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Ficción Literaria – De Viaje Por Espacios Abiertos

El sonido de la sirena de los autos de policía era ensordecedor. La combinación de biombos azules y rojo destellando del techo de sus vehículos en aquella manada de autos a toda prisa me tenía mareado. El ruido taladraba mis tímpanos hasta no permitirme escuchar la bocina del auto que se aventaba hacía mí. Bienaventurado yo, que aun ando con buenos reflejos. De un salto logré esquivar al maníaco que se abalanzaba sobre mi frágil sombra.

A pocos pies de mi se encontraba una banca. Me acerque a ella con la velocidad que un niño se avienta a un camión de helados. Me dejé caer en aquel pedazo de cemento, mientras mis pies me agradecían el descanso. Parecían esclavos agradeciendo al sol el término de la jornada diaria para descansar sus almas aunque fuera por un par de horas. Pero mi descanso era mucho menos, un par de minutos como mucho. A veces las vacaciones son más laboriosas que relajantes.

Saque el mapa y trate de localizarme de acuerdo con los nombres de las calles. Quizás no sabría ingles pero el sentido común y el de dirección, pocas veces me fallaban. Avenida Constitución con Calle 14. No debería ser muy difícil localizarme en el mapa con semejante estructura a mis espaldas.

Era realmente majestuoso lo que veía. Un obelisco de gigantes proporciones cuya magnitud se esparcía por toda la ciudad. Desde casi cualquier lugar este podía ser observado. Su diseño interrumpido en dos partes, según los libros de historia por escasez del material original, mostraba la magnificencia de la arquitectura moderna basada en diseños antiguos. Como espada erguida de las entrañas de la tierra se levantaba ese antiguo símbolo egipcio, para proteger esa obra arquitectónica convertida en distrito.

Eran poco más de las dos de la tarde de un tranquilo jueves veintiuno de noviembre y el sol todavía en su pleno apogeo castigaba a sus súbditos que osaban pasearse en su presencia sin cubrirse. No hacía sentido que el calor fuera tan asfixiante estando tan cerca del invierno, pero parecía como si una terrible ola de calor se apoderara del lugar.

El dinero que me había dejado mi hermano para que me comiera algo, apenas me dio para el almuerzo. Es un lugar muy caro y eso de cobrar más de lo que costaban las cosas era relativamente nuevo para mi. Estos norteamericanos y sus costos escondidos. La última fuente de agua donde paré, tuve la mala dicha de que estuviera fuera de servicio y ahora la sed comenzaba a quemar mi esófago. Sentía como el tejido se adhería entre si, cerrando en su totalidad mi vía respiratoria. Apenas podía abrir la boca para dirigir palabra porque mis labios parecían uno solo, casi imposible de separar. Pero mi misión estaba clara, tenía que ir al Capitolio y antes que mi hermano llegara a recogerme. No entendía el afán que tenía con ese edificio pero sentía como una fuerza magna me ayudaba a circunnavegar mi débil barco en esa dirección.

Me levanté de la banca, abrí la boca a la fuerza y tome dos respiros profundos. Al segundo sentí un dolor en mi hígado que no tenía explicación, pero se disipó de la misma forma en que apareció. Los tendones de mis pies parecían nueces trituradas que me dificultaban el caminar con velocidad. Cada paso que daba haciendo presión en los pies, sentía como si un gran alfiler fuera enterrado en el mismo centro de la planta de estos, con una sensación que se repetía en la parte de atrás de mi cuello.

La temperatura afuera estaba en los ochenta y dos pero yo podría jurar que estaba en cien grados Fahrenheit y el daño era el mismo a mi frágil piel. Luego de cruzar una calle, ya estaba en el gran Parque del Este. Un espacio abierto de magnífica arquitectura. Para cualquier lado que uno viera, la belleza de la historia y el diseño decoraba los alrededores. Parecía estar más cerca de lo que realmente estaba el dichoso edificio-monumento. Por un segundo dudé de querer emprender tal maratón. Después de todo, llevaba toda la mañana caminando y el dolor era real y no una queja de un niño malcriado. Pero la marcha comenzó.

