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Ficción Literaria – Acabe Y Súbase Los Pantalones, Por Dios

 ¿Por qué será que nos gusta tanto la frase “…es mejor precaver, que tener que lamentar…”, mas sin embargo dejamos todo para el ultimo momento? Siempre nos vamos a preguntar; ¿Y qué pasaría si hubiese echo esto en lugar de aquello? ¿Será que subconscientemente disfrutamos de la tortura? ¿Será que no sabemos ser felices sin al menos imaginar cuan infelices podríamos ser? Yo solo se que llega el momento en que las preguntas deben parar y la acción debe comenzar.  Si al menos todos lleváramos acabo lo que le recomendamos a otros ya que las segundas oportunidades no son cosa común.

En la oficina de un médico, en las afueras de Hato Rey, un hombre entraba asustado, cual niño entra por vez primera a la oficina de un Pediatra.  Como perro perdido, miraba a su alrededor, pero sin confirmar contacto visual con nadie de la oficina.  Se acercó al escritorio de la recepción y le entregó a la joven el papel de la cita, que estaba totalmente arrugado y parecía que hasta marcas de dientes tenía.

– El doctor Betancourt lo atenderá en un minuto Sr. Miranda. – me dijo la secretaria sin darme una segunda mirada mientras yo me limite a asentir y responder con un “no hay problema”.

Me senté en una silla en la esquina de la sala de espera, cerca de la mesa de revistas y la palmera artificial.  Entre el tumulto de revistas habían las clásicas National Geographic de los 80’s con una que otra Vogue de principios de los 90’s y un periódico local de San Juan con el crucigrama completado.  La televisión en la esquina superior contraria a donde estaba sentado, presentaba un programa de entrevistas pero el volumen estaba tan bajo que el sonido pasaba desapercibido entre el sonido del teléfono, la impresora de la secretaria y el hombre que tenia sentado al lado que no dejaba de describir el agudo dolor en su intestino grueso. 

– ¿Jorge Miranda? Pase por aquí por favor.

Con cortos y lentos pasos entro a la oficina mientras empieza el doctor la conversación.

 – Bueno Sr. Miranda usted dirá en que le puedo ayudar.

– Si, este… pues, resulta que…Ok lo que sucede es que…bien como le explico.

– No se preocupe es una reacción general.  Dígame, ¿Su familia tiene historial de cáncer?

– Sí.  Mi abuelo.  Pero lo encontraron a tiempo y pues ya esta bien. 

– Sabe que no esta en riesgo por otros diez años más, ¿Verdad?

– Si, pero es que llevo un poco de tiempo con un dolor intermitente y pensé que se iría con el tiempo pero ya veo que no.  Y entonces decidí venir.

– ¿Y de cuánto tiempo estamos hablando? ¿Dos, tres semanas?

– Ehhh…digamos que si venía el lunes próximo podíamos celebrar el primer aniversario del dolor aquí en la oficina.

– Hombre pero como rayos…bueno, de todas maneras pase al área de examinar.  Le sacare unas radiografías y luego procederemos a la prueba física.

El doctor tomó diferentes radiografías de mi zona adolorida.  El material de vinil del cubre faltas de plomo sobre mi pecho y el frío del aire acondicionado causaban que mi piel se erizara como suele hacer la piel en momentos de alerta a sabiendas de que algo prontova a pasar que puede provocar dolor. 

– Bueno, llego el momento de la no tan grata prueba física.  Cuando usted quiera puedo proceder.

– Pregunta, ¿podría tal vez hacerlo la secretaria? Creo que seria menos incómodo y ella es más atractiva que usted.  Digo por eso de la imagen mental.

– Hermano, le dolerá igual, lo lleve acabo ella o yo.  Además ella no es doctora.  Bueno, salgamos de esto, ¿No cree? Y luego iré a estudiar la radiografía.

– Bueno ya ya, uno, dos, tres…acabemos con esto.

Cual episodio mañanero de los muñequitos, un redoble te tambor seguido por música de marcha se escuchaba en mi cabeza, mientras mis ojos se abrían más que la boca de Julia Roberts en un bostezo.  Esta fue una de esas veces que cinco minutos parecían horas y lo único que trataba de mantener en mi mente era la lista de cosas que compraría en el colmado pero siempre salía jodío al terminar pensando en los malditos melones, o las toronjas.  Una vez terminado el examen, el doctor se retiró para estudiar los resultados.  Por lo que parecieron ser dos horas, esperé acostado en la camilla de la oficina a que el doctor trajera los resultados.  La mente puede jugar trucos cuando uno esta ansioso y esperando.  En ese momento, el doctor con un rostro sombrío abre la cortina.

