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Ficción Literaria – Nunca Toman La Derecha

– “¿Qué tú escribes con la izquierda? Los zurdos no van al cielo.”

Qué horrible, ¿no? Imagínense tener apenas unos ocho años y que, comenzando la primaria, en un lugar desconocido, sin amigos, a pleno comienzo de clases, esa sea la primera expresión de tu maestra frente a los compañeros. Muchas risas de burla, seguidas por una leve carcajada de la profesora. Crueldad inconsciente le llamo yo a eso. Seguro que no fue la última vez que escuché eso y sí, desarrollé un sistema de autodefensa para contestar ese comentario. Tenía un bolsillo lleno de respuestas. Ya no dejaba que me molestara y me enorgullecía ser diferente al montón.  Una tarde, de salida de la escuela, comenzaba mi rutina extracurricular. Cruzaba el portón que protegía nuestra infancia y me dirigía donde el vendedor de piraguas. Un anciano, con sus años escritos en las arrugas de su cara cual corteza de un árbol, sus manos frágiles y desgastadas, degollaban el cuerpo del bloque de hielo y lo encapsulaba en conos de papel. Su pulso tembloroso, agarraba las botellas de sabores artificiales para rociar de color el hielo que se derretía sin tregua ante los latigazos acalorados del terrible sol de las tres de la tarde.

Mientras esperaba ser atendido por el vendedor, una mujer, de edad mucho mayor de lo que podía yo contar números en aquel momento, me miraba. Me miraba al sacar el dinero y tomar el cono de piragua de frambuesa.

– “¿Tú eres zurdo?”, me decía la mujer con asombro. Yo asentí, y continué comiendo mi hielo colorido. La mujer empezó a hablar, pero no la dejé terminar.

– “Sabes que…”

– “Sí, sí, sí, que los zurdos no van al cielo”, contesté con uno de mis primeros sarcasmos en mi corta vida.

– “Esas son pamplinas muchacho. Lo que te iba yo a decir es que la vida de los zurdos no es fácil.”

– “¿Y eso por qué?” le dije con cara de desentendido.

– “Porque los zurdos nunca toman la derecha. Su cerebro es asimétrico, por ende imparcial. Siempre van a la izquierda. Y a veces la vida necesita virar hacia el otro lado y ahí es donde nos perdemos. Tu destino está escrito muchacho. La soledad te espera.”

Mi mirada infantil se perdía en las palabras de esta anciana que escupía mi cara sin querer mientras hablaba. Su miedo fue inyectado como anestesia antes de empezar una operación.

– “Madre, deja a ese niño quieto y deja de contarle barbaridades. Perdona niño, ella está malita de la cabeza. Ven mamá, te dije que no te bajaras del carro.”

¿Qué iba yo a pensar a esa tierna edad de lo que me decía la vieja bruja esa? Me reí y les comenté a mis amigos la increíble anécdota ocurrida mientras me comía mi piragua.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces, y no pretendo contar que ese día me ha atormentado, pues la verdad hasta apenas hace unas horas ni lo recordaba. Sin embargo, mis frustraciones han llegado al nivel de que los cabos se tienen que atar para poder encontrar explicaciones.

Creo que debo hablar de mi presente. Mi nombre es Alejandro y soy zurdo. Soy un asistente de la oficina del contralor de Puerto Rico y mi vida no es lo que esperaba fuera al llegar a los treinta. Estoy solo, mi apartamento colinda con el de unos raperos que no me permiten dormir en las noches con su música. Mi auto es más bipolar que yo. Cada tres mil millas tengo que sedarme para no lanzarlo por algún risco y cobrar el seguro. Y lo peor de todo es que estoy solo. Mi novia me dejó por un hombre casado. Increíble. Cada par de años lo mismo sucede, mis amistades se envuelven, se enamoran, se casan, tienen hijos y yo me quedo atrás porque el tiempo con los amigos se reduce al mínimo, que significa una cerveza cada par de meses por aquello de que nos encontramos en el centro comercial. Yo buscando unos zapatos, ellos comprando pampers.

Luego de recordar lo que me dijo aquella vieja loca en mi infancia me puse a sumar los cabos y hasta cierto grado ella tenía razón. Cuando me sentaba en la escuela, necesitaba sentarme al lado izquierdo del salón o me sentía incómodo. Para dormir, utilizo el lado izquierdo de la cama, si voy al cine con alguna amiga, yo tengo que estar a la izquierda. En realidad es increíble que no me haya percatado de esto antes.

Ayer en la tarde, mientras las ventanas servían de caleidoscopio para los rayos del minimizado sol, mi jefe me llamó a su oficina. Su tono de voz aunque serio, reflejaba cierta indiferencia hacia mi persona, cosa que no me debería sorprender porque desde siempre pronuncia mal mi apellido. Lo menos que me esperaba al entrar a su cueva de cristal era escuchar las palabras “tenemos que dejarte ir”. Después de tres años trabajando ahí, no encontraba explicación alguna. ¿Eso es todo lo que podía decirme? ¿Tan poco valor tengo para esta empresa? Sus siguientes palabras fueron curiosamente más chocantes ahora que lo pienso.

“No, no salgas por ahí, mejor usa la puerta de la izquierda. Ve directo a recursos humanos para tu cheque final”.

La izquierda. Otra vez atormentándome. ¿Será que realmente los zurdos están destinados a perder? ¿Que siempre seremos plato de segunda mesa? ¿Que no importa cuanto nos esforcemos el cerebro tira más por el lado derecho?