Este maravilloso parque, de forma casi rectangular, estaba estructurado por líneas paralelas a ambos lados de hermosos y frondosos olmos con hojas grandes y de un color verdoso oscuro, bancas en madera y faroles eléctricos pero con una apariencia antigua. Completamente alfombrado en una fina grama y un par de caminos en tierra para los visitantes. Habían personas tiradas en el suelo leyendo, jugando frisbé entre amigos, parejas sentadas en bancas, niños corriendo y un deambulante durmiendo debajo de un árbol rodeado por ardillas que le circulaban sin acercarse, seguramente debido al mal olor que generaba el individuo.

Cada paso que daba era como una lucha contra una gran pared invisible que me dificultaba el paso. Una vez transcurrido una cuarta parte del parque, bajé mi cabeza debido a un fuerte mareo que terminó inundándome el pensamiento. Todo giraba como carrusel infantil, pero logre retener mi compostura. Algo estaba diferente. La gente estaba reducida en una gran cantidad y mientras más caminaba menos gente me rodeaba. Los veía desaparecer como pequeños puntos en un “etch a sketch” al moverlo. El dolor punzante en el hígado seguía apareciendo esporádicamente, afectando mi caminar.

Pensaba que estaba delirando y lo único que venía a mi mente eran las palabras de mi padre “el ritmo de la vida hay que seguirlo, no llevarlo”. No que esto me hiciera mucho sentido en este preciso momento pero era en lo único que podía pensar. Mi lucha contra este muro inexistente frente a mi seguía en marcha y entonces las cosas verdaderamente raras comenzaron a suceder.

****************************

Mientras más me acercaba al capitolio más cambiaban mis alrededores. Las personas a mi alrededor que desaparecían como letras en un papel siendo borrado, reaparecían pero no eran los mismos. Sus atuendos eran diferentes. Los hombres andaban con sombreros de copa, en trajes largos a plena luz del día y solamente para pasear. Sus relojes eran de bolsillo con largas cadenas que los sujetaban a sus trajes. Sus mujeres les acompañaban, vestidas de trajes estilo campana de la cintura hacia abajo, con bordados excesivos y pequeñas sombrillas que hacían combinación con el atuendo pero poco cubrían el sol. A mi alrededor los quinqués eléctricos cambiaban y parecían más auténticos. En una esquina se veía a un hombre tratando de amarrarse unos largos palos de madera en los que se treparía para caminar en ellos. Recuerdo haber leído de estos cuando niño. Era el trabajo de los que alumbraban las calles. Se trepaban en estas especies de zócalos y caminaban por toda la ciudad alumbrando los quinqués de gas.

Lo que no me cuadraba era porque estaba viendo esto a mis alrededores. Sin embargo las cosas seguían cambiando y no me daban la oportunidad de sobre analizar este suceso tan peculiar. El sonido de los coches de motor había desaparecido y en su lugar, galopes de caballos ocupaban el estruendo de los ahora terreros caminos. Mi entorno no era aquel cuadrado lugar, organizado, y fielmente cubierto por calles paralelas, y hermosos y frondosos árboles. Era un patio baldío cubierto con negocios pertenecientes al Mercado Central y casas de campaña de soldados militares. Por primera vez cayó sobre mí un pensamiento totalmente irracional pero que me permitía explicar lo que aparentemente estaba viendo. Estaba en el pasado. Pero, ¿Cómo? ¿Cómo llegue a este sitio?

Mi mente, aun tratando de buscar algún entorno real me hizo pensar que esto era todo consecuencia de de mi sed, y mis mareos. Estaba simplemente alucinando todo esto. No era real, era parte de mi imaginación que estaba siendo estimulada por los latigazos penetrantes del sol en mi ahora rojiza y oscura piel y la deshidratación añadida de no haber tomado agua por un largo período de tiempo.

Entonces comencé a buscarle lógica al asunto. Traté de buscar compostura y racionalizar conmigo mismo. Comencé a hablar en voz alta y me decía a mi mismo; “…es irreal que este en el pasado. Es aburdo. Hehehe, No es verdad porque sino, detrás de mi no estaría ese enorme y puntiagudo monu…”

Mis derretidos labios se separaron para que mi quijada diera paso hasta golpear el suelo. Mis ojos se estremecían de sorpresa pero a la vez de miedo. Mi cerebro había mandado su último mensaje de logística y simplemente decía “Esto esta fuerte. Estas por tu cuenta ahora pendejo”. Tremendo.

