción era grande para Gumersindo. El sí tomó en consideración de que sería una búsqueda difícil pero también guardaba esperanzas de que alguna pista apareciera para mantenerle encendida la llama del acecho.  Cansado, triste y con la garganta un poco seca, se quedó sentado en la barra, mirando su vaso llenarse y vaciarse de ron.  Ahogado en sus silenciosos pensamientos y con la visión inundada de anhelos no se percató como el lugar iba ambientándose de otras personas.  Justo a su lado se sentó ún señor que tenía una cara pensativa y lúgubre.  Tenía un trago sentado frente a él y escribía en una libreta algunas líneas.

– Amigo, uno más por favor. – refiriéndose al cantinero quién asintió y le sirvió el trago.

Gumersindo, más suelto de lengua que de costumbre por los cuatro o cinco tragos encima decidió darle conversación a su vecino el escritor.

– ¿Qué brisita fuerte hace afuera verdad?

– Eso es así señor. Aquí hay que abrigarse hasta cuando el viento no sopla. Yo venía mucho cuando joven. Hacía ya tiempo no venía.

– ¿Y qué hace por acá?, si no le molesta que le pregunte.

– Hace unos días enterramos a mí viejo. El nació y se crió aquí. No ha sido algo fácil para nadie. Y decidí darme una última copa antes de volver a la capital. ¿Y a usted qué lo trae por estos lares?

– Ay buen amigo, a mí me ha traído aquí una búsqueda casi imposible. Un sueño del cual cada día pienso no formaré parte. Unas ansias de tener lo inalcanzable. Más aun así estoy tan perdido como el primer día.  Si tan solo encontrase una pista, me sentiría como que no estoy tan loco.

– Déjeme ver si adivino. ¿Problemas de falda verdad? Amigo, las mujeres son una combinación de lo sublime con lo desesperante. Son tan comparables con el alcohol que no da ni risa. Son un tierno beso en los labios seguido por un golpe al hígado. Son adictivas y deliciosas, mas aun así son caprichosas y cada cual tiene su gusto particular. Mientras más joven mejor se saborea y palpa el volumen, mientras mayor en edad, más seductora y experimentada. Son el problema y la solución, la causa y el efecto, el bien y el mal, dos gotas de su néctar y nos volvemos adictos al placer de su cuerpo incandescente.

– Rayos es usted un poeta y no lo sabe.

El hombre sonrió mientras daba otro sorbo de su trago.

– Gracias por el cumplido amigo. Pero sí, ya no es algo que me inventé de momento.  Soy escritor y esas cosas se planean. – le contestó a Gumersindo mientras ambos reían por el chiste involuntario de ambos.  El hombre continuó su respuesta elaborando sobre quien era.

-Aunque también me interesa la política, tengo buenas ideas y creo que a mi padre le hubiese gustado que siguiera ese camino. Porto Rico como nos obligan a decirle estos gringos, tiene un buen futuro por delante. Pero bueno ya basta de soñar, por cierto no me he presentado.  Mi nombre es Luis Alberto.

-Gumersindo Van Geight a su orden.

-Van Geight.  Ese no es un nombre muy común para un puertorriqueño.  ¿Es usted nacido acá?

-Realmente no se mucho de la definición ni de su procedencia.  Sé que mi familia viene de Europa pero mis viejos murieron cuando yo aun era muy joven y no tuve la oportunidad de recibir muchas respuestas.  Pero al menos se preocuparon por dejar un buen plan para mí.  No estaría aquí si no se hubiesen preocupado por mi futuro.

-No diga más. Le invito a un brindis.  Por nuestras familias.  Creadores de nuestro camino, lanzándonos a nuestro destino y partícipes de lo que es y será siempre nuestra historia.

-¡Salud! 

-¿Oiga y esa libreta que carga? ¿Ahí tiene sus poemas y esas cosas? – preguntaba Gumersindo con curiosidad.

-Actualmente trabajo en un pequeño libro de historias.  Aquí las voy transcribiendo y arreglando según las voy revisando pero aun no se como ponerle de título.  Tengo aquí en la primera página una lista de posibles nombres pero aun no me decido por ninguno.

Gumersindo le dio un vistazo a la lista de arriba a abajo y se rascaba la cabeza mientras intentaba leer lo que allí decía.