– Por favor pase a la oficina, mejor hablemos allí.  Y ya se podía subir los pantalones por si no lo sabía.

Una vez los pantalones estaban arriba y abrochados con la correa, me dirigí a la oficina del doctor y me senté frente al escritorio de este.  Docenas de diplomas colgaban de las paredes de la habitación, como si esos pedazos de papel le subieran la autoestima al residente de esta o intimidara al visitante.  Ante mis ojos, objetivo alcanzado.

 – No hay manera fácil de decirle esto Sr. Miranda, así que iré al grano.  Lo que me encontré durante la prueba física, fue confirmado con la radiografía que le tomamos.  El dolor que usted tanto dejó que le mortificara por más de trescientos días, es un tumor.  Sin lugar a duda, una segunda opinión no estaría demás, pero creo que debería ir considerando las opciones que tiene.  Es algo bastante difícil de escuchar, lo sé pero no es momento para dilatar las acciones, el momento de actuar es ahora.

El silencio se apodero de la oficina por unos segundos.  El temblor del frío provocado por el condicionador de aire fue sustituido por un temblor de miedo.  Miedo a la muerte, miedo a un fin adelantado.  Unos ojos aguados y una garganta ronca no tardaron en hacer su aparición, mientras que mi temblorosa mano rascaba mi cabello y mi cuello hacia piruetas cual calentamiento antes de comenzar aeróbicos.  El pie izquierdo bailoteaba llevando un compás irregular y débil.  De algún lugar saqué las fuerzas y me dirigí al médico.

– Opciones por favor.

 – No hay muchas, amigo.  El tamaño de la anomalía ha llegado a tal magnitud que si intentáramos extirparlo, significaría llevarnos unas cuantas cosas adicionales y no garantiza que salga completo.  Además hay otros riesgos en la operación que…

– ¿Entonces?

– Mi triste recomendación y usted perdóneme por ser tan abrupto y quizás pesimista, pero no desperdicie el tiempo.  Gastara sus últimos alientos y dinero suyo y de familiares y amigos en algo que seguramente no tenga un 25% de probabilidad de vencimiento.  Mejor disfrute su tiempo restante y…

– ¿Cuánto?

– Bueno eso varia de…

– ¿Cuánto maldito tiempo tengo? ¿Cuándo me voy a morir? ¿Cuándo me volveré fertilizante para la tierra? ¿Es muy difícil calcular eso?  – le contesté al doctor en volumen con el cual hasta las palomas que miraban por la ventana salieron volando espantadas.

Un leve silencio predominó los siguientes segundos.

– Si sigue ese paso de crecimiento…9 meses.  Quizás menos.

Que ironía.  El mismo tiempo que le toma a una criatura llegar al mundo, es el mismo tiempo que me tomará a mi salir de este.  Un cronómetro invertido que ya esta corriendo y todo ¿por qué? Por procrastinar.  Por vagancia, por dejado, por infeliz.  Un gesto de aceptación involuntaria ocupó mi rostro, me levantó de la silla y salí de la oficina. 

Afuera la lluvia caía cual monzón en África en plena temporada.  Parecía que alguien había abierto las compuertas de una represa en el cielo y a todo esto decidí que prefería caminar.  No había dado mas que unos míseros veinte pasos y mi ropa ya pesaba el doble.  Había optado por dejar que la naturaleza corriera su curso, sin ayuda alguna.  Pero, ¿qué hacer? ¿Esperar a la muerte en el recibidor de mi casa con una taza de té y una bolsa de galletas y un letrero que diga “Acaba y Llega”? ¿Dejar que todos me vean deteriorarme hasta el punto que fuera irreconocible? ¿Ver como todos me cogen pena?

En cuestión de nada mi temperamento cambió de incredulidad a una ira indescriptible.  Al ver los carros pasar lo único que pensaba era en pararme en el medio y terminar la maldita suerte que me esperaba, si total nunca había sido una persona de mucha paciencia.  Al diablo con todo, al diablo con la espera y así me paré frente a un camión que venía directamente rumbo a mí.  No cerré los ojos ni por un segundo, ni pestañé.  El camión sonó su bocina mientras se acercaba, pero al no haber carros del otro carril, simplemente le paso por el lado y le obsequió un buen “Jodío cabrón, páratele al frente a tu madre”.  Lentamente volteé mi cabeza y obsevé el camión alejarse.  Regresé a la seguridad de la acera y solté una carcajada mental que fisicamente se tradujo a una sonrisa entrecortada.  De esas que se lanzan por no tener las fuerzas suficientes de gritar o alguien a quien gritarle. 

