“Que tapóncito. Me pregunto si toda esta gente ira para el mismo sitio. Que mal. Uno siempre se topa con estas cosas donde quiera que va y no siempre uno sale bien de ellas. Sí, así mismo como oyes. Te cuento que en uno de mis viajes a Nueva York, estaba visitando a un buen amigo mío de la niñez que se había mudado al Bronx. No, no en el caserío. Estaba haciendo su práctica de endodoncia en el hospital local. Él, a diferencia mía, es tan negro como el carbón.

Bueno, resulta que eran cerca de las siete de la noche, hora de salida del segundo turno de trabajo para muchos y yo iba en el subterráneo número seis, hecho famoso gracias a una seudo boricua de cadera agrandada. Desde que salí de Manhattan sentía una decena de ojos mirándome como si estuviese fuera de lugar. Todos con facciones latinas, tez oscura, pelo malo, hablando en español. Comentarios como “¿y este rubito?”, “¿y ese gringo?” y “alguien como que no sabe que va para uptown y no downtown” me hicieron llegar a la conclusión de que quizás hablaban de mí. Mi instinto de supervivencia se activó enseguida y me volteé hacia una viejita que estaba a mi lado y en español le pregunte por la hora. Las decenas de ojos volvieron a sus respectivas casillas y afortunadamente mis pantalones permanecieron secos pese al susto. Si eso no es discrimen por el color de piel, yo no sé que es. De una vez desmiente esa falacia que el racismo se trata de poder y sólo el que lo tiene puede ser racista. Yo creo que estos líderes afro-americanos y latinos están confundiendo racismo con acoso sexual. El racismo se trata de resentimiento y de incomprensión. Nada tiene que ver con poder sino con ganas de joder.

Al llegar a casa de mi amigo le conté el suceso y se echó a reir en mi cara. Yo todavía no entiendo cual fue el chiste porque es una realidad. Cuando la gente de afuera se imagina a un puertorriqueño, se lo imaginan prieto, con sombrero de paja, bailando salsa o reggeatón y haciendo un alboroto de cuatro pares. En ocasiones esa imagen es más distorsionada gracias al maravilloso ejemplo que nos dejan los queridos descendientes de puertorriqueños que viven en los Estados Unidos con sus grandiosas paradas e inmensurables atuendos.

Y uno, blanco, con dos pies izquierdos y con síndrome de introvertido, se ve en la tarea continua de tener que defender su lugar de descendencia porque nadie le cree que no es un europeo o un americano o lo que sea. Les es imposible pensar que exista tal cosa en una isla caribeña. Y yo tomo ofensa de eso. Yo nací y me crié en Puerto Rico. Yo no elegí no ser parte del estereotipo. Tampoco quiero serlo. Yo soy como soy y de donde soy, así que breguen con eso.

Y no, no voy a ponerme a llorar como bisnieto de esclavo afro-americano contando las penas y angustias de opresiónes sufridas por generaciones durante tantos años y ni siquiera saben explicar la razón de existencia de Las Panteras Negras. Yo tengo que aceptar ser un blanquito guaynabicho, comemierda que me creo mejor que los demás porque la realidad del caso es que yo sí me creo mejor que los demás, pero no veo qué tiene que ver con ser blanco y/o que soliera vivir en Guaynabo. Es como si ese pueblo tuviera un estigma de ser la cuna de oro de la isla. Y sí, tengo que admitir que existen jóvenes merecedores de dos gasnatás para que despierten y salgan de la billetera de papi, pero no todos somos así y no todos somos de ahí. Yo soy de la isla (frase que hace referencia a no ser del área metropolitana) y como yo hay muchos. No somos una subespecie a punto de extinción y no vamos a subyugarnos al papel del victimario por tener guille de descendencia española (aunque sea cuatro o cinco generaciones atrás).

Pero no todos tenemos el lujo de pensar así. La realidad es otra y muchos tienen que aceptar esas miradas que condenan porque de lo contrario es uno un “hechón”, un “engreído” y un “hijo de papi y mami”. Bueno, en lo que a mi respecta, a mi no me parió mi hermana, ni mi abuelo es mi papa así que el que me digan que soy hijo de papi y mami lo veo más que otra cosa como un anhelo frustrado de parte de aquel que no sabe quienes son los suyos.

Hay muchas cosas que se me suele sacar en cara. ¿Se supone que me sienta mal porque mi viejo me compró mi primer carro? ¿Se supone que me sienta mal porque estudié en colegio privado y porque las conexiones familiares me consiguieron un trabajo luego de graduarme? La realidad del caso es que cualquier persona que conteste “sí” a eso padece de envidia (de la mala). Además, el hecho de tener unas ventajas adicionales que muchos otros no tienen, no significa que no las pueda desaprovechar porque de hacerlo entonces tras de engreído también sería un pendejo.