-Hmmm… Es muy difícil de entender. Ha escrito mucho en el papel y ha borrado mucho. Solo veo un montón de Borrones.

Como si se le hubiese encendido un bombillo, el hombre junto a Gumersindo quedó flechado con el nombre.

-¿Cómo ha dicho usted? ¿Borrones? Pero es que… claro, ¿Cómo no se me ocurrió antes? Me gusta como suena. Impersonal y sencillo, como mis obras. Sabe, creo que me ha ayudado a escoger el nombre de mi libro sin querer.  Me gustaría poder devolverle el favor.  Ah ya sé.  Quizás a buscar a su amiga. ¿Qué me puedes decir de ella? He visto a muchas personas en esta semana que ha pasado y si es una figura memorable seguramente todavía reside en mi memoria corta.

-¿Qué le puedo decir de ella? Que es un ángel. Es la perfección.

-Sí, entiendo, pero quizás con un poquititito más de descripción física tal vez pueda ayudarle. A ver, ¿Cómo se llama?

-Aeropajita.  Su nombre es Aeropajita Bastos.  Anda con su padre, el señor Felipe Bastos y su señora esposa. 

El escritor se quedó pensando unos segundos mientras trataba de atar el nombre con alguna cara en su registro de imágenes.

-A ver…En San Juan una vez conocí a un Felipe Bastos hace un tiempo atrás. Tenía su propio negocio y corría la isla de lado a lado.

-Si ese mismo es. ¿Cuándo fue la última vez q lo vio? ¿Sabe algo del? – le contestó Gumersindo con un rostro totalmente iluminado de esperanza.

-Pues déjame hacer memoria. El tiene ciertos pueblos que visita mucho. Uno de ellos siendo San Juan, también Cabo Rojo y Fajardo. ¿Bien cerca el uno del otro, verdad? – comentó entre risas.

– Y si estamos hablando del mismo pues ese estuvo por aquí hace dos días para el velorio de mi viejo pero luego se marchó y no se hacia donde.  Había mucha gente y no me pude despedir plenamente de él.  Ahora si puedo asumir que estando por estos lados, y según me dice usted que viene de Lares hace un par de semanas, seguramente se dirige a la capital.  Ahora que lo pienso, recuerdo a una bella joven que andaba con el y su esposa. Tenía un pelo negro y era bien pálida. Tenía un muy bonito crucifijo en su cuello. La recuerdo porque tenía una mirada bien triste y su pésame parecía más uno para ella misma que para el de mi padre.

Gumersindo suspiro levemente.  La emoción le colmaba el pecho y las ganas de reír de alegría le llenaban de las esperanzas que andaba buscando.  A la vez como si cayera de una nube y recibiera un golpe en la cara, su rostro mostró cierta duda e inseguridad.  Logró encontrar la compostura de sus rebeldes expresiones faciales para contestarle a su nuevo amigo.

-Sí. Definitivamente es ella.

-Pues que bien hombre. Nos hemos ayudado mutuamente, ¿no? Oiga, pero, ¿Entonces porque la cara larga? Al menos ya tienes una clave. ¿Es mejor que como estaba hace treinta segundos, ¿no?

-Definitivamente y sin lugar a duda. Más siento que, pues… a veces creo que es una tontería esto que hago.

-Amigo, eso es natural. Ellas siempre nos hacen sentir así. Nos ponen a dudar, ¿Pero sabe qué? A la larga vale la pena. Es la mejor recompensa que uno puede recibir. Si en algún momento sintió que ella es para usted, no deje que la duda le opaque el camino. Póngase las botas, y enrédela en sus dulces trampas de amor.

Gumersindo sonrió.  Un pequeño empujoncito para devolverlo a la fila era lo que necesitaba.

-Gracias, de verdad. Sus palabras me han alimentado las esperanzas moribundas. – le contestaba seguido de una pausa pensativa.  

Con un gesto facial donde levantaba las cejas y los hombros se dirigió a su amigo mientras le daba un espaldarazo.

-Bueno creo que debo irme a dormir para poder comenzar mañana temprano. Mil gracias nuevamente y siento mucho lo de su padre.

-Gracias amigo. El placer ha sido mío. Buena suerte en su búsqueda.

