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Ficción Literaria – En El Oscuro Abismo En Que Me Mezco

El semáforo recién había cambiado de color bosque a color sol. Y como quiera, el zapato color marrón seguía presionando el acelerador. Faltaban varios metros para llegar a la línea blanca del cruce. Las ventanas del auto estaban abajo y el viento entraba y salía con gusto y gana, arrastrando alguna que otra pajita a las inmediaciones y revolcándole su dorado y curvo pelo. El semáforo ensangrentó su color oro, pero Claudio no se percató por andar buscando su disco compacto bajo su asiento. En ese preciso momento un camión Tonka cruzaba acelerado ya que la luz para él se puso verde desde antes y no tuvo que desacelerar su vehículo. El impacto fue fuerte. El carro de marca Volskwagen Golf, dio varias vueltas. Los cristales implotaron al impacto, los neumáticos se desinflaron y las chispas alumbraron la calle cual celebración de Día de la Independencia Americana. La cabeza de Claudio impactó el volante con tal magnitud que su frente cedió como árbol atacado con un hacha. Apenas alcanzaba a abrir sus ojos color esmeralda y su pálida tez poco a poco se cubría del viscoso líquido rojo. A lo lejos escuchaba una sirena que lo adormecía. En ese instante, y aún volteado junto a su vehículo, se desabrochó el cinturón y cayó de su posición, sólo que no terminó en el techo de su vehículo, el cual ahora abrazaba la caliente brea del mediodía, sino que había caído en un abismo negro.

Su cuerpo simplemente flotaba en una oscuridad tenebrosa rumbo a lo desconocido. Luego de un par de minutos que parecieron eternos, tocó suelo. Su primer instinto fue tocarse la herida, la cual ya no sentía. Se rebuscó todo el cuerpo en busca de golpes pero no encontró ninguno. Aún trastornado por el suceso ocurrido que todavía no entendía, le prestó atención a su medio ambiente. Miró y no entendía como había llegado a ese sitio, o peor aún, no sabía qué era ese sitio. Parecía como una enorme habitación, quizás una sala, quizás un cuarto de reuniones. Con paredes grises y sin ventanas, y luz que no se distinguía de dónde venía, pero no era mucha. Apenas podía ver a unos quince pies delante de él. Luego de dar un sinnúmero de vueltas por la habitación, tan grande como una piscina olímpica encontró un televisor en una esquina. Era bastante antiguo. De esos que tenían el monitor incrustado, pero era un mueble completo con gavetas y todo. Claudio lo recordaba claramente, pues sus días de infancia pasaron frente a uno de esos en la casa de su abuela.

Su curiosidad no se hizo esperar y lo encendió. Al hacerlo, no apareció ningún programa de televisión, sino que parecía como una cámara de seguridad. Una cámara que sólo miraba hacia una dirección y sólo podía ver un techo con varias manchas, posiblemente de humedad y lo que parecía ser una máquina con varios tubos colgando en el aire. No había ningún tipo de audio. Desenfocó su vista de la TV y siguió observando la habitación y se percató que en una de las largas paredes había unas tres puertas identificadas con números del uno al tres. Recorrió la pared entera hasta llegar donde presume había caído y nota dos escaleras eléctricas. Una en dirección hacia abajo y otra en dirección hacia arriba. Su cabeza no podía estar más confundida. ¿Estaba acaso en una zona de transición? Su pensamiento fue interrumpido por una voz que parecía salir de algún altoparlante no visible.

-“Bienvenido. Mi nombre es Cerebelum. Usted está en un lugar normalmente inaccesible. Pocos logran entrar. Menos logran salir. Está en usted encontrar la salida. Para más información consulte su guía o si la vagancia lo corroe, me pregunta.”

Claudio seguía igual de confuso. No sabía cómo había llegado. Entonces comenzó a pensar en voz alta que quizás ese era el lugar intermedio y de ahí escogería la dirección de su futuro. Pensó que la escalera hacia arriba representaba el futuro, fuera lo que fuera, mientras que la que iba hacia abajo quizás lo devolvería a su antigua vida. Durante unos minutos se perdió en un pensamiento que parecía no acabar para llegar a la conclusión. Decidió seguir hacia adelante. Siempre fue una persona que decía que no se podía vivir del pasado, aun cuando el lo hiciera de cuando en vez. Así que tomó la escalera eléctrica hacia arriba. No se puede negar que el miedo lo rodeaba, ya que no sabía a dónde iba ni si su teoría era correcta. Quizás era una trampa y un camino rumbo al infierno.

