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Ficción Literaria – El Kijote de la Mancha de Plátano: Capítulo 1 – De El Comienzo De Su Travesía

Brillaba la tarde.  El crepúsculo del atardecer alumbraba el valle cubierto por cañaverales de lado a lado.  Las siluetas de los árboles alrededor de la casa grande creaban diversas formas que asustarían a cualquier niño.  El viento arrastraba las hojas secas caídas de los árboles.  En el portal de la casa se veía un quinqué casi apagado, seguramente por falta de gas y tambaleando de lado a lado por la fuerte brisa.  Una mecedora se meneaba al compás de la melodía del vendaval mientras que un viejo can un tanto dormido, miraba entre ojos la llegada de su amo.  Era tan viejo el perro que ni fuerzas tenia para brincar y saludarlo.  Su amo era un hombre llamado Don Gumersindo Van Geight, heredero de una Central Azucarera en el pueblo de Lares.  Algo difícil de imaginar por lo poco plano que suele ser el terreno en ese pueblo, pero esta parcela era bastante terrera.  Tenia acres y acres de cañaverales y varios peones a su disposición, además de la central de por sí, su residencia y los establos.  Desde la muerte de sus padres cuando muy niño, el joven Gumersindo supo cuidarse solo, aun cuando Doña Amapola Rosalinda, una amiga de su madre y que vivía cerca, lo cuidaba y le ayudaba en las cuestiones de la casa.  Eran otros tiempos y los servicios sociales no tenían una presencia marcada fuera del casco de San Juan. 

Doña Amapola tenía una hija que redondeaba cerca de la edad de Gumersindo.  Su nombre era Gertrudis Rosalinda y toda la vida vivió enamorada de Gumersindo.  Desde que ambos eran infantes no pasaba una tarde que esta no le preguntara “¿Y cuando es que nos vamos a casar?”.  Comentario que el pasaba por desapercibido ya que el la ignoraba cual vaca ignora las moscas en su cara, pero sin tratarla mal ya que el apreciaba mucho a su mama.  En el trabajo, el capataz, Jaime Escambrón dirigió la Central y le enseñó todo al joven para que cuando pudiera, fuera él quien corriera todo.  Todos los peones respetaban al muchacho que desde la muerte de sus padres fue justo y buen patrón, los trataba con respeto y dignidad.  Pero de eso ya van muchos otoños. 

Gumersindo era un hombre en sus treinta.  Bastante delgado y de bigotes negros y frondosos.  De hombros levantados y orgulloso como el solo.  En su espalda un lunar bastante grande, heredado de su padre que lo identificaba como puertorriqueño autóctono, ya que doña Rosalinda siempre le decía que esa era la mancha e’ platano, que solo los verdaderos locales tenían.  Esto siempre lo enorgullecía, no importaba que fuera del tamaño de una manzana.   Siempre andaba pa’rriba y pa’bajo con su sombrero típico de jíbaro de campo.  Color crema, hecho de paja y con la cinta negra en el medio.  Vestido siempre de camisa blanca con su bolsillo superior derecho siempre guardando sus cigarros.  En la correa siempre cargaba con un machete que le pertenecía a su padre, media aproximadamente siete pulgadas y estaba casi boto, pero aun así era mortal para cualquier mequetrefe que se quisiera pasar de gracioso.  De todos los caballos que tenia, su favorito era una yegua blanca con manchas negras y una de estas le cubría el ojo derecho.  Parecía un dálmata con un par de patas más de estatura.  Le puso por nombre Velocidad, aunque su nombre no era muy apto ya que esta potra parecía que su madre era de paso fino pues no importaba cuanto la cucaran, iba a su velocidad, como si fuera dueña del camino y ni un paso más rápido.  También hay que considerar que la pobre yegüa estaba trepada en años.  En su juventud daba a respetar el nombre con el que se la había consagrado.

Gumersindo disfrutaba de la soledad de los sábados.  Era un día donde solía utilizarlo para pasear por el campo y luego terminar en su mecedora, reflexionando sobre su todavía joven vida.  Claro y esquivar a la bella caricaturesca persona de Gertrudis que no hacia mas que esperar que pasara frente a ella para decirle alguna tontería como “¿Hoy es un bonito día para una proposición no crees?”.  El simplemente reía, agarraba la parte frontal de su sombrero y la mobilizaba como gesto de saludo y seguía su camino.  Ella era atractiva, nadie podía negarlo, con un pelo negro carbón y ojos verdes, de piel blanca con muchos lunares y una sonrisa impecable, algo que no se veía mucho en el campo, pero su madre era crítica con ese detalle en su hija. 