Gumersindo se dirigió a la puerta del bar.  Se dio la vuelta para despedirse de su amigo con un gesto de mano y salió del lugar.  Ya era tarde y estaba oscuro y la brisa soplaba fuerte.  El cielo estaba negro pero se podía ver más oscuro de lo normal, debido a las nubes que se posaban sobre el lugar.  Gumersindo se sintió un poco mareado debido a la cantidad de palos que se había dado.  Lentamente siguió caminando al otro lado de la calle en ruta a su cuarto rentado.  Al entrar, luego de batallar un poco con la puerta, se dejó caer sobre la cama como hacha golpea un pedazo de madera.  El cansancio y el agotamiento tanto físico como mental mezclados con la leve borrachera, lo tenían delirando.  Y en ese delirio se perdió en una mezcolanza con un sueño.

Un sueño donde solo veía caminos pedregosos.  Caminos rodeados de maleza y sin ningún final.  Enredaderas cubriendo los troncos de los delgados pero altos árboles y hojas color marrón alfombrando parte de las piedras del suelo.  A lo lejos se oía un ruido de galopes mezclados con un crujir que podría ser comparado con el eje de ruedas dando vueltas a velocidad.  Una carreta pensaba Gumersindo, pero no alcanzaba a ver nada. Los grillos cantaban a tal volumen que prácticamente era ensordecedor el ruido que había en el lugar.  Tres golpes se escuchaban a lo lejos perdidos en el eco del lugar.  Como si un puño cerrado golpeara un pedazo de madera.  Tres golpes se escucharon nuevamente, esta vez más fuerte mientras que el camino seguía moviéndose y el observando como si se rodara frente a él aun si moverse.  Sus pies parecían sembrados frente la ruta que se encontraba ante sus ojos.  De momento Gumersindo se despierta y escucha los tres golpes nuevamente y se da cuenta que alguien llamaba a la puerta.  Azorado se levanta para ver quien le sacaba del trance.  De un tirón abre la puerta y Aeropajita se encontraba ahí parada frente a él.  El no se podía ni mover.  Estaba totalmente sembrado en su lugar.  Ella se le acercó, con su mirada triste, acercando su rostro levemente en ruta a su oído derecho y le susurró “No pierdas la fe. Yo creo en ti“.

De momento un relámpago cayó haciendo un sonido tan estruendoso que posiblemente se escuchó en toda la isla a la misma vez.  Gumersindo dio un salto de la cama y se dio cuenta que aun soñaba, que ella no estaba allí y que su rostro estaba bañado de sudor.  Estaba entre medio dormido y desesperado.  Salió corriendo a abrir la puerta, a sabiendas que no había nadie allí, pero tenía que cerciorarse que fue un sueño.  Efectivamente encontró nada más que polvo frente a los escalones que daban a la puerta de su cuarto.  Las palabras aun grabadas en su mente se repetían como un mantra.  Combustible para mantener su motor corriendo se decía a si mismo.  “Estamos conectados.” se decía. 

Era la medianoche cuando los rayos trajeron consigo un aguacero campal. Las gotas caían sobre el techo de zinc como pequeñas piedras golpeando con fuerza intentando entrar.  Por la ventana se colaban algunas gotas víctimas de la ventolera que le daban al cuarto una brisa húmeda que no le venían mal.  El Kijote abrió la ventana completa, sin importarle que se estuviera mojando y pasó un largo rato viendo el agua caer, creando un fangal frente a su cuarto y creando pequeños charcos interrumpidos una y otra vez por cientos de otras gotas que caían sin invitación. 

Luego de un rato, la nube siguió su camino, llevándose consigo el agua y dejando a su paso simplemente tierra mojada y los pequeños agujeros arrebatados de agua.  Parte de la luna se abrió paso y empezó a reflejarse en algunos de los charcos.  El reflejo trajo a Gumersindo recuerdos de aquella noche, de aquella magnífica conversación, de lo que andaba buscando.  Con un respiro profundo, cerró la ventana y se dejó caer sobre su cama nuevamente para tomar aunque fuera un par de horas de sueño.