El momento de tomar una decisión era ahora.  El orgullo con el que cargo a diario es demasiado como para permitirle a mi familia y personas cercanas verme mientras me convierto en un decrépito con las quimioterapias y medicamentos en cuestión de meses. 

Como si hubiese sido mi plan desde el principio, en otro de esos impulsos involuntarios, me dirigí a la sucursal de mi banco más cercana que estaba solo a dos cuadras de la oficina del médico.  Cerré mi cuenta y saqué el dinero que tenía en esta.  Fue a mi apartamento y empecé a escribir.  Estuve básicamente todo el día escribiendo cartas para diferentes personas.  De una manera autoritaria y totalmente mía, les diría adiós sin tener que enfrentarlos en persona.  Además siempre había sido mejor escribiendo las cosas que en persona.  Nunca tuvo el talento espontáneo de improvisar.  Tenia que pensar las cosas mil veces y procesarlas.  A parte así no tenía que bregar con los llantenes, las súplicas, los “yo voy contigo”, etc.  No estaba en mis planes.  Este es mi último momento en este viaje, y me iré solo.  Tan solo como llegué.

Una vez terminadas las puse en mi escritorio.  Dejando arriba la que estaba dirigida a mis padres junto con la nota médica explicando lo que habían encontrado.  Esa noche llamó a su madre y le dijo que pasara por su casa a buscar algo y usara la llave que estaba debajo de la predecible alfombra de entrada.  De manera poco sospechosa le dejó saber a su mama que la amaba mucho aun cuando no fuera algo que le dijera todo el tiempo.

Luego de colgar el teléfono, fuí al armario e hice mi maleta, recogí la ropa que mas utilizaba, los discos que mas escuchaba los pasé a mi tocador de mp3’s y sin dar un vistazo atrás, me dirigí rumbo al aeropuerto.  Allí lancé una moneda al aire para decidir cual seria mi destino final.  Como en cámara lenta la moneda giró un sin fin de veces reflejando la luz mientras llegaba a su glorioso descenso en el pegajoso suelo.  Cruz fue el lado que quedo arriba, significando que el viaje me llevaría a Europa, así que comencé por España.  Mis ahorros eran suficiente como para durarme el tiempo restante si no me ponía a despilfarrarlo.

Y así comencé mi viaje como nómada del escaso tiempo.  Y viajé por todas las villas que pude y recorrí el área de donde se originó mi apellido.  Y a todo esto iba tomando fotos y tomando notas guardando una especie de bitácora a la cual le puse por titulo “Mis Últimos Alientos”.  Así cada día que pasaba me recibía en un lugar diferente, desde España hasta Francia, pasando por Alemania, Suiza e Italia.  En todos sitios, documentando lo que veía, lo que sentía, y fotografiándome en los distintos homenajes a la raza humana, como para dejarle saber a los que dejaba atrás que mi vida no fue aburrida e incospicua.  De esa misma forma y aun tomando grandes cantidades de medicina para aliviar el dolor, fui sintiendo el mal apoderarse de mi cuerpo.  El levantarme cada mañana era un proceso no solo tedioso pero tan doloroso como dormir en una cama de clavos mohosos con una sabana de cadillos.  Los procesos biológicos del cuerpo eran maratones olímpicos para llevar acabo y hasta el digerir la comida era más problemático que respirar (pero no por mucho).

Ya para finales del sexto mes me encontraba por Grecia y mi desgaste físico se notaba a leguas.  Mis negras ojeras indicaban la escasez de sueño debido a los intensos dolores, mi delgadez solo podía significar la mala alimentación que llevaba, digo claro esta nunca fuí un hombre grueso pero aun asi se notaba la perdida de peso.  Pero al menos tenía mi cabello intacto y no tuve que perderlo humillantemente a rayos químicos terapéuticos, nucleares o como se llamen que muchas veces ni extienden el tiempo de vida de uno.  Mi dignidad es lo único que me queda, me repetía.  Mi dignidad y mis diarios.  Siempre quize ser alguien en la vida.  Alguien admirado, respetado que la gente me leyera y me citara.  Si lo admito, soy un egocentrista y me molesta que tenga que partir de esta vida sin completar mis metas.  Pero ya ni discutir conmigo podía sin sentir los aires de la fatiga.  Mi cuerpo ya no estaba respondiendo como se suponía.