El túnel oscuro comenzó a mostrar una luz tenue y al bajarse de las escaleras eléctricas, dio sus primeros pasos en el suelo y su rostro mostraba una expresión de esas raras que no puede uno descifrar si es de risa o de coraje. Era otro cuarto idéntico al que estaba sólo que sin televisor. Y otra escalera que seguía hacia arriba. La única diferencia de este cuarto al anterior era que tenía el número 24 en el suelo bastante grande. Siguió subiendo los pisos y se daba cuenta que cada piso, el número se reducía por uno. Y así siguió subiendo como desesperado viendo los números pasar, 23, 22, 21, 20, etc. Después de los primeros ocho pisos, había uno que tenía unas puertas cerradas con candado y no tenía número.

– “Cerebelum, ¿qué es este cuarto y por que no tiene número?”

– “Este cuarto representa la carencia de confrontaciones. Mí recomendación es que lo ignores durante tu estadía.”

Y así hizo Claudio. Siguió subiendo pisos hasta que decidió entrar al piso dieciséis. Tomó la decisión de abrir la primera puerta y descubrir de una vez y por todas que había detrás de cada una de las doce puertas de cada piso. Al abrir la primera, la puerta se cerró detrás de él. Un cuarto oscuro y lleno de polvo le rodeaba, junto con un monitor frente a él que yacía apagado. Al pararse frente al aparato, la pantalla se encendió y presentó el siguiente texto: “Para ver resumen del mes uno, presione aquí. Para ver el desglose, presione menú”. Su rostro mostraba un poco de incredulidad, mezclado con curiosidad y una sonrisa pendeja, de esas cuando uno sabe lo que es pero no está cien por ciento seguro. Presionó el resumen y la pantalla le presentó con un resumen de su vida por ese mes en particular de ese año en particular. Entonces entendió dónde estaba. Y se dio cuenta de la magnífica oportunidad que tenía. Durante los siguientes días visitó cada piso, viendo resúmenes de su vida. Momentos felices como su primer beso, su primer diente caído remunerado con un dólar por el hada de los dientes, su primera navidad, y así sucesivamente. También vio momentos que no quería recordar, como la muerte de su tío, la desaparición de su primer perro, su primera pelea en la escuela, etc. Poco a poco fue bajando pisos hasta llegar nuevamente al primero que fue donde llegó. Este cuarto nada más tenía tres puertas y por supuesto el televisor que en ese preciso momento presentaba una imagen conocida para Claudio: era Carmen, una de sus mejores amigas. “Está muy pegada a la cámara” se dijo.

“¿Por qué lloras Carmen? ¿Qué te sucede?”, se preguntó y nuevamente su cerebro dio signos de vida al darse cuenta que lo que estaba viendo era lo que sus ojos estaban viendo afuera.

– “Cerebelum, ¿yo estoy en coma?”

– “No, tú estas aquí hablando conmigo, pendejo; ahora, tu cuerpo, allá afuera, ese sí está en coma. Lleva en ese estado cerca de una semana.”

Claudio no podía creer que todo este tiempo había estado ahí, sin importarle el mundo de afuera, sin acordarse de que tenía una vida, la cual hacía ya una semana había tomado una pausa. Que se encontraba atrapado entre las cuatro paredes de su cerebro. En esa área inhabitada que todos sabemos que tenemos pero ignoramos debido a lo compleja que es. Él había logrado entrar. Había logrado descifrar muchos de los secretos que presentaba, mas ahora no encontraba cómo salir de la misma.

Las caras conocidas desfilaban frente a la pantalla. Unas llorosas, unas simplemente entristecidas. Sus bocas se movían pero al carecer de audio no se podía distinguir lo que decían con excepción de algún “te quiero” de su madre, o un “despierta ya, maldito” de su ex-novia, Ivelisse. Su preocupación ahora yacía en el hecho de cuánto tiempo permitirían sus padres que permaneciera en esa condición, lo que convirtió su estadía en ese lugar en una carrera contra el reloj. Un reloj invisible, el cual es peor porque el tiempo restante no es conocido.