En cuestión de nada, salió el alba y Gumersindo agarraba sus motetes y se montaba en su yegua Velocidad que estaba un tanto mojada por el baño inesperado que recibió la noche antes.  Galopando su yegua a paso lento mientras salía del centro del pueblo, tomó ruta hacía la capital.  Iba a ser un viaje largo, pero al menos sería directo, sin tener que pasar de pueblo en pueblo preguntando a ver si alguien le había visto.

A eso del mediodía, mientras se tomaba un descanso para comer algo, escuchó a lo lejos unos gritos desesperados.  Guardó su merienda y galopó en dirección a los gritos para averiguar que estaba sucediendo.  Al llegar al lugar se dio cuenta de que era un asalto.  Dos hombres estaban asaltando a un joven y golpeándolo también.

Gumersindo se bajó de su caballo molesto. Se subió las cortas mangas de su camisa en acto de brabucón, se quitó su sombrero y lo colocó en el sillín de su yegua.  A esta la amarró de un palo de jobos que allí estaba mientras todavía los asaltantes no se percataban de su presencia.  Estos seguían apabullando al pobre muchacho.  Con intenciones de enseñarles una lección a los malandros se dirigió a ellos con seguridad. 

-Yo les recomiendo que dejen al pobre chico quieto y se metan con un hombre de su tamaño.

-Esto no es asunto suyo. – le gritó uno de los hombres mientras el otro seguía golpeando al muchacho. –   Váyase de aquí si no quiere recibir una golpiza de gratis.

-Bueno, quisiera verles intentarlo.

Los dos individuos dejaron quieto al joven y se dirigieron hacia Gumersindo. Este los esperó con una sonrisa en su rostro.  Lamentablemente la sonrisa no duro mucho porque entre los dos muchachos le partieron el alma en dos y prácticamente lo dejaron a 2 puños de quedar inconsciente.  Luego de dejarle sin aire tras un buen puño en el estómago, los dos tipos siguieron caminando en dirección opuesta riéndose de la golpiza de gratis que se llevó el infeliz.  Gumersindo se levantó, se limpió la camisa como pudo y les pegó un grito que le dolió hasta en las muelas de atrás.

-Y que sea la última vez que se meten con uno más pequeño que ustedes…manganzones.

Se agarró de un tronco que había cerca de él y dio un par de respiros mientras trataba de recuperar la compostura.  Se limpió un pequeño rastro de sangre que salía de su labio partido.  Luego se dirigió hacia donde estaba el muchacho para ayudarle.

-¿Estás bien? Fue una buena pela la que te dieron los condenaos esos.

-Bien no estoy pero al menos vivo sí. Y si buena pela fue la que me dieron a mí a usted le dieron un azote como el de un huracán pasando por una casa de paja.

Gumersindo se hizo de oídos sordos mientras le extendía la mano al muchacho para levantarlo del suelo.  Su rostro estaba bastante maltratado y al ponerse de pie tenía problemas al sostenerse en uno de sus tobillos.  El joven siguió hablando en el ínterin.

-Pero le agradezco su intervención. Si no se llega a detener tal vez me hubiesen hasta matado.  Abusadores del demonio esos.

-Bueno pues mi nombre es Gumersindo. Y tú, ¿Cómo te llamas?

-Mi nombre es Eusebio, para servirle.

-Bueno Eusebio, ¿Y qué haces por aquí solo?

-Bueno, yo voy para San Juan, voy de camino a ver a mi primo y llevarle unas cosas que me pidió.  O iba a llevarle, esos desgraciados se llevaron las quenepas y los chavos que llevaba.

-¿Has dicho que vas para San Juan? Yo también me dirijo hacia allá, si quieres podemos ir juntos, por aquello que no aparezcan esos malandros otra vez.  ¿Qué te parece?

-Me parece bien.  Tengo que encontrar mi caballo que debe estar por aquí cerca sino se lo llevaron también.  . Déjeme recoger lo que no se hayan llevado que este tirado por ahí y lo seguimos para casa de mi primo.

-Perfecto.  Entonces vamos a buscar a tu caballo y sigámoslo antes que se haga de noche.

Gumersindo y su nuevo amigo, siguieron el camino en dirección a la capital, donde seguiría la búsqueda de quien le robaba el sueño.  Un paso más hacia lo desconocido y hacia cualquier otra aventura que le depare el destino.  Su misión era clara y su Dulcinea le esperaba.  Próxima parada: San Juan, Puerto Rico.

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