En mi época de universitario, solía trabajar en una tienda de discos por aquello de tener dinerito suelto para la socialización de fin de semana. La tienda se encontraba en un vecindario de personas relativamente adineradas en Guaynabo, gente que podía comerse un emparedado de Bottles de Brie y Prosciutto de $25 dólares todos los días de almuerzo para él y sus amistades y no sentir ningún bajón en su billetera cotidiana. En ocasiones, mayormente los viernes luego de las tres de la tarde, no faltaba la llegada de alguna señora mayor dispuesta a vaciarle la tarjeta de crédito a su marido, o algún joven rebelde sin causa, con la tarjeta de su mamá dispuesto a dejar su marca en ésta y hacernos la venta del día.
En una época donde los discos compactos costaban en especial casi quince dólares, yo supe vender a una sola persona, más de trescientos o cuatrocientos dólares en cd’s. Lo más irónico de todo es que luego de despilfarrar tanto dinero en discos, llega a la caja, mira a ambos lados con el rostro un tanto turbulento y se dirige al cajero con un “Oye, ¿y para mi no hay ningún descuentito?” Cuando una persona hacía una compra de tal tamaño, nuestra primera mirada era para el gerente si estaba cerca, y con un sencillo movimiento de la cabeza nos daba la autorización de darles un mísero 10% de descuento, que para una compra de trescientos dólares serían treinta míseros dólares. Y eso era suficiente para calmarles el espíritu. Gastaron un dineral pero con descuento no gastaron “tanto”. Y con ese pensamiento de trasfondo psicológico, pueden devolverse a su centro comercial favorito a seguir gastando, digo, invirtiendo en banalidades.¿Qué tal si les digo que esto no es solo cosa de la gente con dinero, sino del puertorriqueño/americano promedio (sí, somos lo mismo les guste o no) y aún de los que están por debajo del promedio también? Es una especie de virus por la cual pasa el puertorriqueño, heredado y mutado de la influencia consumerista norteamericana.
Desde los establecimientos de comida hasta los centros comerciales hasta los proveedores de servicios, todos tienen que desarrollar alguna estrategia de mercadeo que explícitamente enfoque su producto al público con miras en lo que están ahorrando y no en lo que están gastando. Sí, sí… ya sé lo que me van a decir, que de eso es lo que se trata la publicidad y el mercadeo y es algo mundial y no se limita a Puerto Rico. Quizás.
La realidad del asunto es que soy puertorriqueño y hablo de lo que conozco, pero sí puedo decir que aparte de Puerto Rico y su madre promiscua, EUA, son pocos los países cuyo burdo poblacional dedica la mayor parte de su tiempo a buscar especiales, a pasear en centros comerciales y a pedir descuentos para calmar los fantasmas consumeristas en sus armarios. No en valde el mundo desprecia tanto el modo de vida de “la tierra del libre” y nosotros caemos en ese barco por asociación, o mejor dicho por imitación.
En Puerto Rico no tenemos una economía propia, sino somos más que el reflejo, mal dibujado, de lo que sucede en los Estados Unidos de América. Estos en los últimos 15 años han pasado de una burbuja tecnológica para mantener la economía a una burbuja de los bienes raíces que aparenta estallar en cualquier momento. Nosotros tenemos una burbuja propia, directamente relacionada con la americana, pero por alguna razón seguimos flotando. No digo que las cosas no estén mal en la isla, muy lejos de eso. Las cosas están en su peor momento diría yo desde la época de la guagua aérea en los cincuentas, cuando ocurrió la primera migración masiva. Sin embargo la gente, aun cuando todos los días anuncian el cierre de otra farmacéutica, encuentra la necesidad de pasar sus penas entre los pasillos de Plaza Las Américas, por aquello de mencionar un lugar.

Nuestra burbuja se basa mayormente en tarjetas de crédito. En la isla hasta los jóvenes de dieciséis años están endeudados hasta las pelotas. ¿Cómo carajo un niño de esa edad puede tener una deuda de quinientos dólares de VISA? ¿En qué cabeza cabe prestarle tal cantidad a una persona que, aunque tenga su trabajito por el lado, no es ni mayor de edad? Esa pregunta que se la haga a los bancos y sus nuevas estrategias de enfocar su mercadeo a las personas de alto riesgo para cobrar mayores intereses por pagos tardes y los tan afamados “fees”. Y aun así de eso vivimos en la isla. Me llega el cheque, pago el carro y el apartamento, dejo chavos para la compra y la hangueaera y pago la luz con la tarjeta. Y luego con la otra tarjeta pago la tarjeta primera. Pero todos felices porque la compañía de tarjetas les regaló una camisa y un descuento de quince dólares en la primera cuenta. Ah, y si invitan a un amigo le descuentan veinticinco dólares más.
Diría que lo que le hace falta a la gente de Puerto Rico es una inyección de valores, pero entonces algún pseudo-religioso leerá esto y asentirá como si yo estuviera infiriendo que me refiero a valores religiosos, lo cual ni siquiera se acerca a lo que planteo. Los valores que nos hacen falta son los de ahorro, inversión y sentido común, puñeta. La gente esta gastando más de lo que gana y se cae de la mata que por más que uno lo estire, tarde o temprano va a reventar como panapén esgraná en cemento.
Yo tenía diez años cuando escuché por vez primera “el diez porciento de tu cheque va para el banco” y no fue mi papá sino una serie de dibujos animados, para aquellos que rápido se estaban diciendo que no tuvieron quien les inculcara tal conocimiento. A mi me pareció de lo más instructivo, una pena que no más personas se montaron en ese barco conmigo.
Al final del día, la gente por alguna razón que aun yo no comprendo, aparenta (no diría “disfrutar”, pero) sobrellevar el tener que vivir con tanta deuda encima. Quizás es porque piensa que el gobierno les salvará si llegase el momento de enfrentar tal gigante económico. O quizás es que todavía piensan que declarar banca rota es tan sencillo como antes y que no es más que un juego para no tener que pagar cuando se te acaba el crédito. O peor aun, puede ser que, siendo un pueblo tan predispuesto a procrastinar, estamos esperando a que a todos se nos acabe el crédito a la vez, para que el gobierno se vea obligado a tomar acción cuando las compañías de crédito estén a punto de quitarle todo a la gente para cobrar las enormes deudas acumuladas. Y será en ese momento cuando nuestros líderes isleños brillen al encontrarse de frente con los viles manipuladores del crédito y decirles de una vez y por todas sin piedad:
“Escuchen, compañeros, amigos, queridísimos querendones del préstamismo popular… ¿y para nosotros no hay un descuentito?”