Entonces recordó el piso sin número. Cerrado con maderas y candados, cual local abandonado. También recordó lo que le dijo Cerebelum de que era un área donde no ha habido confrontaciones. Quizás esa es la ruta hacia el despertar. Y con todas sus fuerzas subió todos los pisos necesarios hasta llegar al nivel sin número. El piso fantasma se le podría decir.

– “Cerebelum, ¿cómo entro a este piso?”

– “Si yo fuera tú, no sería tan pendejo. ¿O acaso allá afuera una entrada clausurada de esa manera no significa peligro? ¿Estás seguro de que estás listo para confrontarte a ti mismo?

– “Dime cómo entrar, ¡maldición! y hazme el favor de parar con los jodíos sarcasmos de una vez.”

Una llave apareció en el suelo como por arte de magia. Claudio la introdujo en la cerradura del candado y este cayó al suelo haciendo un ruido diminuto cual alfiler en un suelo de cristal. La cadena siguió y las maderas sucumbieron como si hubiesen estado atadas al candado y la cadena. Su mano empujó la puerta pero ésta se sentía pesada, como si una fuerza inmensa la empujara de igual forma del lado contrario. Con las dos manos la empujó y mientras la abría sintió una fuerte ráfaga de brisa, como si el cuarto hubiese estado sellado bajo presión y éste fuera el primer contacto con oxígeno. Una vez adentro, la puerta se cerró, haciendo un sonido de sellado al vacío.

Todo estaba oscuro. Parecía el segundo nivel de un centro comercial que él conocía, mas no recordaba cuál. Las luces actuaban intermitentemente ante una audiencia inexistente. No se escuchaba nada, excepto lo que parecía ser una gota repetida que caía en el mismo sitio, y al hacer contacto con el suelo hacía un “splat” de no más de un par de decibeles. A lo lejos escuchaba un ruido que no distinguía, pero no le gustaba. De una esquina vio salir un sapo de casi once pulgadas de tamaño. Su repulsión por estos anfibios no se hizo esperar y se movió lejos del anfibio; pero al voltearse y ver cómo quedaba atrás el verde demonio, vio un sinnúmero de ellos saltando rumbo a su dirección. Una manada de ranas y sapos, de diferentes tamaños y colores. Todos croando a la misma vez. Uno de sus peores miedos convirtiéndose en realidad. Así corrió y corrió por un buen rato hasta que desaparecieron, o así parecía. Empezó a escuchar una risa burlona un poco más adelante a donde se encontraba. De momento la risa paró. Claudio detuvo sus pasos, tratando de mantener bajo control sus nervios.

– “Pssst. Pssst. Ven por aquí tipo. No tengas miedo que yo no muerdo…bueno no puedo, no que no quiera.”

Aún estando en lo que parecía ser un centro comercial y pasar varios establecimientos, se encontraba una celda completamente oscura. De ahí parecía salir la risa y la voz que le hablaba. La gotera que había escuchado al entrar también al parecer provenía de este sitio.

– “Increíble. Nunca pensé que tuvieras los cojones necesarios para entrar aquí. No sé si aplaudirte o reírme. Creo que haré ambas.”

La persona que todavía no distinguía quién era, comenzó a reírse de forma burlona y a aplaudir a la misma vez.

– “¿Quién eres tú?

– “Wow, ¡qué pregunta profunda! ¿Quién soy yo? ¿Quién es esa persona que se burla inescrupulosamente? Esa persona que incluso dentro de las tinieblas, atrapado cual si fuera un animal espera con gran calma la oportunidad de poder salir de esta celda y en ese momento tomar control de lo que le pertenece.”

El hombre parecía moverse dentro de la oscuridad hasta llegar a una esquina. Un sonido un tanto chillón cada tres segundos comenzó a proyectarse de la celda. Como el de una mecedora o un columpio. El hombre continuó con su monólogo.