La verdad es que así de frustrado me monté en mi coche y empecé a conducir. Estuve horas conduciendo sin ningún rumbo fijo, preguntándome por qué mi vida había sido tan injusta. Exigiendo explicaciones al parabrisas y haciendo llamadas a los programas radiales con nombres falsos para cagármele en la madre a mi jefe. Ojalá haya estado escuchando el maldito derecho cabrón ese.

Hice una parada en un establecimiento parecido a un 7-11 para comprar un sexteto de cerveza Schaeffer, pues era la única que tenían. Dios, cómo odio esa cerveza, pero era eso o emborracharme con cerveza de raíz. El sitio parecía una casa abandonada, con cristales rotos y un letrero que se supone advirtiera algo, sabrá Dios que decía ahí. Posiblemente decía “No Entre – Perro Rabioso Adentro”. Pero entré, tomé mis cervezas baratas y malas, las entregué al tipo de la caja, cuyo rostro expresaba su monotonía de trabajar en un lugar donde las moscas eran su compañía. Por un momento lo envidié, ya que tenía trabajo y yo no. Luego de diez segundos y varias moscas circunnavegando mis alrededores, decidí que definitivamente estaba loco.

Ya eran casi las ocho de la noche, y entre mi coraje, mis dudas y mi maldito deseo por gritar y exigir justicia, un agujero en la carretera me hizo derramar mi cerveza. Como se podrían imaginar, había cerveza en la ventana, en el asiento, en mi ropa y la alfombra. Me agaché para recoger esa tercera lata que me tomaba, la cual se había ido debajo del asiento. Creo que el alcohol se me había subido ya porque por un momento parecía que estaba tratando de secar la alfombra con mi mano. Dios, si seré idiota. Lo peor de todo esto es que no me fijé en el cuchillo en la carretera que había delante de mí. Por supuesto no es ningún secreto el camino que escogí. Ostia, ¿por qué puñeta no nací en Londres?

Cuando por fin levanté mi vista al cabo de tan sólo segundos, el hermoso sonido de un camión Tonka, el cual decidió tocar su bocina segundos antes del impacto definitivo. Al golpearme comenzó a encogerse junto a mí cual bandoneón argentino. Todo sucedía en cámara lenta. Mi brazo izquierdo (¿Cuál más iba a ser?) se dislocaba al golpear el guía de conducir, mi frente se abría al impactar el volante con la intensidad con que se abre una revista pornográfica en un campamento de verano de niños en plena pubertad. Creo que no es ninguna sorpresa el que haya muerto en el impacto. Honestamente no hubiese querido vivir bajo las circunstancias en que quedó mi cuerpo. Fue realmente espantoso. Si no me equivoco, ahora mismo debo estar saliendo en todos los canales de televisión. Bonito infarto que le dará a mi madre. Y mi ex novia seguro ni me recordará. Seguramente mirará el carro y dirá “ay, yo lo hice en ese carro” y alguien cerca le dirá “en unos cuantos de esos carros”.

Pero que se joda. Ya pasó. Ya morí. Ahora estoy esperando mi turno. Dice el aparatito ese de Baskin Robbins que van por el 3 y yo tengo el 4. Me recibirán, entro al cielo y p’al carajo toda esa mierda de la Tierra. Por mí que Corea los bombardee a todos. Cáguense en la madre todos, chorro de derechos impotentes.

– “Número 4 por favor.”

Ese soy yo. Deséenme suerte.

– “Aquí estoy.”

– “¿Nombre?”

– “Alejandro Sebina.”

– “¿País?”

– “Puerto Rico.”

– “Eso no es un país. En fin, ¿zurdo o derecho?”

– “¿Perdón?”

– “¿Zurdo o derecho? ¿Es taaaan complicada la pregunta?”

Titubeé. No podía ser que había llegado hasta acá y la misma mierda me seguiría jodiendo la existencia. Como es posible que el universo, aun en la entrada de la otra vida me maltraten por utilizar un brazo más que el otro. Es ridículo. Pero esta vez no iba a volver a pasar. Esta vez me aseguraría de que me trataran como debía ser.

– “Ambidiestro,” contesté, luego de varios segundos de monólogo interno.

– “¿Y yo te tengo cara de pendejo?”

– “No, para nada es que…”

– “¿Tú te crees que yo no te vi rascándote la cabeza ahí en el lobby con la mano izquierda?”

– “Fue un reflejo… se lo aseguro.”

– “Mira, no tienes que asustarte. Esto es sólo para documentar. Como quiera te iba a dejar pasar. Sólo dime la verdad.”

– “Ok. Soy zurdo.”

– “¿Ves? Eso no fue tan difícil. ¿Ves esas escaleras que suben? Pues no las uses. Para ti es el elevador de al lado.Que disfrutes.”

– “Gracias, gracias… en verdad.”

Corrí como niño emocionado al salir de la escuela en el último día de clases antes de las vacaciones de verano. Llegué al elevador y vi como algunos usaban la escalera. Me reí pensando, mi buena fe, mi buena actitud y mi sacrificio en la Tierra valió la pena.

Se abrió la jaula de barras de oro que eran la puerta del elevador. El diseño parecía una escultura digna de museo, un lujo de detalles fascinante. Una vez dentro del elevador y la puerta de barras de oro cerrada me percaté que no había botones. Arriba sólo había una flecha con representación hacía abajo. Mi cuerpo empezó a temblar.

– “¿Qué es esto? Esto sólo va hacia abajo. Me has engañado.”

– “No te engañé un carajo so bocón. Te dije que de todas formas te dejaría pasar.”

– “Pero, ¿a dónde voy?”

– “Vas de nuevo hacia la Tierra. Y hasta que no aprendas a escribir con la derecha, ¡No enseñes más tú cara por aquí Jetón!”

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