Frente a mi se vislumbraba una enorme y fina torre de hermosos bloques de mármol. Lo único diferente era que estaba a mitad. Le faltaba la mitad. No tenía la punta, no tenía el cambio de tono de bloques. No había sido terminada. ¿En dónde demonios estaba y por qué estaba ahí? Nunca fui una persona de conocer la historia de este país de gringos. Además, apenas llevo tiempo suficiente aquí como para interesarme. Mis días se van principalmente trabajando en esta supuesta tierra de la oportunidad. ¿Para qué saber la historia? Apenas sabía la de la tierra que me vio nacer. Yo solo estaba de pasada y lo único que quería era regresar a mi casa en El Paso.

**********************

Era inútil tratar de recordar lo que la guía decía mientras me paseaba hacía unas horas atrás por el monumento ya que era todo en ingles. Mucho menos estos papeles informativos y mapas del área. Así que con el miedo cubriéndome hasta las medias y sin realmente entender lo que estaba sucediendo a mi alrededor, busque las fuerzas dentro de mi y continué hacía adelante. Traté de mirar la hora en mi reloj de pulsera pero había desaparecido. Entonces di dos pasos hacia delante con mucha pesadez. A lo lejos escuchaba un ruido harmónico que aumentaba y crecía con cada siguiente paso que daba. Su volumen aumentaba como el de un altoparlante incrementando al voltear de la perilla.

De momento, justo al frente mío, comenzó a materializarse, las pistas de un tren. Cuando se me antojó mirar sobre mi hombre izquierdo, pude ver como un lento tranvía, expulsando grandes cantidades de humo por sus laterales, se acercaba en dirección a mi, lo que me tenía en total estado de incredulidad. ¿Cómo es posible que un tren atravesara este gran espacio? ¿Quién habría dado permiso para que semejante máquina cruzara por este bello parque? Por supuesto no era tan absurdo. Era simplemente mi realidad interfiriendo con lo que sucedía en ese momento. Estaba perdiendo la razón y mientras todas estas cosas sucedían, aquel dolor esporádico en mi hígado se hacía permanente, haciéndome cojear con cada siguiente paso que daba. Era un dolor infernal que me hacía temblar y sudar a la vez. Sentía que me iba a morir en ese instante pero internamente una fuerza me encaminaba a seguir. La misma que me direccionó al capitolio desde el momento que me senté en aquella banca frente al monumento a Washington.

Crucé las vías del tren y ya estaba mucho más cerca de las escalinatas del capitolio, pero este se veía diferente. No era esa magnífica obra que veía hacia un rato desde atrás. No recordaba cuando había cambiado. Estaba frente a mi todo este tiempo. ¿Cuándo cambió? Parecía estar incompleta ó en construcción; y entonces fue cuando me fijé de mi ropa. Ya no vestía de pantalón y camisa como cuando empecé mi viaje turístico. Tenía un uniforme militar.

Era como un hábito de tela azul oscura sin trenzas, con una falda que se extendía como una vez y media la distancia de la cadera hasta el dobles de la rodilla. Una fila de 9 botones en el pecho, distanciados de manera equitativa, el cuello del uniforme se levantaba y cubría parte de mi cuello, pero me permitía espacio suficiente para poder movilizarlo. Los bordes del cuello y las mangas tenían un color diferente al del uniforme. Eran un tono azul cielo.

El dolor inexplicable en mi hígado por vez primera mostró razón de su existencia, al notar mi uniforme manchado de sangre. Mi mareo se intensificaba y mi dolor no tenía comparación. Entonces sucedió. Mis pasos dejaron de ser pesados. Parecía como si la larga pared frente a mi hubiera sido removida y tuviera libre camino para transitar. Aun con mi difícil movilización por estar herido, me movía con mayor libertad que con la que había empezado esta travesía.

La herida entonces comenzaba a marcar su territorio, encapsulando grandes partes de mi uniforme con su líquido rojizo. La debilidad corporal aumentó al tocarme y sentir la sangre. Era tan real que podía hasta olerle y este olor me mareaba aun más. Era un olor que combinaba la sangre, la tierra, y mi sudor, como si llevara ya horas largas sangrando en un cuerpo que no veía agua hacia un par de días. Seguramente estaba infectada.

La gente a mi alrededor, por vez primera me prestaba atención y se alejaban aterradas al verme en uniforme, con un rifle en una mano que apareció de momento, una mochila colgada de mi hombro derecho y una carta en la otra la cual agarraba como si mi vida dependiera de ella. Y no olvidemos el derroche de sangre que cambiaba la tonalidad del uniforme.