Un martes a finales de noviembre sentí una fuerte brisa en mi oído.  Y al instante recordé una superstición de cuando niño, que decía que cuando el viento sopla fuerte en el oído, significaba que la Muerte Chiquita asediaba el lugar.  Había captado la señal.  Tomé mis libretas de fotos totalmente organizadas y mis tres tomos de bitácoras y los guardé en una caja.  Fui al centro de servicios postales más cercanos y los envé a mis padres como un último regalo de su hijo y una egoista e idiota explicación de donde estaba y que hice todos estos meses desde que desaparecí de sus vidas.  Admito que sentía cargo de conciencia porque este último recordatorio de mi parte estaría cargado de más trabajo al final.  Pero trate de no pensar en esto pues cuando todo termina, ellos seguirían viviendo, y sobrellevarán cualquier adversidad como todos los vivos hacemos, o haciamos.  Este es mi viaje hacia la oscuridad póstuma.  Mi carencia de principios religiosos, osea el no creer ni en cielo ni en infierno me daban cierta curiosidad hacia donde me llevaría esta puerta de salida, pero mi ira por la salida prematura no me dejaba enfocarme mucho en eso. 

Una vez cumplido el envío, decidí ir a uno de las construcciones más simbólicas de la humanidad.  Así que estando los últimos días en el pesebre de la civilización, decidí subir al Partenón junto con un grupo de turistas.  La caminata fue más que tediosa, casi olímpicamente gloriosa.  La sensación de llegar a la cima, con mi cuerpo tan adolorido y débil, ameritaba la madre de las medallas.  Paseé con el grupo y escuché al guía contar las historias, tomé una última fotografía la cual le pedí a un turista que andaba cerca mío que me tomara.  Estaba yo con la última sonrisa que retrataría y la estructura antigua a mis espaldas.  Luego de agradecerle me quede estático un rato mirando mi alrededor y sintiendo la brisa golpear mi maltrada nave.  Cerré los ojos y me concentré en escuchar todo lo que pasaba a mi alrededor desde el sonido de las cámaras, las pisadas en el camino pedregoso, las risas y charlas de las personas hasta los guías anunciando la última vuelta por el lugar antes de terminar la excursión.

Eran las cinco de la tarde y el sol enamoraba el horizonte con sus calidos dedos sin discímulo alguno ante mi presencia.  La última gira alrededor del maravilloso edificio estaba apunto de terminar.  Me quedé en la parte de atrás del grupo y en un momento de despiste, me escondí del guía y me fuí hacia la parte de atrás, la que daba hacia el risco que estaba fuera del área de excursión.  Miré a mi alrededor para asegurarme que nadie me había visto mientras me retorcía del intenso dolor que me asediaba.  Tomé una foto del panorama.  El atardecer más hermoso que hubiese visto resultaba perfecto para su colección de fotos de esta aventura de vida que se vió forzada a acelerarse estos últimos meses.

Una vez terminado, me aseguré que tuviera mi pasaporte consigo, mi carta para el consulado y me senté al pie de los escalones de la antigua construcción.  Allí me recosté de una columna y levemente fui cerrando sus ojos hasta que escuché por segunda vez en mi oído el soplar del viento.  Una mueca de aceptación se postró en mi rostro como si dijera “avanza y termina a lo que vienes” mientras que lentamente se disipaban los latidos en su redoblante hasta que se extinguieron.  A lo lejos escuchaba una voz que se hacia cada vez mas fuerte…

 – Sr. Miranda.  Levántese Marrayo Parta.  Mire que esto no es un Bed & Breakfast.

– ¿Pero qué? ¿Dónde estoy? ¿No me joda?  Volví. Que cojones. ¡Eeeso Perra! – grité mientras levantaba las manos cual campeón de una cartelera de boxeo.

– ¿Como qué volvió? ¿Y a dónde fue? ¿Y a quién le esta diciendo perra? ¿Esta seguro que la especialidad de médico que buscaba no era un siquiatra?  Bueno olvídese.  Como le estaba tratando de decir, ya tengo el resultado del estudio.  Su problema es una pequeña hernia.  No creo que haya que operarla pero podríamos discutirlo en la oficina.  Lo espero allá.  Ah y por favor, acabe y súbase los pantalones, por dios.

Re-editado: Abril 08, 2008
Escrito originalmente para: preUrbano.com Diciembre, 2003

  1. April 8, 2008 at 4:03 pm

    Tremedo escrito… me encanto sobretodo el final

    Besos de mariposa

  2. Lhiannan Shee
    April 9, 2008 at 10:20 am

    Bueno, genial, en tu línea.

    Me has hecho meterme del todo en la infeliz imaginación del tipo para salir de sopetón. Repito, buenísimo. Ojalá el talento fuese contagioso😄.

    Besos de bruja

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