Gumersindo la miraba en ocasiones tratando de hayar algo que le atrapara pero no podía verse casado con ella, por eso prefería ignorarla y seguír su camino hasta su casa.  Esta se localizaba frente a un camino polvoriento y pedregoso, justo en frente a un cañaveral extenso y profundo.  Nadie pasaba por ahí durante los fines de semana.  El camino hacia la derecha llevaba al pueblo de Lares donde todo el bullicio ocurría.  Hacia la izquierda se llegaba a la Central, pero antes de llegar a la central hay un cruce cuya carretera llega a quizás a Maricao, quizás Adjuntas.  En realidad no es una carretera muy transitada.  Siempre ese camino desconocido representó para él su futuro.  Lejano y ambiguo, tangible y libre y sin saber que aparecerá al final de este.

Todos los sábados Gumersindo solía mecerse en su mecedora, con sus pies colgando del barandal y con su fiel pero viejo perro, Sócrates, mirando como el viento mecía las cañas creando figuras temporeras de solo segundos de longevidad.  Algunas tan absurdas como la forma de vida del Kijote, como le decían sus amigos del pueblo.  Gumersindo había creado una reputación en el pueblo de ser muy fanático de la novela y cuando se juntaba en el bar fuera con los peones o con cualquier desconocido que le quisiera escuchar, contaba las anécdotas del Qujiote llevándolos a todos a un viaje por su imaginación, aunque fuera mientras durara el ron.  Como la mayoría de la gente en el pueblo no sabia escribir o tan siquiera hablar bien, solían escribir el nombre con K en vez de con Q.  Gumersindo se sentía halagado, ya que el Quijote representaba para el un ideal de no rendirse por lo que realmente se deseaba.  Le gustaba pensar que era bondadoso como el héroe, aunque admitía que no era tan loco y sus aventuras no eran tan formidables como para escribir de ellas.

Una tarde de sábado lo particular y típico del día dejo de serlo.  El contínuo azote del viento a la puerta de la entrada no confirmaba nada menos que la noticia de que un temporal asediaría su tranquilidad.  Y así las primeras gotas dispersas comenzaron a socavar en la tierra.  Gruesas, y ruidosas lágrimas del cielo cayendo en el techo de zinc una por una como si fuera el redoble de un tambor en alguna fiesta en la taberna del pueblo.  Pero algo era diferente.  La cordialidad de su continuo y típico panorama horizontal de sábado en la tarde fue alterado por una carreta que venia a toda velocidad de la izquierda de la carretera.  Casi no levantaba el polvo del camino porque las húmedas gotas de agua se impregnaban al suelo, creando una capa protectora contra este.  Ya la lluvia estaba más gruesa y la carreta se acercaba.  Gumersindo siendo un alma noble, les gritaba:

 – Avancen, vengan por aquí, que esta agua va pa’ largo.  Agilicen el paso.

 La gente en la carreta apenas escuchaba lo que decía el hombre pero veían los gestos que hacía con la mano que parecian amigables y de invitación.  De ese modo con gran velocidad pasaron por la verja de entrada a su casa, amarraron los caballos a un poste de madera sembrado frente al portal y se bajo la trulla antes de quedar totalmente ensopados por la lluvia. 

– Buenas Tardes mi amigo.  Gracias por su hospitalidad.  A la verdad es que si hubiésemos seguido bajo esa lluvia no hubiéramos llegado al pueblo o si llegábamos, iba a ser con un ataque de pulmonía.  Déjeme presentarme.  Me llamo Felipe Bastos y esta es mi señora esposa Juana Bastos y mi querida hija única Aeropajita.

 Gumersindo cordialmente estrechó la mano del hombre mientras sonreía a su esposa y a su hija.  Pero algo más estaba sucediendo en silencio.  Había quedado flechado.  Nunca antes había puesto sus ojos ante tal belleza.  Sus mente repetia en silencio su nombre una y otra vez.  Tan bello nombre, tierna mirada, hermoso cuerpo, aun siendo víctima del agua y estando su pelo totalmente enmarañado y sin maquillaje alguno.  Sus ojos color carbón hablaban solos y contaban tristeza combinada con melancolía y su semblante deprimido intentaba dar gesto de gracias pero no era tan buena actriz.  Su piel era blanca como el marfil y su pelo castaño y largo por encima de los hombros.  De momento Gumersindo se dió cuenta que ahí en el portal también se estaban mojando y que ya llevaba demasiado tiempo en silencio.  Tratando de disimular un poco su aparente enamoramiento les hablo.