El sol abrasador comenzó a ocultarse súbitamente tras una corriente de nubes pasajeras que oscurecieron el esplendoroso cielo que día tras día observa la obra del tal L’Enfant que tanto sale nombrado en esos libritos de turistas. Al menos algo había recordado de todo eso. Quizás por que pensaba que sonaba a elefante y era lo único que se me parecía a español.

Por vez primera, mi cuerpo sucumbió ante el dolor de la herida, y caí derribado al suelo como si una docena de manos me empujara con tal fuerza. Las espesas gotas de lluvia comenzaban a hacer su triunfal entrada en los terrenos aledaños a este cuerpo en rápido deterioro. Y mi puño no soltaba la carta. Esa maldita carta cerrada con un sello de cera en un apretón absoluto.

De pronto un rayo de luz dio paso a un pensamiento productivo. ¿Era yo acaso un mensajero de las fuerzas del ejército americano? ¿Acaso era ese mi deber? ¿Entregar esa carta con urgencia, aunque mi vida dependiera de ello? Y al parecer ya dependía de ello. No me quedaba mucho tiempo. Lo sentía en mi sistema. La sangre salía desbordada de mí, aumentando la mancha de mi uniforme y poco a poco cambiándole la tonalidad de gris a rojo. Mi piel que era un tanto bronceada como la de los antiguos aztecas, comenzaba a palidearse y apenas tenía fuerzas para sujetar mi bayoneta y mantener el puño cerrado. Con mucho esfuerzo me levanté y pude ponerme de pie. Me moví hacía uno de los negocios más cercanos con un espacio de techo lo suficientemente grande para cubrirme y no quedar empapado de la lluvia.

Aun entre la debilidad que se promulgaba en mi cuerpo, y las voces de la gente a mí alrededor, que parecían espantadas al verme moribundo y a la vez asombradas al verme que seguía en dirección rumbo al Capitolio, la curiosidad me invadía. ¿Qué habría en esa carta? ¿Qué diría que mi puño no cedía a soltarla? ¿Qué habría que aun en mi momento más débil y aparentemente dando mis últimos respiros, no podía detenerme hasta entregarla? Algo de seriedad debía tener ese texto si estaba entregando mi vida y mi devota alevosía a la seguridad de esta.

La curiosidad aparentemente me mataría de igual manera que al gato. Yo sentía como estaba muriendo, y más aun así necesitaba saber que había en la carta. Era mi yo del presente, ansioso de saber lo que mi yo del pasado llevaba. Una lucha interna por conocimiento. Así mismo entonces decidí abrirla, para saber que demonios llevaba que costaría mi vida. Rompí el sello al tirar de la parte superior del sobre, pero abriéndolo con cuidado no se fuera a estropear debido a las gotas de agua que había recibido..

En el interior, la carta estaba dirigida a un tal Charles Sumner. La fecha marcaba Abril 12 del 1865 y tenía información bastante precisa separada en varios párrafos. Explicaba al detalle de un plan encontra del presidente por rebeldes del sur. Un intento de asesinato. No decía específicamente cuando sería, ni quienes estaban involucrados en tal nefasto acto, pero si advertía que estaba en riesgo y que la seguridad debería ser aumentada para evitar riesgos. Específicamente el último párrafo leía “Es de suma urgencia el que se limite las incursiones en lugares públicos del presidente hasta que se tranquilicen las cosas.” La carta no tenía firma y terminaba abruptamente como si no hubiese sido terminada. Fue ahí cuando me di cuenta de otra cosa. Estaba leyendo en ingles. Estaba entendiendo lo que decía la carta y yo no entendía el lenguaje. Esto era una cosa fuera de lo normal.

*************************

Mientras tanto las gotas de lluvia parecían disiparse, pero aun así, permanecía ese fuerte olor de lluvia fresca y la resaca de gotas acumuladas entre los árboles que rodeaban el área. Por un breve momento había olvidado el dolor que llevaba encima. El suave viento de la tarde aun soplaba, pero en mi estado igual podría haber parecido un huracán. Aun así, no me quedé estático. Seguí caminando. Ya casi sin fuerzas, utilizaba mi bayoneta como bastón para soportar mi peso.