– “Te haré una adivinanza. Cada vez que le ríes la gracia a algún imbécil, me fortaleces. Cada vez que te dejas empujar por algún infeliz, mi ira crece. Cada vez que desaprovechas una oportunidad con alguna mujer por tus estúpidos miedos, sé que una vez salga de aquí, nadie te extrañará y serás tú quien permanezca aquí el resto de sus días. ¿Aún necesitas más pistas?”

El silencio reinó los alrededores. El chillido cesó y la gotera culminó su descenso. Poco a poco Claudio se acercó a las barras tratando de obtener una mejor vista de la persona que lo amenazaba con sus palabras y parecía ser el total opuesto a sí mismo. Sigilosamente dio cada paso hasta llegar frente a las barras. La oscuridad era bastante espesa y no se distinguía nada. Su visión se perdió tanto en la negrura de la habitación que no se percató del hombre moviéndose. En ese momento la luz de la celda se enciende con un doble parpadeo y el hombre aparece frente a frente de Claudio, cual rayo apareciendo de la nada.

– “¡Hola Buen Mozo!” le dijo el hombre, en un tono sutilmente sarcástico y tenebroso.

Claudio permaneció inmóvil por unos segundos y se dejó caer al suelo hacia atrás. El rostro del hombre que veía era el mismo suyo. Su cuerpo temblaba cual gelatina acabada de sacar de la nevera. Su corazón galopaba tan rápido como caballo de hipódromo. Su mayor miedo se hacía realidad ante sus propios ojos. La represión por tanto tiempo había creado un alter-ego, había creado un monstruo que ansiaba salir para destrozar todo lo que a él le había costado tanto trabajo construir.

– “Anda, di algo. No me digas que el gato te llevó la lengua. Dime, que te presto la mía, seguro te servirá.” y comenzó a reír como demente.

– “Tú nunca saldrás de aquí. Me aseguraré de eso. Una vez yo salga de aquí haré todo lo posible para que te mantengas clausurado y si es posible borrarte.”

– “Bueno, bueno. ¡Bienvenido a la conversación! Pero dime la verdad, ven acá: tú y yo no somos tan distintos Claudio. Yo represento todo lo que tú no te atreves a hacer. Aparte de eso, no somos tan diferentes. Yo creo que podemos co-existir y darle a este motel al que le llamas cuerpo, una vida que realmente valga la pena y no pase desapercibida.”

– “¿Y quién te ha dicho a ti que mi vida pasa desapercibida?”

– “No tienes que engañarme a mí hombre. Yo estoy muy conciente de lo que pasa allá afuera.”

El hombre se levantó y le dejó ver un pequeño televisor que guardaba. En éste podía ver lo mismo que se veía en el del primer piso. La única diferencia es que este aparato tenía audio.

– “¿Quieres oír lo que dicen? Mira, por ahí se acerca Carmen; veamos qué tiene que decir” dijo, mientras subía el volumen. Claudio permanecía inmóvil atento al televisor.

– Hola. ¿Cómo estás? Te ves más pálido que nunca. (Risa forzada) Cuando salgas de aquí me vas a acompañar a la playa te guste o no. (Pausa) Veo que te cambiaron la bata. Ésta te queda mejor. (Otra pausa) Claudio, ¿Por qué nunca me dijiste lo que sentías? ¿Acaso creías que no sabía? No eres tan disimulado señorito… Siempre he sabido, y esperé y esperé pero tomé tu actuación hacía mí como una indecisa, abalanzándote más por el lado de amistad. Quizás yo debí decirte algo, pero tú me conoces y sabes que no es mi estilo. No sabes cuánto extraño tus burlas y tu forma de ser. Me haces falta. Si tan sólo hubieses sido más valien….

– “¿Ves lo que te digo hombre? Si yo hubiese estado a cargo, esa mujer y muchas otras hubiesen estado en nuestro poder. Tú no puedes. Creo que tienes que admitirlo y dejarme tomar las riendas. Nos beneficiará a los dos.”

– “No. No. No. Me voy de aquí. No deseo escucharte más.”