 – Bueno pues yo soy Gumersindo Van Geight y están invitados a pasar la noche aquí si lo desean.  De todas formas pasemos adentro porque ya nos estamos mojando aquí.  Lo menos que necesitamos es un resfriado.

Todos entraron y Gumersindo encendió un fuego en la sala.  Esta era hermosa con bellos cuadros que su madre había comprado en San Juan cuando el niño.  Una chimenea algo pequeña pero servía su función para los días lluviosos y para acostarse en la alfombra al pie de esta a leer algún libro en las noches de diciembre y vagar entre las coloridas llamas del fuego.  Los sofás eran de la mejor calidad, importados desde Francia estilo Louis XIV.  La biblioteca de libros era exquisita repleta con autores locales pero sobretodo internacionales incluyendo a Miguel De Cervantes y su adorada novela El Quijote. 

La noche se aventó en un dos por tres y Gumersindo le mostró su cuarto de huéspedes a la familia Basto.  Les extendió la hospitalidad de su hogar, su baño y la cocina.  A todas estas sus ojos no se despegaban de Aeropajita y sorpresivamente ella encontró los de el y por un momento se sintió afín.  Una vez  les dió las buenas noches y cerró la puerta del cuarto de huéspedes, Gumersindo se retiró a su alcoba donde divagó en su mente los recuerdos de esa mirada que le habían encantado.  Después de un par de horas, ya cerca de la media noche, decidió salir de su cuarto y sentarse por el fuego y tomarse un trago de ron.  Esto no era nada extraño en él ya que a menudo sufría de imsomnio.  Trató de no hacer mucho ruido para que el crujir de la madera no despertara a sus invitados.  Dió un par de pasos y cuando salió de su cuarto se encontró que Aeropajita estaba sentada exactamente donde el solía sentarse admirando la belleza tenebrosa del fuego.  El trató de acercarse sin que ella se diera cuenta pero las viejas maderas del suelo sonaban tan fuertes como las chispas del fuego quemando la madera. 

 – Ay que susto.  Pensé que estaba dormido señor.

 – No, no podía dormir, Aeropajita era, ¿verdad? No te preocupes, yo solo venia a servirme un trago. 

 – Si, bueno, yo me retiro al cuarto entonces. Buenas…

 – No, no tienes que marcharte, me agradaría tener algo de compañía.  Siéntate, ¿Me acompañas en un trago?

– No sé.  No quiero que mi papa se levante e imagine algo que no es.

-Realmente no tiene porque imaginárselo, porque no es. – le dije con una sonrisa pícara tratando de lograr que su semblante intentara al menos falsificarme una de vuelta.

– Bueno si le place a usted.  Pero solo uno. – dijo cabiz baja y sin hacer gesto alguno.

El primer trago sirvió para que ambos se introdujeran y hablaran de temas livianos como el aguacero del cual escaparon, de la condición política de la isla y de lo difícil que se volvía la economía con cada día que pasaba.  Gumersindo encontró en la tímida mujer, a una persona inteligente con opiniones bien fundamentadas y por momentos vió una chispa encenderse en sus ojos, para luego volver a la realidad de su entorno y apagarse como llama ante la visita del agua. 

Ese primer trago, y la charla latente permitieron el paso a un segundo.  Ya para este habían muchas menos inhibiciones y fue suficiente para que ambos soltasen temas más personales.  Gumersindo le contó toda su vida en un resumen de par de minutos.  Le contó de su agonía, de sus pensares, malestares, alegrías, logros, etc.  De cómo su vida se convierte cada vez mas monótona y como le dice a la gente que los sábados son para reflexionar, pero es el día que más solo se siente y que el tenerlos en su casa, lo ha llenado de vida un día en que normalmente termina hablándole a su perro sin recibir contestación alguna.  Le contó de sus padres y como abandonaron este mundo temporero antes de tiempo y de su crianza por el capataz y la vecina y como tuvo que aprender a ser hombre antes de pasar por la pubertad.  Sus ojos intentaron derramar algún sentimiento en la alfombra, pero siendo buen macho encontró la manera de culpar a una pajilla que volaba cerca de la hoguera.