Logré subir los escalones y justo cuando llegué al último sucumbí ante la escasez de fuerzas corporales golpeándome el rostro con el suelo. Había llegado a la parte baja del Capitolio, pero era muy oscuro, quizás ya no habría nadie. El papel se me fue de las manos o alguien me lo quitó. No podía ver nada pero sentía que había alguien detrás de mí. Mi sistema me fallaba y ni siquiera tenía fuerzas para voltearme. Escuché a la persona aguantar el papel y leer en voz alta lo que esta decía. Era gracioso como la leía. Parecía como un actor recitando sus líneas antes de entrar en escena. Comenzó a caminar en frente mío y podía mirar solo sus botas que estaban llenas de lodo. No tenía fuerza ni para dirigirle palabra alguna. Quería gritarle y decirle “ayúdeme.” “Llévele eso al senador Sumner”, “Hay que salvar al presidente”. Pero era inútil. Mi vida no había durado lo suficiente para completar mi misión. Me sentía incompleto, me sentía vacío, como si el propósito de mi vida hubiese sido cortado antes de tiempo. Y aun así recordaba lo que mi padre me decía de chico como un fantasma que no quiere dejarse ir. “El ritmo de la vida hay que seguirlo, no llevarlo”. Quizás no estaba en mi salvarlo, quizás no estaba en mi hacer nada. Quizás la vida me llevaría hasta este punto y solo sería un espectador de los sucesos a mí alrededor. Quizás…

Justo antes de dar mi último respiro, el hombre se agachó y se acercó a mi oído y con mucha sutileza me dijo unas palabras que sonaron a “Sic semper tyrannis”. Se volteó y me dejó ahí, tirado como una hoja caída de un árbol que es totalmente inconsecuente como para atenderle. No entendí que me dijo pero ya nada importaba.

Y así escuché como mi corazón se desaceleraba al punto de paralizarse por completo. Lo demás fue un borrón. Me veía achicarme desde una vista de arriba. Como si volviera a la nave madre de vuelta y viera el planeta alejarse, pero era yo quien se alejaba. Hasta solo ver un pigmento de color entre una oscuridad absoluta. La falta de luz me rodeaba, el frío y la soledad ante lo desconocido me despedían de mi misión. Era el fin.

**********************

Cuando volví en sí no sabía donde estaba. Buscaba los bloques del suelo del capitolio, pero estos habían sido cambiados por una no muy mullida cama cuyos resortes taladraban mi espalda como una cama de clavos filosos. Cables salían de mi cuerpo y al trazar mis manos por mi rostro me percaté de una venda que cubría mi cabeza. Tenía puesta una de esas batas donde cualquier persona andando detrás de mí, podía ver mi lado más oscuro. Todavía estaba acostado y me parece que drogado un poco, porque me sentía mareado. Mi primer instinto fue tocarme la herida del hígado que ya no estaba ahí y di un suspiro de alegría.

Cuando me di cuenta que todavía estaba vivo, di un brinco en el cual caí sentado en la cama. Tenía fuerzas nuevamente. Entonces recordé mi misión y me percate que la carta ya no estaba en mi mano y que mi misión permanecía. Tenía que avisarle al senador para avisarle al presidente del plan en su contra. Empecé a buscar como demente la carta y de igual manera empecé a gritar como demente:

“Hay que avisarle al presidente, hay que avisarle al presidente. Tenemos que salvarlo, lo van a matar”.

Grité eso por un rato, pero nadie me entendía. Nadie hablaba español en ese lugar. Me miraban con caras de asustados mezcladas con ignorancia al verme mover mi boca pero no saber que demonios andaba diciendo. Al rato apareció un traductor el cual trató de calmarme y empezó a hacerme preguntas y asimilar la información que trataba de transmitir. Yo aun no convencido de la época en que estaba le decía sobre como teníamos que salvar al presidente de su incumbente muerte. Le dije que teníamos que dejar de perder tiempo y salvarle. Su rostro con una expresión de perdido me hizo saber que había algo mal. Lo primero que se me ocurrió fue preguntarle por el día y la hora y me contestó: “Hoy es Viernes 22 y son las doce y media del mediodía”. Acaso, ¿Estaba de vuelta? ¿Se había acabado mi viaje? ¿Habría ocurrido? ¿Habría sido un sueño? ¿Por qué sentía como si alguien estuviera jugando con mi cabeza?