Como ya he mencionado antes, todos tenemos la potestad y la libertad de hacer de nuestra vida lo que queramos. Hay ricos vagos y pobres oportunistas y viceversa. Al final del día es el libre albedrío que tenemos el que dirige nuestras acciones, no importa el trasfondo. Claro, se puede argumentar que desde este lado es más fácil decir eso. Máxime porque no nací en un caserío, ni mi mama es una tecata y no tuve que esquivar balas de camino a la escuela para llegar a ser el hombre profesional que hoy soy. Tremendo. ¿Pero el pasar por todo eso automáticamente te hace mejor persona que yo? Claro que no. Quizás más interesante en una conversación de trasfondo personal, pero no mejor. Y la pena yo se la dejo a otros ya que eso no ayuda en nada. Si tengo que decir algo, lo voy a decir y no me pienso preocupar de quien se pueda ofender con mi comentario políticamente incorrecto. Sí, te aviso de lo que planeo hacer, pero lo hago como quiera. Para hipócritas ya tenemos el Capitolio y bastante lleno que está (pero sólo en la hora de almuerzo).

Y no digo que no tenemos personas que nos representen pero si nos ponemos a comparar siempre tenemos las de perder. O sea, ¿los negros de la isla tienen a Roberto Clemente y nosotros a Rickie Martin? ¿Los mulatos de la isla tienen a José Celso Barbosa y nosotros tenemos a Rosselló? ¿Los negros tienen a Tego Calderón y nosotros a Baby Rasta y Gringo? Esos cabrones ya ni graban música. ¿Dónde esta el balance? Y no me empiecen a mencionar a líderes independentistas de la época de mi abuelo que dije que nos representen, no que sean hipócritas educándose con los gringos para luego venir a hablar mierda de ellos en el nombre de la libertad.

Pero bueno, no todo es tan malo. Nuestra gente ha logrado colarse en lugares públicos y dejar visto que en la isla si existimos y no somos un mito. Raúl Juliá era más blanco que un vaso de leche y logró cruzar las fronteras de la raza e interpretar papeles en Hollywood que no tuvieran que ver con tecatos, indocumentados ó ser un extra Gómez por aquello de llevar conteo en la igualdad de empleo. Se convirtió en una figura que tanto negros como blancos puertorriqueños celebramos por sus logros y lloramos con su rápida partida. Demasiado rápida para dejar una marca lo suficientemente memorable en las nuevas generaciones de la isla que ya considera la película de la Familia Addams como un clásico del cine de Hollywood y Raúl Juliá es solo el nombre de alguna escuela.

Y lamentablemente no todo es una historia gloriosa. En ocasiones nuestra gente es llevada a los extremos del abandono y el esconder sus raíces. Ejemplo en mano es el de Gigi Fernández, quien logró abrirse paso en el tenis internacional compitiendo entre americanos y optando ser parte de su equipo en las olimpiadas del 1996 en vez de jugar con Puerto Rico. Seguramente su frustración la llevó a tomar tal decisión que de igual manera fue ultra-criticada por los derechistas del color isleño llamándola traidora por abandonar a su país. Claro, en ese momento era una traidora, pero si jugaba por el país era una blanquita oportunista que llegó a las olimpiadas por favores de su familia. Y una vez más un blanco puertorriqueño sufre discrimen por sus acciones al estas no ser parte del “estándar” que se planea presentar, como el hacer las filas en el antiguo Teleonce cinco horas antes para ver a Marcano y sus copias baratas de juegos enlatados. Eso es un abuso injustificado. Estoy seguro que ella pasó largas noches (junto a su dinero y su fama) sintiéndose desahuciada por sus compatriotas que tanto aportaron para su carrera. Se necesita ser fuerte para aguantar tal rechazo por ser diferente.

Al final del día, te hablo claro, yo no tengo que tener cien banderas de PR tatuadas en las nalgas, cuello y brazos, ni tengo que participar/observar paradas de “orgullo”, y mucho menos tengo que treparme en cuanto monumento se cruce en mi camino para colgar una bandera monoestrellada para sentirme más puertorriqueño que el otro. Eso se lo dejo a los que tengan guille de mono. Yo no soy parte de ese estereotipo, pero sigo siendo parte de la minoría, le disguste a quien le disguste. Porque al final del día, hay mucha gente allá afuera a la que le desagradamos, simplemente por ser diferente, sin importar el color de piel. Somos latinos, todos iguales, unos más ricos, unos más pobres, unos más claritos, otros más oscuros, pero al final del día a todos nos gusta el pan sobao con mantequilla y café con leche en la mañana y gritar Vieques libre desde una silla playera en la playa de Añasco bebiendo medallas y burlándonos del resto del planeta. ¿Por qué no podemos burlarnos juntos? ¿Por qué? Es lo único que queremos. Bueno parece que ya se esta moviendo el tapón. Hablamos luego.”

Muchacho, hazme el favor y estacióname el Mercedes no muy lejos de la entrada y como le vea un guayaso por mi madre que hago que te despidan.

 

Este monólogo no es para tomarse en serio. Bueno… sí, pero no. Es una crítica sarcástica al racismo, a la desigualdad y a todo aquel rebelde sin causa que se queja y ya no sabe ni la razón por la cual lo hace. Es para tomarse solamente como crítica social. Es para aprender a reírnos de nuestras comemierderías culturales. El que no puede ver el cinismo de este escrito ES parte del problema.