Aeropajita también se sintió motivada por la ternura que escapaba de aquel hombre ante una desconocida y le abrió su corazón al contarle su tristeza latente.  Le habló de como su familia viaja de pueblo en pueblo, sin permitirle a ella el tener amigos, sin tener novios, acompañando a sus padres ya que su negocio así se lo requiere.  Y a sus veinticinco años aun no ha tenido un novio que haya durado más de un par de semanas y haya pasado de más de un apretón de manos.  Que sus sueños de ir a estudiar a la universidad y viajar por Europa fueron rotos por su padre y su forma de pensar ya que las mujeres no tenían porque ir a estudiar para criar los hijos a menos que fueran a volverse monjas.  Que lo más que ella ansiaba era encontrar algún lugar donde quedarse y establecerse pero que su lado aventurero en ocasiones le acariciaba las ansias de emprender hacia lo incierto.  Pero que ella sabía que el miedo que la cubría era demasiado como para permitirle hacer realmente lo que su corazón le pidiera.  Era presa de sus decisiones o mejor dicho, indecisiones y el futuro que le esperaba sería el de tristeza y de espera a que algo sucediera que la sacara del letargo.

Gumersindo andaba ya perdido en sus ojos y sin pensarlo dos veces la interrumpió y le golpeó el rostro con un beso.  Ella no sabía como reaccionar y su primer instinto fue separarse.  El pánico se apoderó de ella y se levantó de la silla en que estaba.  Parecía esperar que su padre se fuera a levantar y la encontrara besando a ese desconocido y la hechara de, bueno de la carreta ya que no tenían una casa permanente.

Gumersindo por el otro lado no estaba preocupado.  El sabía que Don Felipe no les habría de escuchar ni mucho menos pillar, por el sonido de los ronquidos de él y su señora.  Al ver que aun la joven estaba un tanto asustada se despegó unos pies.

– Discúlpame.  No fue mi intención ofenderte ni tomarte desprevenida. Fue un impulso.

– No esta bien.  No se supone que yo ande besando desconocidos.

– No se supone si no lo deseas.  Pero, ¿Por qué vas a restringirte de algo que quieras hacer?

– Yo…

Gumersindo se acercó un par de pasos más mientras ella parecía buscarle lógica a su posición sin encontrar respuesta alguna.

-Yo no…

Un par de pasos más le pusieron justo en frente de ella.  Le levantó la mirada con un movimiento de la barbilla y le dijo en voz baja… “yo sí…”

Una vez más le beso y esta vez ella le reciprocó el beso aunque de manera tímida y entrecortada.  Lentamente le correspondió acariciándole el pelo y sucumbiendo a sus brazos.  Las manos de Gumersindo empezaron a bajar los lados de su cuerpo y entonces la muchacha se despegó.  Nuevamente regresó a ella la mirada errada y perdida.

-Lo siento pero no…

Acto seguido salió por la puerta de al frente, pasó el portal y corrió por el césped mojado hasta llegar a la verja de madera que daba al camino frente al cañaveral.  La luna estaba alumbrando el cielo sin nube que se le interpusiera.

Un par de minutos más tarde Gumersindo apareció de la oscuridad con dos tazas de café y una corta frisa para arropar a la muchacha.  No estaba muy caliente pero al poner el agua unos minutos en el fuego calentaron lo suficiente para sufragar el viento frío de la noche.

– Pensé que ya que estabamos despiertos y estabamos al sereno, lo mejor era permanecer calientes.

-Gracias. – contestó la muchacha un tanto seca y con la mirada perdida en el movimiento mecanizado de las cañas.

-Tengo que pedirle disculpas.  No fue mi intención hacerla sentir incómoda.  Pero es que me ha cogido usted totalmente desprevenido.

Ella le miró sin decir nada.  Solamente escuchaba a este hombre disculparse por algo totalmente lejano a la verdad.  Jamás se había ella sentido más cómoda con alguien.  Pero no podía decirle.  Como decirle a alguien que seguramente no volverá a ver jamás que sentía una conección de grandes fuerzas con él.

-Yo nunca había conocido a alguien como usted, que me hiciera sentir tan bien.  A nadie le había contado de mis problemas y…nada.  Solo era eso.  La dejo tranquila ahora.

Gumersindo se preparaba a regresar a su recámara cuando Aeropajita le detiene.

-No me siento incómoda.  Simplemente no lo conozco lo suficiente, pero no me molestaría que me acompañara a terminarme el café.

Y entonces hizo algo que él había estado esperando por ver.  Le tiró un intento de sonrisa.  Solo eso fue suficiente para contentarle.  No necesitaba nada más. Y así mientras pasaban los sorbos de sus respectivas tazas, conversaban de lo primero que le venía a la mente.  Entonces Gumersindo se fijó en el cuello de Aeropajita.

– Hermoso crucifijo.