Por un momento me quede tranquilo. No entendía lo que estaba pasando. Todos en el cuarto me miraban como si estuvieran viendo a un animal en el zoológico. De esos que uno pasa rápido porque son un tanto difíciles de mirar por lo feo que son o por los ruidos raros que hacen. Nadie decía nada. Ni siquiera se movían. Pero mi piel seguía erizada como a la vanguardia. Como si el día apenas estuviera empezando.

***********************

El sonido de zapatillas en el pasillo interrumpió el minuto de concentración o mejor dicho, de adaptación a mi medio ambiente. Cada vez eran más y más personas que corrían. Ahora mi preocupación era entender porque la gente estaba corriendo. Uno a uno, las enfermeras, vigilantes, y hasta el traductor salían corriendo del cuarto con cara de curiosidad para entender el bullicio de afuera que ahora se había convertido en gritos y llanto. La gente gritaba descontrolada. Parecía un manicomio. Era una sensación horrible. ¿Acaso estaba yo en un manicomio?

Con mucho esfuerzo logré sacar los pies de la cama. Un próximo empuje me ayudó a incorporarme en una silla aledaña a la cama y comencé el lento proceso de enderezarme. Una vez alcanzada mi meta fui de paso en paso agarrándome de cosas en la recámara como el mango del armario, la maquina del suero, etc.

Logré deslizarme con mis zapatillas de goma hasta el marco de la puerta que daba hacía el pasillo. Hacía la izquierda estaba el pasillo vacío con luces de halógeno que encendían y apagaban haciendo de un túnel semi-oscuro. Como del que nos hablan tenemos que caminar al terminar nuestro tiempo en la Tierra. Hacía la derecha estaba la zona de enfermeras donde parecía que todo el piso se había amontonado para ver el televisor. Apenas se escuchaba lo que decían y mucho menos se podía ver desde tan lejos lo que aparecía en ese pequeño televisor de blanco y negro. Y no se diga la gritería y el desbarajuste que tenía aquella gente que se desplomaba al suelo y lloraban como en un velorio de algún santero.

Me volteé hacia el cuarto y me percaté que en la mesa de al lado de mi cama había un radio. Era pequeño y algo maltratado, pero seguro me podría brindar la información que tiene a esta gente toda alterada.

Emprendí el viaje de vuelta, con unos míseros pasos que podían competir con los de una tortuga ó un infante en lentitud por pie cuadrado. Me estacioné frente al radio y empecé a buscar las estaciones y pasar lentamente la aguja entre los números del FM y luego los del AM. La mayoría de las noticias era en ingles, pero yo sabía de una estación radial que pasaba boletines en español para la comunidad hispano parlante de la capital. Luego de unos segundos rodando la perilla hacia un lado y hacia el otro, decidí intentar la antigua manera. De a golpetazos. Con un poco de escarcha y ruido del pasillo pude ponerlo justo a tiempo. El mensaje del anunciante decía algo así:
“Como lo han escuchado señoras y señores, esta noticia es totalmente acabada de recibir. El presidente ha recibido un disparo en la cabeza. Las autoridades están en busca del culpable y están recorriendo la ciudad completamente. En estos momentos esta siendo atendido y estaremos pendientes a más detalles para dejarles saber sobre su condición. Por el momento nadie quiere decir nada, pero radio noticias de Washington estará informándoles todos los detalles según nos lleguen a la sala de redacción. Una vez más, el presidente de los Estados Unidos de América ha sido baleado y se presume este muerto.”

Demás esta decir que caí al suelo de un solo golpe. Me golpeé con la silla en mi viaje al suelo mientras recordaba como caía en aquel sueño ó aquel viaje ó lo que fuera que haya sido esa experiencia. Parecía una caída simbiótica. Lo único que podía pensar era que había fallado. Una especie de Deja vú circulaba en mi mente. Había sucedido, pero era imposible que en la época de la guerra civil existieran radios y hospitales como ese. Y mucho menos televisores. Yo estaba de vuelta en mi verdadero tiempo. Ya no era un mensajero del ejército del pasado, era un simple campesino de El Paso de vacaciones en Washington. Pero entonces, ¿Cómo se explicaba lo que acababa de escuchar?

No tardaron mucho en volver al cuarto el intérprete y las otras personas. Me invadieron de preguntas como si yo hubiese tenido algo que ver con lo acabado de suceder. Sus rostros ya no mostraban confusión y sus miradas eran acusadoras. Me defendí como pude pero mi historia les hacía menos sentido ahora y el coraje y la tristeza eran los que llevaban acabo el interrogatorio ahora.

