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Ficción Literaria – El Hombre Vegetal

En una recámara aledaña a una residencia tradicional, yace un cuerpo inmóbil en su cama.  Enmascarado con tubos para mantenerle respirando, es el único residente permanente de esta alcoba convertida en una especie de cuarto de hospital casero.

– ¡Mírale! Es  que tiene que estar sufriendo tanto.  ¿Por qué cosas malas le pasaran a la gente buena? Era mi todo, la mejor compañía que podía recibir, era parte absoluta de quien yo soy.

– Mi amor, tenia setenta y ocho años, tampoco hablamos de un “teenager”.  Sí; es una pena, y si es triste pero yo creo que la mejor opción es sacar el respirador.  Es lo mas humano.

– ¿Pero cómo se te ocurre semejante barbaridad?  ¿Cómo que más humano?  Nosotros no somos Dios para decidir cuando debe morir.

– ¿Acaso no estas jugando a ser Dios al tratar de mantenerle con vida con maquinaria artificial?

– Hay por favor no me hables de eso y vámonos que se hace tarde para buscar los nenes del juego de fútbol.  Adiós papi, te veo mas tarde.

La mujer ápagó la luz y tras su salida, cerró la puerta dejando el cuarto en total negrura excepto por la tenue luz que entraba por la ventana de la esquina posterior del cuarto.  Justo debajo una silla con una sombra sentada en ella se marca tras el leve movimiento de la persona.  El cigarrillo de un hombre era encendido dando un punto medio a su localización con aquel diminuto círculo naranja que aparecía a seis pulgadas de su boca.  Un anciano de frondoso pelo blanco y una siembra de arrugas en su frente miraba por la ventana ahora, viendo como se alejaba el carro de la pareja que recien abandonó el cuarto.  El hombre se dio la vuelta y se dirigió hacia el hombre vegetal que permanecía inmóvil frente a el.  Con un tono medio sarcástico le empezó a hablar.

– Eres un viejo afortunado.  Sí, se que no parecería desde donde estas pero bueno, al menos te quieren.  Lo suficiente para quedar temporeramente cegados y no ver que lo único que pides a gritos mudos es que se vaya la luz y la respiradora artificial se apague.  ¿Pero sabes qué? Estas un poco jodido.  Tu hija compró una planta eléctrica que prende automática si se va la luz.  Vas a estar ahí acostado por mucho, mucho tiempo.  Te guste o no.  Al menos tienes tiempo para pensar.  Tienes tiempo para analizar tu vida, día tras día, minuto tras minuto, segundo tras segundo, hasta que algún milagro ocurra y mueras.  Si porque ni pienses que iba a decir que despertaras.  (risas) Si, eso esta bueno.  Que despertaras, ya me imagino.  “(bostezo) Hola recién desperté de mi siesta de dos años, ¿qué me he perdido?”  Por favor, no seas estupido.  Y deja de mirarme así que yo no tengo la culpa.

El hombre se sentó en la silla nuevamente y dejo de hablarle a su vecino.  Tomó otro sorbo de su cigarrillo y se deleitaba con las nubes de humo que soltaba su seca boca.  Sus ojos se perdían entre la nube de su creación y las agujas del reloj de pared que quedaban directamente a su vista y la luz que entraba al cuarto aun era suficiente para distinguir donde se paraba la larga y donde quedaba la corta.

Al cabo de unas horas la tranquilidad temporera del cuarto fue interrumpida al entrar nuevamente la joven a la recámara.  Esta viene armada de flores y las acomoda en el florero en la mesa contigua a la cama.  Se voltea y se dirige rumbo al televisor colgando de la pared en frente de la cama y pone el dial en el Learning Channel.

– Mira papi, lo que a ti te gusta, los animalitos.  ¿Y vistes que lindas flores te puse en la mesa? ¿Cómo que le dan vida al cuarto no? ¿Te acuerdas que estas eran las favoritas de mami?

– Mira que linda tu hija.  Te trajo flores.  Que buena hija te has gastado.  Siempre pensando en ti.  Siempre pensando en como darle alegría al cuarto.  ¿No es verdad muchacha? Eres muy considerada con el.

– ¿Y bueno papi, qué me cuentas? ¿Algo nuevo?

– ¿Pero qué rayos te pasa? ¿Tu no ves que el hombre es vegetal? ¿De verdad piensas que te va a contestar? Es mas, no me contestes porque de seguro me dirás que si. ¿Por qué no lo acabas de digerir? No entiendo. No lo entiendo para nada.

– Bueno…ay olvídalo.  Te veo después papi, voy a hacerle comida a los nenes.

La joven se acerca al hombre que permanece en la cama y le da un beso en su templada frente.  Se dirige a la puerta y se da la vuelta.  Se queda mirando con la mirada perdida y triste hasta que finalmente baja la cabeza y cierra la puerta.  El hombre del cigarrillo volvió a levantarse de la silla.  Esta vez un tanto más molesto y con la vena de su frente sobresalida empezó a caminar por el cuarto mientras le hablaba a su compañero silente.

– Sinceramente me dan unas ganas de jalar esos cables que no tienes idea.  A veces te veo ahí tirado y me dan ganas de llorar.  No es justo que te hagan esto.  Esto no es amor.  Esto es egoísmo.  ¿Por qué carajos no llenaste un papel que dejara dicho lo que se podía o no podía hacer contigo si te pasara algo? Eso es tan importante como una herencia.  ¿Ves? Es que tú has tenido sendos momentos de estupidez pero como este no ha habido otro.  ¿Hay sabes qué? No tengo más ganas de hablar contigo.