 – Gracias.  Fue un regalo de mi tía que es monja.  Siempre me decía que era para que encontrara el camino que necesitaba y no necesariamente el que quería.  No se que quería decir, pero desde entonces no lo suelto.  Hay Dios, ¿Qué hora es? Tengo que volver a la casa.

Esta se apresuró a entrar y limpiarse los pies de tierra y entrar al cuarto antes de que sus padres se despertaran.  Gumersindo se quedó en el portal.  Pensando en la curiosa pero maravillosa noche que había pasado.  Quizás la primera vez que se disfrutaba el hecho de tener una conversación con una mujer que le interesaba sin tener que consumar los sentimientos.  Tantas emociones, ternura y lucidez, no solían ser las sensaciones que colmaban sus veladas acompañadas pero no cambiaba nada.

A eso de las siete de la mañana Gumersindo decide entrar a su casa y se encuentra con sus inquilinos temporeros, empacados y listos para zarpar en su rumbo.

– Buenos Días.  ¿Tan temprano ya se van? ¿No gustan desayunar?

– Gracias amigo pero debemos continuar nuestro camino.  Sinceramente le doy las gracias por su nobleza y hospitalidad para con nosotros.  Si alguna vez le puedo devolver el favor no dude en preguntarme.  Claro esta yo casi nunca estoy en un pueblo por mas de un mes, pero de encontrarme, no dude de contar conmigo.  Es usted una persona única y ha sido mi placer verdadero haberme topado con usted.  Habiendo dicho eso, nos retiramos.  Que Dios lo colme de bendiciones amigo.

 Gumersindo simplemente movió su cabeza en forma de aceptación del comentario y les soltó una sonrisa a medias para asentir a tan bonitas palabras.  A la vez, se quedo mirando como esa mujer con la cual conversó toda la noche se despedía de su vida tan rápido como apareció.  Y la misma carretera que la vió venir hace apenas menos de veinticuatro horas, la vio desaparecer.  Ella regresó a su tristeza presente en su rostro y se dió la vuelta para darle las gracias al benefactor de la noche anterior de su familia.  Un suspiro interno fue lo último que le entregó a Gumersindo antes de seguir el camino con sus padres en la carreta.

Para cualquir persona eso habría sido algo difícil de ver, pero el era un hombre fuerte, toda su vida había estado llena de desilusiones, mal ratos, y problemas.  Esto seria una pausa en tanto mal de su vida, para luego continuar con su monotonía.  Un regalo pasajero de algún Dios piadoso. 

Y así pasaron los meses y Gumersindo continuó su vida.  Si fuera por su exterior, nadie nunca se hubiera dado cuenta que su corazón latía menos cada día, y que las ansias por encontrar esa muchacha y volverla a ver y traérsela a vivir con él eran lo que más deseaba.  ¿Cómo es posible que alguien conozca a una persona con solo un par de horas de conversación? ¿Con solo una noche de interacción? No es posible.  Pero, ¿Y si lo fuera? ¿Y si el alma gemela se presentara así como de sorpresa sin avisar, ni decirte nada y no es trabajo del destino hacer que ambos seres se mantengan unidos, sino solamente presentar la oportunidad y de ahí en adelante es cuestión de los interesados el hecho de decidir si vale la pena o no? 

Uno de esos sábados aburridos, donde el calor era tan fuerte como un golpe de fuego en un caldero, Gumersindo se encontraba sentado en su mecedora, con su trago de rón en mano mirando las nubes formando patrones irreconocibles.  En ese momento recordó una escena de su novela favorita, donde su héroe don Quijote dejó todo en busca de su damisela. 

Como si un rayo le hubiese golpeado y obligado a levantarse, su camino se presentaba ante sus ojos.  No faltaba más, ya todos decían que le faltaba un tornillo, y la aventura y el cambio de panorama no le harían nada de mal.  Además, ¿Y si ese era su destino?  Ya había tomado la decisión.  Se incursionaría en lo más adentro de esta tierra para encontrar a su princesa.  Recorrerá cada poblado, cada paraje, cada campo hasta que la encontrase. 

Con su decisión finalmente tomada, hizo un pequeño bulto, recogió sus ahorros y una caneca de rón y se monto en su yegua.  Le dejó una nota a su vecina Doña Rosalinda pidiéndole que cuidara la casa y a su perro y una a su capataz Escambrón para que tomara riendas de los negocios.  Entonces tomó la ruta antes desconocida y abandonada rumbo a lo incierto en dirección a su destino.  Este fué solo el principio de las aventuras de Gumersindo.

          Originalmente escrito para preUrbano.com el 1-10-03.

Re-editado para Logos Y Titulos el 16-5-08.

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