No tardaron mucho en llamar a la policía y decirles sobre lo que estaba hablando. Era mucho más sencillo llamarlo una confesión por cargo de conciencia que una profecía o simplemente una casualidad o una experiencia extrasensorial.

Mi hermano apareció, como un ángel caído del cielo. Parecía que había ido a buscar comida ya que traía una bolsa consigo que emanaba un olor bastante agradable. El sabía mucho más ingles que yo, y rápidamente soltó las bolsas y vino en mi defensa ya que mis nervios me habían abandonado. Les habló hasta que entendieron ó se dieron por vencidos de que yo tenía algo que ver con lo sucedido. Yo simplemente yacía en la cama mientras el los alejaba con su ingles mexicanizado con acento bastante pronunciado. Después de eso volví a dormir por el resto del día o al menos a intentar tener los ojos cerrados con el mayor silencio posible.

Aun así, esa no fue la última vez que la policía o alguna persona me interrogara. A lo largo de un par de años fueron muchas las personas que terminaron en mi casa preguntándome y cuestionando ese día en el hospital. Algunos eran conspiradores, otros eran investigadores independientes, psíquicos, en fin un sinnúmero de personajes tratando de buscar respuestas del más allá. Y como aparecía en el archivo oficial de la investigación. Estoy seguro que el FBI me tenía fichado, porque ese señor que entregaba la leche, no me tenía cara de lechero y su mirada era una de inspección más que de inconsecuencia cotidiana.

Tengo que admitir que por mucho tiempo me persiguió ese suceso. No sabía si había sido un sueño vívido ó si realmente había atravesado las barreras del tiempo. No sabía si debía aprender alguna lección al respecto o si simplemente el mundo estaba jugando conmigo de la manera más sarcástica posible. Como si me tendiera una treta y a lo largo de mi vida ese suceso definiera el restante de mi estadía. No sabía si mi padre me estaba tratando de enseñar alguna lección desde el más allá. No sabía nada.

En un par de ocasiones regresé al lugar de la travesía. Muchas veces traté de imitar lo sucedido. Traté vistiendo de manera similar, llegando al lugar a la misma hora y al mismo día, el tratar de no tomar nada y mantener la horrible sed que me torturó en aquella ocasión, hasta traté golpeándome en el hígado y poniendo piedras en mis zapatos para ver si me ayudaba y cada vez terminaba con la misma decepción.

Al pasar de los años lo archivé como una memoria más de mi juventud que se esconde en el baúl de los recuerdos. Esos que no se sacan más que en el momento menos deseado y cuando ya uno los daba por perdidos. Pero mi vida circulaba siempre, alrededor del caos y la tragedia. Me era imposible asimilar una razón. Pero sin lugar a duda en la vida hay que aprender. ¿Qué cosa? Bueno eso quisiera saber yo. Pero algo hay que aprender. A veces he llegado a la conclusión de que los sucesos en la vida son un mapa para nuestras decisiones futuras. En otras palabras, no es que por lo sucedido en nuestro pasado ocurre nuestro futuro, sino que nuestro pasado y nuestro futuro son los mismos. Es una repetición solo que con algún cambio aquí o allá. Y no importa lo mucho que podamos desear cambiar ese futuro, es imposible detener una rueda en movimiento. Una y otra vez las cosas sucederán. Una y otra vez el mundo girará y cambiará ante nuestros ojos. Nuestro rol no es más que el de una persona observando una película en el cine. Nuestra presencia no puede interrumpir una fuerza externa que provoca cambios ante nuestros ojos. Y nuestras acciones si tienen valor, pero solo en nosotros mismos. Los sucesos como quiera ocurrirán, la película seguirá su transcurso y al finalizar, si sobrevivimos o no es por nuestras decisiones y no por la película. Hay que dejar la cinta correr y simplemente ser felices con poder seguir su ritmo y no pretender llevarlo.

Fin

Mi silencio fue interrumpido súbitamente por una mano tocando mi hombro derecho.

Oye Fernando, llevas rato ahí escribiendo en esa libreta, ¿Qué estas haciendo, tus memorias o algo así?– Algo así. Ya más o menos escribí todo lo que quería anotar. Después lo revisaré y luego a ver si a alguien le interesaría publicarlo. Sabes, mi vida no siempre fue volar aviones. Y por cierto, ¿dónde esta el pasajero? Mira que se le esta haciendo tarde y esa neblina se esta poniendo espesa.