– “Corre todo lo que quieras. Yo seguiré aquí. Cada vez que te mires en el espejo sabrás que ando ahí detrás. Cada vez que no te atrevas a algo sabrás que es un paso más a mi llegada triunfal. A diferencia tuya, la paciencia es mi mejor virtud.”

Claudio salió corriendo y regresó a la puerta que ahora no podía abrir.

– “Cerebelum. ¿Cómo carajos salgo de este lugar?”

– “Claro, muy machito para entrar, y a la hora de la verdad cagaste pelo. Hay dos formas de salir de ahí. Una es confrontando tus miedos. Aparentemente esa no será tu opción del día de hoy así que la otra es, bajar la palanca al lado de la puerta. El problema es que entonces quedaría la puerta abierta permanentemente y la seguridad del área sería reducida a nada. Es tu decisión”.

Antes de que Cerebelum terminara, ya la palanca estaba abajo. Y Claudio comenzó a bajar las escaleras con inmensa velocidad y se plantó frente al televisor. Una vez allí, le cayó a golpes al televisor.

– “Déjenme salir. Ya no quiero estar aquí. Ya aprendí lo que necesitaba. Yo sólo deseo salir.”

Y se dejó caer al suelo, forcejeando alguna lágrima como infante que le niegan su biberón. A lo lejos se escuchaba la macabra risa de su alter-ego que no podía contenerse. Con una ira repentina se alejó del aparato unos cuantos pasos. Tomó su zapato derecho, y con la fuerza de un huracán categoría cinco, lo lanzó contra la pantalla, destrozándola en mil pedazos. Ninguna explosión siguió, solo un silencio sepulcral. Un abismo negro parecía existir dentro de los confines del equipo. Como un bebé, arrastrándose por el suelo, así fue Claudio llegando hasta el televisor. Los pedazos de vidrio restantes le hacían insignificantes cortaduras según arrastraba las manos. Al tener el agujero de frente se da cuenta que su zapato no está a la vista en ningún lugar. Rápidamente se quita el otro zapato y lo deposita dentro del hueco que había en el televisor. Como se lo sospechaba, era un inmenso abismo que no parecía tener fin. El zapato cayó hasta que su vista lo perdió. Ahora llegaba el momento de tomar una decisión. ¿Debía lanzarse por ese espacio desconocido o sería alguna trampa que lo transportaría a ninguna parte?

Sin pensarlo mucho decidió lanzarse. Y en ese preciso momento que se disponía a poner el primer pie dentro del televisor se percató que la luz de “power” del equipo parpadeaba. Lentamente y con dudas movió su dedo hasta presionarlo. De momento una sirena comenzó a sonar. La luz tenue que alumbraba la habitación se cambió por una color rojo. Cerebelum comenzó a hablar:

– “Puñeta, por poco tengo que deletreártelo. Salida en tres, dos, uno…”

Y todo se puso blanco.


– “¿Claudio? ¿Claudio? ¿Me escuchas? ¿Puedes abrir los ojos?”

Y así hizo. Poco a poco abrió sus ojos sintiendo un dolor que apenas lo dejaba moverse. Entonces vio al doctor y a su madre y padre.

– “¿Dónde estoy? ¿Qué sucedió? “

– “Estuvo usted en un accidente automovilístico, y dos semanas en coma. Es un placer ver que todavía sigue con nosotros.”

A esto procedió un abrazo de sus padres, y una retraída de flores, globos y tarjetas deseándole a Claudio una pronta recuperación.

Después de un par de semanas comiendo gelatina y unos suculentos sueros de agua salá, comenzó la terapia para mover sus piernas y caminar. Claudio no recordaba nada de su aventura en el lado oscuro de su cerebro, pero aún estando solo en su habitación del hospital, sentía algo raro. Sentía como si alguien lo vigilara y no podía entender el porqué.

Luego de una visita al sanitario, con mucho cuidado y utilizando las barandas de seguridad, ya que sus piernas todavía no contaban con todos sus reflejos, se paró frente al espejo. En ese momento, mientras se deslumbraba con su gran cicatriz en la frente cerró los ojos por un segundo. Al volverlos a abrir escuchó una voz en un tono bastante alto y de manera sarcástica, que le decía entre risas perversas…

– “¡Hola Buen Mozo!”

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