El hombre regresa a su silla y deja que sus ojos se pierdan hacia la televisión.  Un hombre con voz británica sentado a cientos de pies de un grupo de leones describía porque el rey de la selva es una figura tan representativa de autoridad.

-Maldita sean los animalitos esos que tanto te gustan.  Yo preferiría ver las noticias.

Y regresó a ver el programa de animales que había puesto la joven muchacha que brevemente se vuelve feliz al ponerle el programa que tanto su papa disfrutaba en sus días antes de su muerte cerebral.

Al pasar un par de horas más, el cuarto era alumbrado por una pequeña lámpara al lado de la cama emanando luz blanca.  La puerta del cuarto se abrió con la fuerza de un vendaval, abriéndole paso a la joven vestida de lágrimas.  Cae de rodillas y se postra al lado de su padre y empieza a gritarle como demente y le da leves golpes en el pecho.  El marido de esta viene acercándose detrás, con cara de cansancio y pocas ganas de seguir permitiendo que esta situación perdure.

– Papi por favor reacciona, reacciona.  Abre los ojos.  Háblame.  HÁBLAME. 

– ¿Cuántas veces vamos a pasar por esto? Tumba el interruptor.  Por favor, túmbalo.  Hazle ese favor a tu padre.  Es lo menos que puedes hacer por el ahora.

– Tú no entiendes.  Tú no me entiendes.  Yo no puedo perderlo.  No otra vez.  Es mi papa, yo lo quiero conmigo.  ¿Por qué me dices esas cosas?

– Pues déjalo descansar.  No le causes tanto dolor.  Déjalo salir de este mísero cuarto y continuar su viaje.  ¿Por qué no puedes ver eso? ¿Por qué no puedes entender que los seres humanos nacimos para morir? Mi amor, yo te quiero y se que no es fácil, pero ya van dos malditos años y la pena se me esta agotando.  Esto es un acto de crueldad de tu parte.

Entra el viejo en la discusión.

– Hazle caso a tu marido mija, el sabe lo que te dice.  No es por joderte, pero es la mejor solución para el bien de todos.

– Es que tú no entiendes.  Nadie me entiende. Nadie sabe lo que yo estoy sintiendo en este momento.  En este y cada uno de los malditos instantes de mi vida.

– Pues explícate.  Explícame.  Déjame saber, déjanos saber a todos el porque.  ¿Cuál es la lógica detrás de tu decisión?  A la verdad que la curiosidad me invade mi vida y no creo que sea soy el único.

El viejo vuelve a opinar.

– Pues crees bien.  Yo también llevo tiempo tratando de averiguar la razón.  Di lo que te pasa por la mente niña.  ¿Dime por qué no le tumbas ya esos tubos a ese pobre infeliz?

La joven muchacha cae al suelo, desconsolada a llorar.  La desesperación y el sentimiento de incapacidad de hacer algo para cambiar la situación le interrumpian el camino del aire a sus pulmones.  El cuarto le giraba y el dolor en su pecho era tan agudo que en su mente solo ansiaba perder el conocimiento para dejar de sufrir.  Su marido la alcanza y la intenta abrazar pero ella lo empuja con sus brazos.  El cuarto estaba lleno y se sentía más sola que nunca.  Su marido intento abrazarla de nuevo, apretándola fuerte, obsequiándole un beso en la frente y tratando de secar el torrente de las lágrimas con la manga de su camisa.

– Mi amor, por más cursi y estupido que suene, hay que dejarlo ir.  Hemos atrasado su viaje por mucho tiempo.  Ya es hora de que salga y experimente lo que sea que tiene que experimentar.  Bien sabemos que su estadía en este plano ha culminado.  No suframos más, y no lo hagamos sufrir más.  Se valiente y has esto, no por ti ni por mi.  Hazlo por el. 

– Tengo miedo. – dijo la joven mientras temblaban sus manos.

– Yo también, pero es la decisión correcta cariño.  En el fondo tu lo sabes.  El lo sabe también.

Con un fuerte respiro y la ayuda de su marido, la joven se levantó.  Se quedó estática frente a su padre por unos minutos sin soltar palabra alguna.  Las lágrimas seguian cayendo de ella y terminando su destino en las sabanas del inmóbil anciano.  Su cuerpo ahora se movía de manera automática y sin su control racional.  Se dobló hasta la cabeza del viejo y le dio un beso en la frente.  Al levantarse, miró el interruptor en la pared conectado a la maquinaria de asistencia respiratoria.  Bajando la vista al suelo mientras su cuerpo tambalaba por su llanto desenfrenado, sujetada a su marido de una mano, con la otra en un movimiento rápido, apago el interruptor. 

Poco a poco la maquinaría que llevaba cuenta de los signos vitales fue perdiendo altura hasta que finalmente se transformó en una simple linea recta acompañada de un pitido desconcertante que anunciaba el paro de los latidos del corazón del anciano. 

Al fin la agonía había terminado.  La libertad se podía palpar en el aire y entre miradas tristes y lágrimas acongojadas se respiraba una paz poco normal en esta casa.

– Cuídala mucho mijo que es lo único que tengo.  Los quiero más que a mi mismo.  Nos veremos luego mis hijos.

Con eso dicho, el viejo se levantó de la silla en dirección a la puerta.  La abrió y se marchó rumbo a lo incierto.

Escrito originalmente para preUrbano.com en 12/11/03.
Re-editado el 4/18/08.

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