– Por eso venía. Ya el esta ahí, pero, dice que quiere volar la nave el.
– Ajá, y tú, con lo alcahuete que eres con tus clientes, le dijiste que sí.
– Hay Fernando no me vengas con cosas, acuérdate que el cliente siempre tiene la razón. De igual manera va a pagar y tus horas serán cubiertas así que no pierdes. Considéralo un bono veraniego.
– ¿Y cuál es el antojo de el de volar el avión?

– Hay tu conoces a estos políticos jóvenes de Washington. Se creen dueños del mundo y que lo puede todo. El tiene su licencia de piloto y va solo con la mujer y la cuñada. Además, es un brinquito ahí al Viñedo y tú sabes que siempre me has dicho que te aburren esos viajes cortos.

– ¿Al viñedo? ¿Pero Kyle no había cancelado un viaje ahí hace una hora por la neblina?

– ¿Qué quieres que te diga? A Kyle no le gusta la neblina igual que a ti. El hombre quiere ir, no le molesta la neblina, tiene la licencia para pilotear el avión y tiene el dinero para pagarlo también y mantenernos a ti y a mí teniendo esta estúpida conversación. Anda. Vete a tu casa, que a tu mujer seguro le gustará verte en horas que no sean de madrugada.– No sé Gus, quizás es mejor decirle al chico que se espere hasta la mañana, total, ¿Qué gana con salir a esta hora?

– Ya todo eso se le dijo. El insistió y creo que esta ya bastante grandecito como para decirle que hacer. No esta rompiendo ninguna regla de aviación y yo no le puedo impedir que salga. Y tú, anda y márchate antes que te apunte en otro vuelo y tu mujer decida mandarme a matar.
– Bueno, esta bien. Termino aquí y me retiro. Buenas noches Gus.
 
 

 

 

Se marchó a su oficina mientras yo me quedé en el Terminal mirando la libreta y pensando en mis anécdotas, en mi vida, e imaginando mi fin. Tanto tiempo atrás, tanto vivido, tanto por vivir y tan poco tiempo.

Justo al frente mío, al otro lado del vidrio, se encontraba el joven político abordando el avión con su familia. Muy seguro de sí mismo, con un porte semejante al de realeza. Poco a poco el avión se iba alejando del Terminal, hacía el otro lado de la pista. Y entre una sabana de nubes bajas, las brillantes luces rojas de las alas del avión se despedían de mí, cual mirada infantil extrañando la separación de su progenitor. Estuve más de una hora en el cuarto de pilotos recogiendo mis cosas, anotando otros detalles en la libreta y asegurándome que no se me quedara nada.

Al partir del aeropuerto, me monté en el coche, prendí las luces de halógeno para mejorar la visibilidad y me dirigí hacia mi casa. La neblina estaba espesa pero se podía conducir. Por eso cuando me percaté que la gente estaba haciéndose a los lados y bajándose de sus carros como locos, supe que algo más sucedía. Era algo que hasta cierta manera reconocía. Las miradas de pánico, de no entender, de agresivamente sucumbir al dolor. Bajé la velocidad pero seguí mi camino hasta mi casa. Al llegar, me estacioné frente al garaje. El tranquilo murmullo de la noche que habitualmente rodea mi urbanización estaba cambiado por voces alteradas y gritería entre vecinos. La gente se consolaba unas a otras y otros no paraban de hablar por sus teléfonos inalámbricos desde las escalinatas de sus entradas.

Yo tomé un respiro profundo mientras cerraba mis ojos y trataba de pasar esto como solo un espejismo. Al mirar a la entrada de mi casa mi esposa con lágrimas en sus ojos me miraba mientras buscaba fuerzas para no desplomarse. Yo no tenía fuerzas para bajarme del coche. Con lento esfuerzo estreché mi brazo derecho y toque el botón del radio. Sabía lo que iba a escuchar pero no me atrevía. Mi esposa desde la escalera estaba en su propio mundo, pero a segundos de cuestionarse el porque no bajaba del coche y a segundos de abalanzarse encima mío y explicarme su llantén. Me atreví, fui valiente y presioné el botón para escuchar la confirmación de lo que mi imaginación ya había dado por hecho. Después de todo, no soy más que un espectador.

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